Joe Strummer en Córdoba

Hace pocos días el Ayuntamiento de Granada decidió dedicar una plaza a Joe Strummer, el compositor y cantante de The Clash fallecido hace ahora diez años. Una pequeña plaza del barrio del Realejo, uno de los más castizos de la ciudad, recuerda la vinculación del músico con la ciudad. Imagino la mirada extrañada de los visitantes que buscando la Granada lorquiana de las manolas se encuentren una referencia de la música punk. Supongo que algunos de ellos al volver al hotel o en su propio teléfono indagarán que hace ese hombre ahí, y descubrirán que se enamoró de la ciudad y de los desiertos y playas de Cabo de Gata, que un día se plantó en Viznar y quiso comprar picos y palas para desenterrar a Lorca. Le han dedicado una plaza, tampoco se han vuelto locos, pero han abierto una puerta a la curiosidad, a explicarse también por lo que dicen los demás, a mostrar las muchas miradas que van poco a poco haciendo la identidad de una ciudad.

Pensaba esto mientras tomaba una cerveza en un bar de la Judería cordobesa que cruzo a diario. Miro los demás bares, escucho las explicaciones de los cordobeses a los visitantes y no intuyo esa afición por las interpolaciones, las fracturas. En las fotografías que adornan las tabernas todo es definitivo, radicalmente autoctóno, único. Los patios y las cruces, y los toreros son de aquí, nacen por generación espontánea en un lugar separado de todo, y forman parte de un secreto que solo unos cuantos han compartido durante generaciones . Todo está ahí desde "toda la vida", el puente (antes de que llegara Juan Cuenca) estaba tal y como lo construyeron los romanos, parece la de Córdoba una historia circular que se repite a sí misma, condenada a una especie de belleza autista e inexplicable. Esa forma de contarnos en definitiva es una forma de vernos, y esa forma de vernos es una manera de fijarnos, de determinarnos a ser como somos.

Me gustan más las explicaciones que las adhesiones, las apariciones producidas por los intercambios, los azares, las influencias. Si nos pusiéramos a ello, descubriríamos que siempre hemos formado parte de una conversación, que todo lo que hay es producto de eso, y que somos algo mucho mejor que únicos, somos compartidos. Si analizáramos las casas que desentonan, los nombres de calles sorprendentes, las palabras como si las oyéramos por primera vez, sabríamos que somos más consecuencia de las improvisaciones y las miradas ajenas, que de ese afán absurdo por repetirse. Yo no haría un museo de la ciudad, haría un museo de los que no son de la ciudad pero dijeron algo de ella o la amaron, y se llevaron un recuerdo que hoy pervive en cualquier parte del mundo. Sabríamos así que estamos también en otros sitios, y seguro que nos devolverían una imagen más fiel y viva de nosotros mismos, y más prometedora. Todo resultaría más humano, espontáneo, y el futuro aparecería como algo posible, dependiente de nuestras decisiones y nuestros errores. Estaría bien que en vez de escuchar tanto a los que siempre dicen lo que somos o podemos dejar de ser, prestemos atención a los Joe Strummer que están buscando picos y palas para desenterrar lo que nosotros no hemos sido capaces. Al menos, lo pasaríamos mejor.

http://www.youtube.com/watch?v=wJ9ovrRWQbo

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Publicado el
22 de enero de 2013 - 05:00 h
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