El crepúsculo de los dioses

Cuando veo a Julio Anguita, me lo imagino bajando lentamente las escaleras, como hacía Gloria Swanson interpretando a Norma Desmond en "El crepúsculo de los dioses" al final de la película. La obra de Billy Wilder ofrece una desgarradora mirada a los egos inmensos ("Yo soy grande, es el cine el que se ha quedado pequeño"), repletos de gestualidad desmesurada. Habla también del desesperado intento de recuperar el esplendor perdido y del inexorable paso del tiempo. Por otro lado, la película "Salomé" con la que Norma Desmond pretende recuperar el brillo perdido y reingresar en Hollywood, me suena a lo del Frente Cívico, en la que participan enamorados mayordomos al estilo de Max, Erik van Stronheim, que son los que realmente hacen que la Desmond viva en un mundo de irrealidad, y a la que se acercan muchos Joe Gillis (William Holden) escapando de sus fracasos personales, y que acaban asesinados por la gran estrella cuando le quieren descubrir que los gloriosos tiempos del cine mudo ya han pasado.

He repasado tranquilamente la entrevista que publicó Cordópolis, he visto el video de su intervención en Canal Sur, y no puedo, por menos, que ratificarme en esa impresión. Aparece un Anguita que se declara absolutamente sincero y que, sin embargo, jamás ha reconocido la más mínima equivocación, protegiéndose siempre con lo que llamaba la decisión colectiva. Si bien es cierto que alcanzó buenos resultados con Izquierda Unida cuando la anterior crisis del PSOE por la corrupción, también debería reconocer que su empestiñamiento con "las dos orillas", el "sorpasso" o "la pinza" acabó con Izquierda Unida casi extraparlamentaria, de lo que por suerte se ha recuperado. Insiste en venderse como oráculo desaprovechado al confundir su oposición irracional a la construcción europea en Maastricht, con lo que veinte años después ha sucedido en Europa. Se muestra falsamente europeo, puesto que condiciona la creación europea a que la hiciera la izquierda, olvidándose de que, desde el principio, Europa es un invento conservador, y que la izquierda se ha refugiado en nacionalismos irredentos. Se le olvida todo el proceso de globalización económica y la aparición del capitalismo especulativo financiero como claves de la crisis que estamos viviendo.

No hace ninguna reflexión sobre la pasión que levanta en las hordas conservadoras y medios de extrema derecha, cansado de sentirse incomprendido por los  trabajadores, a los que una y otra vez les acusa de no querer saber. Habla de que se guiaba por el rigor científico incluso cuando dijo aquello de que "Córdoba es como Soria" que nos llevó a la primera experiencia de gobierno pepero en nuestra ciudad, de la que por suerte pudimos salir. Ahora, se suele excusar en su condición de exalcalde para no enjuiciar la labor de la faraona Aguilar, su hurí favorita, o del propio PePe Nieto mientras se recrea en la buena relación que mantuvo con Constant. Aunque ataca a todo el poder político, salvándose solo él.

Sigue considerando que todo lo que pasó con Izquierda Unida se debía a una maniobra judeomasónica socialista, sin darse cuenta que ha reducido el proyecto a una élite del Partido Comunista repleta de mediocridad. No seré yo quien defienda las actuaciones de López Garrido y otros personajes similares, pero Nueva izquierda, por ejemplo, pretendía acercar las ideas de la izquierda al siglo XXI y no mantenerse en el siglo XIX. Quien pretenda entender lo que sucede en nuestros tiempos con instrumentos superados, se equivoca consciente e hipócritamente. Los herederos actuales de sus tesis son los que han obligado a que se cree Izquierda Abierta como fórmula de dar nuevas respuestas a los actuales retos sociales. Reconoce que Izquierda Unida, en 1993, estaba dividida casi por la mitad (60-40), pero no que él decidió profundizar esa división que terminó con gran parte de sus militantes en sus casas,y, en algunos casos, en otras formaciones políticas.

Como casi siempre, se sitúa por encima de todo y de todos. La democracia le parece insuficiente, los obreros son capitalistas o germen del fascismo, el pueblo le parece analfabeto voluntario, llega incluso a defenestrar a los comunistas viscerales o de corazón, solo confía en él mismo y en su clarividencia malgastada. Su Frente Cívico, se sitúa más allá de la derecha y de la izquierda, como una superación dialéctica de ambos basada en el "sentido común", del que tanto demostró carecer como dirigente de Izquierda Unida. Ahora, al menos, se da cuenta de que se necesita llegar a la mayoría del pueblo español y que para eso hay que desbrozar un acuerdo de mínimos. Pero, inmediatamente, vuelve a su "pinza de pensamiento" puesto que acepta que, o todo el mundo se manifiesta y se moviliza, o esto no cambiará. Olvida que la historia no se ha construido así en ninguna época, sino a base de vanguardias que se arriesgan y que arrastran al resto.

Le asaltan ramalazos ácratas cuando desprecia a las instituciones sin ser capaz de dibujar qué hay después de ellas, sin separarlas de quienes ejercen en ellas. Acaba aterrizando en que la izquierda es siempre el contrapoder, paradójicamente, incluso cuando gobiernan las izquierdas. Se disfraza de revolucionario pacífico, lo que no puede sino conducir a la melancolía. En este momento, ya no sé si en verdad es más actor que político. Lo que sí sé es que ha perdido el sentido de la realidad cuando, hablando de parcelaciones, recuerda a Teresa Álvarez y afirma que la línea dura se cambió al año y medio por la autoridad municipal, olvidando que fueron él mismo, o su ahijada política, la faraona Aguilar, los responsables. Y vuelvo a pensar en la imagen ampulosa de la Desmond creyendo que la policía que viene a detenerle es, en realidad, el pueblo que le aclama por su talento.

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22 de diciembre de 2012 - 07:00 h