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Machu Picchu, entre la selva y las nubes

Alfonso Alba

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Machu sigue escondida, asomada a la Amazonía. Se desconoce su primer nombre, fue redescubierta por occidentales hace 100 años y ha sido, por siglos, inaccesible. Una ciudadela protegida por la Unesco, fechada sobre el siglo XV y fuera de la conquista española. Asombra, pero es históricamente reciente. De hecho podría considerarse el canto del cisne del Imperio Inca antes de su desintegración a manos de extremeños buscadores de oro.

Machu Picchu supone abrir una interesante caja de misterios. Está oculta sobre varias cumbres, encima de la selva, a más de 2.400 metros de altura. Nadie, desde abajo, podría esperar que allá, en lo alto, se desparrama lo que los incas llamaban una “llaqta”, un poblado. Dada su veneración hacia las montañas (los apus), la intuición parece decirnos que ese no es lugar para construir una ciudad cualquiera. Hay quien piensa que fue residencia de descanso de los reyes, santuario religioso, lugar para sacerdotisas, enclave militar, o todo a la vez.

No te esperes una visita solitaria. Seamos realistas. Perú ha sabido explotar su arqueología (está en su derecho) y lo hace con inteligencia. El recorrido está absolutamente organizado, también las horas de estancia y las pre-reservas para evitar problemas de saturación. La contrapartida a encontrarse con unos cuantos cientos de turistas, vayas el día que vayas, es que se ha sabido mantener la dignidad del recinto, su grado de conservación, accesos y servicios al visitante. Por cierto, soy fan de los nuevos museos y equipamientos que está habilitando el Perú en sus impresionantes yacimientos precolombinos. Tendríamos que aprender de ellos y de su amor hacia el patrimonio.

Aislados en la selva. Machu no está conectada con la red viaria peruana. Solo la une a la civilización un camino acotado que lleva, monte abajo, a la única población cercana al yacimiento, Aguas Calientes, que es un poblado hecho por y para la visita turística, metido en un profundo valle selvático andino y cuyo vínculo con el país es el tren o el helicóptero. La aventura, pues, tiene varias fases: llegar por tren, normalmente desde Cuzco, a Aguas Calientes. Echar una noche en el pueblo y subir a Machu a primera hora de la mañana para perderse y pasear entre las nubes, sobre la selva más bestia del planeta. Ahí es nada.

El tren. La línea Cuzco-Aguas Calientes está pensada para el turismo. Hay que olvidarse de los prejuicios sobre el hecho de “aborregarnos” en un tren para guiris. No hay otra manera de llegar si descartamos ir a pie por el sendero del Inca (abajo os informo al respecto). Es tren con vistas salvajemente bellas. Son tres horas de viaje, hay dos clases y abundantes frecuencias. Está la opción de tomarlo en Ollantaytambo, pasado Cuzco, donde también te encontrarás con impresionantes yacimientos. Es un trayecto para relajarse, mirar y fotografiar… En minutos, la vía estrecha va pasando de la semi aridez de la sierra a la selva amazónica. El contraste es impresionante y se acentúa conforme nos acercamos a Aguas Calientes. La ruta sigue el río Urabamba y se esconde entre cumbres de más de 2.000 metros. Del marrón al verde oscuro del Amazonas no hay más que unos pocos minutos. A izquierda y derecha no pararás de ver el río, encajonado por una sucesión de picos horadados por la lluvia tropical hasta hacerse sensualmente curvos.

Aguas Calientes. Es una ciudad nueva, creada por y para el turista que sube al yacimiento, por lo que no te esperes más que una sucesión de comercios, hoteles y restaurantes. Una especie de mini campamento base sin encanto pero, eso sí, enclavado en un paisaje brutal de selva, río, brumas y picachos. Ofrece unos baños de aguas termales (de ahí el nombre). Un consejo, huye de la zona hotelera y métete por el barrio donde viven los trabajadores, cerca de la estación termal. Tanto hotel temático prefabricado decepciona, pero os aseguro que lo que os espera a la mañana siguiente merece la estancia. Eso sí, estamos más en la selva de lo que parece. Un ejemplo: me tocó desintegrar a botazos un mini escorpión que se paseaba por debajo de mi cama (y el hotel no era malo). No era de los que matan, pero imaginaos la faena si te pica.

Subir al recinto. Para los atletas y admiradores de orquídeas amazónicas, se conserva un genial sendero que permite subir desde el pueblo al recinto, mil y pico metros arriba. Está abierto, tiene escaleras en tramos y es muy transitado. Para los que prefieren guardar energías, hay un servicio continuo de autobuses de pago que te dejan en la puerta del yacimiento en apenas diez minutos de vertiginosa subida desde Aguas Calientes. Por supuesto por ambos sistemas se debe pagar entrada de acceso al yacimiento que se puede adquirir online en Cuzco, o en excursiones/paquete contratadas previamente. Cuidado porque el recinto tiene reservas limitadas. Tienes que dejar el tema entradas y billetes de buses cerrado antes de ir. Tras la subida no queda más que pasar por el centro de acceso, abrir bien los ojos, entrar y dejarse llevar…

Dentro de Machu. Arquitectura y pasmosa adaptación al medio, ese es el primer impacto. Sillares del tamaño de casas se ensartan para crear edificios y filas curvilíneas aferradas al terreno. Las construcciones aparecen intactas, salvo sus cubiertas, que al ser vegetales se han perdido. La disposición urbana pierde al occidental. No hay calles rectilíneas ni un tejido de calles diseñado bajo nuestros cánones. Las guías ayudan a ordenar la visita por un recinto amplísimo, dividido en zonas agrícolas, de defensa, residenciales y sagradas. Es arquitectura orgánica perfecta. Como si estuviésemos en el esqueleto de un enorme animal aplastado entre cumbres. Irás pasando por los graneros o collpas, los puestos de vigilancia, incluso lo que podrían ser granjas de cuis (los roedores que siguen siendo fuente básica de proteínas por estos lares)…más adentro el llamado sector urbano, donde estaban las casas de los dignatarios y/o sacerdotes, el templo de las tres ventanas, del sol y sobre el conjunto del recinto, el Intiwatana, un bloque de piedra sagrado, perfectamente tallado para marcar el paso del sol a manera de reloj. Aconsejo este punto como el más especial. Aparte de historias pseudo hippis sobre su energía, la roca preside con tal autoridad el yacimiento que es difícil no dejarse llevar por la humildad ante una civilización capaz de crear algo así. Pero la subida hasta la sagrada Piedra no es más que el arranque de la visita. Hay que andar, sentarse, mirar entre los huecos de los sillares, salir y entrar por entre las edificaciones de aún dudoso uso… Todo encaramado entre bajadas y subidas, rodeado por una espectacular faja de muros de contención para cultivar en pendiente. Subiendo en cualquiera de las zonas más elevadas de la ciudadela el paisaje impacta. Las nubes se deslizan cerca, los cerros más altos rodean la escena y abajo el río Urubamba, que desemboca en el Amazonas, agujerea la selva entre curvas. En el cerro del norte, para los osados, está el Templo de la Luna. Aviso: hay que ser de espíritu llama/cabra para llegar.

El camino del Inca. Para los andarines aconsejo os ilustréis con las múltiples agencias que ofrecen trekings por las vías incas, muchas aún intactas, que cruzan los Andes y unen el Perú de norte a sur. Hay una versión ligera pero contundente, el sendero Cuzco-Aguas Calientes de poco más de 100 kms, que se suele patear en dos jornadas y que incluye la subida a Machu. Agencias hay muchas pero aquí te ofrezco una de ellas. Googlea y compara.

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