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ABB

Manifestación contra el ERE en ABB | TONI BLANCO

Alfonso Alba

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El lunes, centenares de cordobeses se echaron a la calle para defender la fábrica de ABB. El martes, esa multitud solidaria, concienciada e indignada por la pérdida de empleo en la ciudad se levantó satisfecha. Habían apoyado a una plantilla que les demanda, habían expresado su descontento y habían coreado consignas contra la decisión de despedir a un nutrido número de trabajadores altamente especializados. Habían hecho lo que siempre se hace en estos casos: engrosar una manifestación que recorrió las calles de la ciudad. Y no seré yo el que critique esta movilización. Pero a estas alturas sabemos que eso no es suficiente.

Hace casi ocho años, el Gobierno Rajoy modificó la ley y provocó que los despidos fueran más baratos. La reforma laboral condujo a unas manifestaciones como no se recordaban en años y a una huelga general de un día que tuvo un éxito relativo. Después vendría otra. Y ya. Esas protestas y esas huelgas no lograron nada. Quizás porque duraron un día. O quizás porque pasa lo que escribió Chaves Nogales en los primeros años de la guerra, que entonces muchos jornaleros sabían muy bien qué era lo que no querían (en este caso despidos) pero fueron incapaces de organizarse para transformar la economía y su realidad política.

La historia de ABB, antes la Westin y antes Cenemesa es la historia de un problema que trasciende a la ciudad de Córdoba e incluso a España. La defensa del empleo en ABB se tiene que hacer en Córdoba, desde luego, se tiene que pelear en Sevilla, por supuesto que en Madrid pero donde más esfuerzo hay que hacer es en Bruselas.

Tenemos que empezar a asumir en estos casi cuatro años con gobiernos débiles que no han reformado nada (y en los que la economía ha ido a mejor) que quien manda se sienta en despachos en Bruselas, donde se legisla para que el resto de países cumplan sus directivas, y donde se traza cuál tiene que ser el futuro de cada región. En los ochenta, por ejemplo, se decidió que el Sur de Europa tenía que ser la cuna del turismo mundial, países de camareros y hoteleros. Y que los centros de producción, las fábricas, pues se quedaban en el Norte.

Es en Bruselas donde se puede denunciar que una empresa como ABB no puede alegremente recibir subvenciones por mantener la producción para largarse a las primeras de cambio a donde más barato le salga. Es en Europa donde se tiene que evitar que, pongamos por caso, las empresas multinacionales vendan aquí pero empleen en el tercer mundo, donde apenas hay derechos laborales y donde es muchísimo más barato hacerlo.

Y desde luego, es de otra manera como se defiende que Córdoba no se convierta definitivamente en un desierto industrial, que la ciudad que un día tuvo en Poniente un auténtico centro de transformación mineral y eléctrico (ah, las minas, que tanto dieron a Corduba) no se condene definitivamente a seguir viviendo de un turismo que viene un día pero que dispara las estadísticas y colapsa la Judería. Y eso no se hace en un día yendo a una manifestación. Es algo que se trabaja todos los días, por muy frustrante que sea, a todas horas y en todos los minutos. Una lucha tan larga agota, pero es la única que de verdad funciona.

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