Nueva Delhi

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La foto que sirve de portada muestra la tumba de Gandhi y representa, como ningún otro lugar de Nueva Delhi, el corazón de la India moderna. La capital de los indios es ciudad de contrastes. Fruto de dos invasiones, la de los mogoles que la diseñaron como corte y la de los ingleses que la convirtieron en una fastuosa capital imperial que ocultaba la opresión a base de toneladas de ladrillo, eternas avenidas y un aire colonial todavía respirable. Propongo algunos rincones:

La Puerta de la India. 42 metros de alto mide este arco del triunfo diseñado por los británicos para homenajear a los 70.000 soldados indios caídos en la I Guerra Mundial en nombre del Imperio. Corona la gran avenida que cruza la ciudad gubernamental, erigida sobre una llanura por los ingleses entre 1911 y 1931. En un extremo se erige el Palacio de los Virreyes, ahora presidencial y el Parlamento de la India, acogido en una impresionante estructura circular. A cada lado una cuidada retícula de edificaciones coloniales blancas de baja altura, césped, estanques y parques. El resultado es armonioso y contradictorio. Una especie de Washington tropical donde no se permite el paso de las vacas pero se pueden ver monos, familias de paseo y el rebosante colorido que llena este país. Cerca, en el Museo Nacional, una asombrosa muestra cuenta como nadie la historia de la ciudad.

Fuerte Rojo y  Bazar. Construido en piedra arenisca rojiza, muy cerca de la zona colonial. Es obra de los mogoles, del siglo XVII y fue casa de la corte por su ubicación, junto al Yamuna, curso de agua ahora desviado. Durante el Raj británico perdería su condición de palacio real pero fue mimado y reconstruido. A pocos metros se alza el abigarrado conjunto del bazar, un nido de callejuelas, colores, olores, suciedad y comercios de todo tipo y condición que sigue siendo hoy el lugar para el encuentro y las compras del centro de la capital. Es India condensada en una decena de manzanas.

La Gran Mezquita Masjid. Edificada frente al Fuerte Rojo. Es el mayor templo musulmán de la ciudad. 500 artesanos la construyeron en arenisca roja a finales del XVII. Destaca su enorme patio porticado exterior habilitado también para el rezo dada la enorme masa humana que lo invade cada viernes. No se permite la entrada en el interior a los no fieles pero merece la pena pasear, siempre descalzo por su explanada para poder ver la maravillosa fachada interior llena de arabescos, relieves y una sutil combinación de rojos y blancos.

Birla Mandir. El hinduismo tiene en este templo uno de sus recintos sagrados. Sorprenden sus cúpulas alargadas, el rojo de sus muros y sobre todo la profusión de esculturas de deidades llenas de colores, movimiento y acción. No destaca por su antigüedad, de hecho se construye en el 39, al calor de las inversiones hechas en la ciudad en la década de los treinta, pero pronto se convierte en uno de los lugares centrales de una comunidad que en el fondo vive en una ciudad cuyas raíces son musulmanas, aunque esta situación cambiaría con la partición del Raj en el 46 y la creación de Pakistan.

Qutar Minar. Los genes musulmanes de Delhi la vieja tienen su centro en este yacimiento arqueológico protegido por la Unesco. En el espacio de un inmenso parque donde viven familias ricas de la capital surgen los restos de un enorme complejo ciudadela, coronado por la Mezquita del siglo XII, de la que se conserva el minarete que preside el conjunto. Dicen que para la construcción de esta ciudad de arenisca se destruyeron decenas de templos hindúes como demostración de la superioridad islámica sobre la ciudad y por extensión sobre el continente indio. Al margen de rivalidades religiosas toda la zona conserva una sobrecogedora atmósfera de mundo perdido y sigue siendo un pulmón verde en la maraña caótica de Nueva Delhi.

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Publicado el
2 de abril de 2014 - 02:00 h
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