¿ Por qué nos importan tanto los patios?

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Los patios son la niñez, la periferia de las casas y del poder, aunque íntimamente ya sabíamos que eran su centro. Eran el lugar de las mujeres, las niñas y niños, mientras que los padres ocupaban el salón, con su sillón a modo de trono, su tabaco, sus periódicos, las visitas importantes, y su silencio asfixiante. Eran el sitio del agua (regar, jugar, fregar, cocinar), de la luz, y de los otros, que eran entrevistos desde el interior, y que nos miraban descuidadamente mientras pasaban. El lugar de los imprevistos, de los  encuentros casuales, del silencio, una isla de naturaleza ordenada y mimada por nuestras manos. Vivíamos en ellos o lo deseábamos y ese sueño se está convirtiendo en una pesadilla de colas, pernoctaciones y plataformas.

Por eso no nos gustan las aplicaciones para reservar, ni la habitación+visita a patios por 150 euros, ni las estadísticas, ni los porteros. Nos han puesto el sillón en el centro del patio y lo han convertido en una oficina, y de paso nos recuerdan que nuestro futuro era ese, las oficinas, los pasillos o la puta calle, y no el tiempo de nubes y luces que vivíamos. Nuestro presente no es un patio, pero es que el de los patios tampoco. Cuando el sociólogo Max Weber en el primer tercio del siglo XX describía la modernidad que estaba imponiéndose, admiraba su superioridad frente al régimen anterior, su racionalidad y capacidad de organizar recursos, medios y fines. Pero al mismo tiempo advertía pesimista que su inevitable éxito conllevaba el desencantamiento del mundo. Casi todo lo que leo y oigo los últimos años sobre los patios en la ciudad se parece poco a un patio, suena todo a plan estratégico, como ha propuesto el despistado e inoportuno consejero de Turismo.

El futuro inmediato de la fiesta de los patios está claro. Los propietarios llevan años pidiendo mayor subvención, la plataforma ya ha registrado 300.000 reservas gratuitas y subiendo, el sector hotelero no pone un duro, y el Ayuntamiento dice que no lo tiene. Una vez puesta en marcha la plataforma y visto lo que son los patios para los regidores de la ciudad (los públicos y los otros), no hace falta haber hecho un MBA para saber la solución a este galimatías, un eurito por clic y se duplica la subvención a los propietarios, se paga el servicio de portería y el alcalde da una rueda de prensa triunfalista en el Mercado Victoria (podrían ponerle allí un despacho, todo el día Gondomar para arriba, Gondomar para abajo).

¿ Y es eso malo? Pues depende. O dicho de otro modo ¿ seríamos capaces de potenciar los valores inmateriales de los patios (de eso iba lo de la UNESCO, consejero) y a la vez garantizar todas esas palabras horribles que terminan en dad (viabilidad, rentabilidad, sostenibilidad)?. Para empezar hay que devolver el sillón al salón que aquí no hace más que molestar, y después una cosa muy de patios, conversar. Sí, el hotelero y el especialista en conteo de personas que participen, claro, pero invitamos a más gente, que donde caben dos caben tres, y es cuestión de echar un puñado más de arroz. Y hablamos de lo que significa la palabra compartir ( que no, que no es lo mismo que llevárselo), de arquitectura, de la memoria, de los patios ricos y los pobres, de las flores, de la luz, de los sitios de las mujeres, los niños y niñas y los hombres, de la miseria, la belleza, los silencios y la hospitalidad. Al principio les costará porque me da que son más de fumarse el puro en el salón, pero si se dejan llevar descubrirán por qué los patios son importantes para muchas personas. No será fácil , pero los patios son la infancia de Córdoba, y perder eso es perder demasiado.

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14 de mayo de 2013 - 02:02 h