Más auténtico que el original

Aquel 24 de febrero de 1530 debió haber sido uno de los grandes días de la historia de Bolonia, y aunque lo fue del punto de vista de la crónica oficial, no lo fue plenamente para quienes lo vivimos y sobre todo para quienes no nos dejamos embaucar con oropeles [...]. Se advertía, debajo de la hinchazón de la pompa, cierta ordinariez municipal de los materiales, cierta precariedad de bambalina que se desarmará durante la noche, concluido el espectáculo, arrancando papeles y rompiendo cartones.Manuel Mujica Lainez, Bomarzo

Me viene al pelo este párrafo de la novela publicada en 1975 por el escritor argentino, para reflexionar sobre el mercado medieval de nuestra ciudad... que se nos avecina este fin de semana. Y es que estoy seguro de que el éxito de público de este tipo de eventos tiene una justificación psicológica o sociológica, un "algo" que impele a las masas a transitar por entre los tenderetes. No se si será la necesidad de conectar con nuestro pasado o la necesidad de rozarse con nuestro presente, el caso es que hay, al menos, cuatro factores que llaman la atención, por que aun cuando deberían ser por si solos causa suficiente para desistir de la visita, amalgamados, consiguen justo lo contrario, lleno hasta la bandera:

La bulla. A la gente le gusta la bulla, esto es así. La Semana Santa, la Feria o el mercadillo, atraen, entre otras razones más elevadas, por el mero hecho de ser una alta concentración de gente en el mismo lugar, al mismo tiempo, haciendo algo.

El engaño a los bolsillos. Pagamos por un "pan de pueblo", el doble de lo que nos cuesta a diario en la tienda de la esquina, traído por nuestro tendero de confianza con todo su amor desde Villanueva o desde El Vacar... Ni que decir tiene de lo que se paga por un queso "medieval".

El engaño a los sentidos. Hay que reconocer, que, quitando algunos chalequillos de poliester, el montaje es casi más auténtico que el original, sobre todo si atendemos a lo que nos dice el Duque de Bomarzo describiendo los fastos de la coronación del emperador  Carlos V, donde se quejaba de la falta de autenticidad en el momento. No como aquí que no falta ni el olor dulzón de las carnes a la brasa, desde que abres la ventana por la mañana temprano, hasta que te acuestas, y que a nosotros, los sufridos vecinos, nos levanta el estómago el viernes a media tarde y no hay te ni manzanilla medieval que lo aplaque, hasta el lunes bien entrada la mañana.

Una gran representación poco rigurosa. Pero, más auténtico que ¿cual de los originales?. Es decir, en este tipo de eventos hay una mezcla que a cualquier aficionado al cine o al teatro, no hace falta que sea productor, le chirría. Se mezclan épocas,  regiones y culturas, en esta esquina te encuentras con una bailarina oriental, en aquella con un encantador de serpientes y más allá con un baile sufí...

En conclusión, me gustaría algo más elegante para mi ciudad, menos enlatado y más coherente. Hay base histórica para hacer algo realmente distinto, por ejemplo centrándose en la época Omeya: comida, vestidos, música, poesía, artesanía... Algo que atraiga al de fuera por la distinción que suponga, por la diferenciación con el resto de eventos de parecida factura que se desarrollan a lo largo y ancho de nuestra geografía.

Ya que nos engañamos, ¿por que no hacerlo con estilo propio?

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24 de enero de 2013 - 08:56 h