'Taquicardias cerebrales' (segunda parte)

¡¡¡Feliz año a todos!!! Cuánta fiesta seguida, ¿no? Nunca se me había hecho esto tan largo como este año, con los dos peques en casa... Que ya os contaré, porque las vacaciones no están teniendo desperdicio ninguno.

Bien... Retomando donde lo dejamos la pasada semana. Acababa de salir de comprar varias cosillas de Peppa Pig... Mi mañana se acortaba por momentos. Iba contrarreloj y ya en la calle me tuve que enfrentar a la jungla de asfalto. Demasiada gente quizá para tratarse de un día laborable normal, aunque sólo por las calles. La verdad es que no tuve que esperar colas en ninguna de las tiendas a las que entré. Me facilitó la labor ir acompañada pero aún más que el pequeño se durmiese más o menos pronto. cuando por fin tenía todos los regalos me ví con una misión por resolver: deshacerme de todos ellos antes de recoger a mi hijo de la guardería. Más tiempo que gestionar. Llevé a mi abuela su regalo. Mi cajita de Papá Noel terminó en el trabajo de mi madre y mis amigos invisibles en el maletero del coche de mi suegra. Por el camino un par de recados de última hora que me iban encargando vía telefónica. ¡¡Uff!!

Conseguí llegar al cole cerca de las dos de la tarde, una hora después de mis previsiones iniciales. Y os preguntaréis... ¿Por qué tanto interés en llegar pronto si había tiempo hasta las tres? Pues porque quería evitar lo que sabía que iba a pasar y que, efectivamente, pasó. Os cuento: días atrás nos avisaron en el cole de que vendría un rey mago a despedir a los peques y a darles un pequeño regalo. Y yo, que conozco a mi hijo y a sus miedos, me intenté organizar para sacar al pequeño de allí lo antes posible. Respecto a mis 'taquicardias cerebrales' (a ver... es un juego de palabras, ya sé que las taquicardias son exclusivas del corazón) os diré que ya llegué tocada, aunque el calificativo de 'hundida' se me pudo atribuir después de pasar en el cole los diez minutos que estuvimos allí. La presencia de Su Majestad provocó en mi hijo un estupor sin igual. Se quedó completamente mudo, a diferencia del resto de los asistentes a la fiesta: los mayores hablaban; los niños chillaban y se movían sin parar de un lado a otro; las seños sacaban niños, regalos, mochilas y abrigos sin parar... Y mi hijo (monísimo, por cierto, vestido de pastorcito) agarrado a mi cuello como un monillo con la cara descompuesta. Vamos, que me estresé. Y mucho. Salí de allí con elevadísimo grado de 'embotamiento' que no iba a ser fácil de eliminar. Sólo con pensar en las dos semanas y media que me quedaban por delante me entraba una flojera indescriptible. Mi hijo no artículo palabra hasta que nos alejamos del cole unos doscientos metros. Estaba 'cagao', con perdón. Yo yo... me relajé, supongo, aunque no recuerdo cuándo.

Ahora, que ya ha pasado semana y media de aquello, os digo que tengo la situación controlada, o al menos eso creo. Aunque deseo fervientemente que vuelva el cole para retomar horarios y rutinas. Porque esto es una locura... ¡Cuánto entiendo ahora a esas madres y abuelas que, mirando al cielo, pedían con angustia el regreso de septiembre! Se cumple, una vez más, ese refrán que dice: "Cuando seas padre, comerás huevos". Pues eso.

Por cierto, varias cosillas antes de terminar. Respecto a los regalos del peque, todo muy bonito hasta que llegó Papá Noel. La casita de Peppa Pig la compré en piececitas, tipo Lego, por lo que ya ha sido montada y, por tanto, desmontada unas cien veces (creo que la casa se va a perder misteriosamente hasta que un día la monte pegada con superglú). Y para aquellos preocupados por la salud alimentaria de mi hijo pequeño (que me consta que sois unos pocos porque me preguntáis), os diré que ¡¡¡ya come!!! No mucho, eso sí. Pero por algo se empieza... Así que nosotros hemos comenzado más o menos bien 2013, un año en el que espero un ir venir de buenas noticias para todos. Gracias por estar ahí y ¡¡¡mis mejores deseos!!!

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2 de enero de 2013 - 07:00 h