Cartabones y martillazos

Cada vez que me proponen escribir o contar algo tengo una doble sensación. Por un lado me anima el placer de comunicar, de poner en común puntos de vista, de cambiar a consecuencia de las palabras de los demás. Por otro me disuade la sensación de que poco más y bueno se puede decir, que estamos en una sociedad en la que hay demasiado de todo, también palabras, y en la que la abundancia dificulta más que ayuda a interpretar el mundo en que vivimos. Esta vez ha ganado la voluntad de decir (más bien la de hacer diciendo), o el narcisismo o qué se yo, probablemente porque nos están pasando por encima tantas cosas y lo menos que podemos hacer es decirlas. Todo lo que pasa se convierte inmediatamente en una subasta de significados, una negociación para establecer qué significan las cosas (la burra más descarada de los últimos tiempos se llama reformas) y en la que., como en todo, las fuerzas son cada vez más desiguales. Y no nos podemos permitir el lujo de no pujar en la subasta. Eso de convertir la comunicación en una ciencia queda muy moderno pero significa, básicamente, que no te puedes fiar un pelo de lo que se dice, no se trata ya de contar cosas sino de conseguirlas sin decirlas. Como llevamos toda la vida viviendo en la sociedad del consumo y la publicidad es fácil entender lo que digo, pero no siempre escuchamos con la misma prevención o desgana a un líder o comunicador que a un anuncio de compañía telefónica mientras nos dice que nos ama. Y hoy son lo mismo.

Soy sociólogo y analizar discursos y comunicar es de lo que más hago. Por ello tengo un lado analítico (yo también entro en el juego, podríamos llamarlo pretencioso), y producto de no sé qué, otro más impresionista/vitriólico (podríamos llamarlo demagógico). Iré del uno al otro según las audiencias, como ande funcionando mi sistema digestivo, o si he recibido o no el recibo de la luz del mes anterior. Como se deduce fácilmente, no me termino de fiar de ninguno de los dos, así que los echaré a pelear y que gane el peor (contra lo que se dice, suele ser así). En definitiva, por la vía racionalista o a martillazos nietzscheanos/berlanguianos

intentaré que al menos sepamos de qué estamos hablando.

He hablado mucho del cómo y nada del qué, por la sencilla razón de que aún no sé mucho de esto último. Me interesan los discursos de Sandokan en el pleno, la malafollá de Mourinho, las chaquetas de la Merkel, los decálogos de Nieto, los informes de Standard & Poor´s (¿habéis caído en el nombrecito?), y las peñas haciendo peroles. Vamos, que me tomaré la libertad de escribir de lo que nos apetezca (se admiten sugerencias), eso sí, con la voluntad de no hacer más ruido y de que las cosas parezcan más sencillas, hay mucho manta pertrechado en la complejidad. ¿ Y por qué La Caraba?. Simplemente me gustaba, pregunté a personas de mi entorno por la expresión y ninguna supo qué significaba, y a mí me pareció una buena forma de comenzar. A ver si nos divertimos.

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15 de septiembre de 2012 - 16:43 h