Motivos para el optimismo/1

Últimamente andamos en la ciudad más bien pesimistas y críticos. Lo de ser críticos lo dejo para otro día, porque da para más de una entrada. En cuanto a ser pesimista, parece que no sirve de mucho (si es cierto que están mal las cosas, suelen ir a peor), aunque el optimismo infundado lo convierte a uno en un kamikaze y eso tampoco termina bien. Así que siguiendo las enseñanzas de eso que llaman tecnologías del yo, el reto es siempre fundamentar el optimismo. O sea, ser optimistas con motivos. Cómo convertirse en un optimista es un misterio, depende de qué infancia tuvimos (un amigo dice que lo que no es pediatría es gerontología), de cómo andamos de oxitocina, de la habilidad para construir un buen relato con lo que nos acontece, etcétera. Dejo a los expertos si la clave está en ponernos post-it por toda la casa, visualizar verdes prados, o regalarnos pequeños homenajes cuando bajamos la basura, y me centraré en la segunda parte de la ecuación, los motivos.

Así, sumándome a la intención del Foro Córdoba Viva de levantar la moral, voy a dedicar unos cuantas entradas (no seguidas, que tanta positividad no sé yo…) a describir algunas de las que creo principales virtudes cordobitas. Intentaré dibujar una especie de DAFO (más bien medio) desestructurado y fragmentario, procurando una mirada extraña y oblicua más que radicalmente original. Porque no será fácil decir algo no dicho de la identidad de la ciudad, pero sí quizás escribirlo con minúsculas, palparlo en nuestra vida cotidiana, huyendo de mixtificaciones y grandilocuencias que ocultan más que muestran.

Por ejemplo, y de eso va la cosa hoy, lo de la convivencia. A veces el pasado glorioso (que lo fue, pero lejano y efímero) nos sume en una especie de nostalgia huérfana y perezosa. Así, siempre que en la ciudad se cita a la convivencia, hablamos, con voz de NODO, de las tres culturas, o las tres religiones de una misma cultura, y del esplendor científico y estético producto de la tolerancia… Todo eso está muy bien, pero creo que lo decimos sin convicción, porque todos sabemos que hace cientos de años que Córdoba es, por desgracia y a palos, relativamente homogénea en términos étnicos y religiosos. Y probablemente no es ese el músculo convivencial que tenga más entrenado, tras siglos de poco uso creo que lo tenemos peor que muchas ciudades que atraen migrantes de otras partes del mundo y se ven retadas, y no tanto nosotros, por esa cuestión.

Pero lo de la convivencia, con minúsculas, es verdad. La gente de la ciudad tiene un estilo respetuoso, los espacios públicos son mayoritariamente bien tratados y cuidados, tenemos frecuentes citas multitudinarias y casi nunca hay altercado alguno, la ciudad es segura, está limpia, cuidada, el tráfico es razonable, y es difícil siquiera contemplar una discusión. Todo sea dicho en términos relativos, relativo a los demás (comparando con otras ciudades de dimensión y características similares), y relativo con respecto a la totalidad (algún grito nocturno a destiempo, botella rota o árbol maltratado hay). Creo que Córdoba es una ciudad especialmente civilizada, mejorando una condición definitoria de la cultura andaluza en general. A veces comento esto con cordobes@s de toda la vida y me miran con cierta perplejidad, como si se encontraran más cómodos sintiéndose herederos de ese gran paradigma de Córdoba, que actores de ese construir pacífico y diario de la ciudad en el que no habían reparado. Quizás simplemente lo han naturalizado, dejando de percibir que es producto de distintos factores como la tradición y la educación, pero al fin y al cabo de muchas pequeñas acciones de todos y todas, conformando un equilibrio complejo y frágil. Y ser una ciudad especialmente civilizada tiene doble mérito cuando también se es una ciudad especialmente pobre. Pues nada, lo apuntamos en la casilla de fortalezas.

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16 de octubre de 2012 - 06:00 h