Empire State, el Templo

Europa tiene el Partenon, Asia la Muralla China… valoramos el simbolismo de edificios de 3000 años pero cuesta admitir que los hay con menos de cien. En cada etapa han relumbrado construcciones que han trascendido de su utilidad cívica, militar o religiosa para ser iconos. Si Nueva York es la capital del planeta, y de momento sin sospechas de que lo deje de ser por unas décadas, el Empire State Building es su templo sagrado. El tótem del siglo XX. Su silueta es tan familiar para cualquier ciudadano del planeta como la calle en la que vive. Fue el edificio más alto del mundo hasta los 70 y es fruto de la locura de los 20, justo antes de que Wall Street petara a la Humanidad por enésima vez. Tiene 6.500 ventanas y una altura de 311 metros. Está diseñada para servir de aeropuerto a dirigibles y su estilo art deco es elegante, sobrio y de un futurismo tan potente que parece salido de una escena de Metrópolis.

Su ascensión rivaliza con aquella sagrada procesión de las panateneas hacia el templo de Atenas. Llegar a su azotea es rendir tributo al mundo moderno.

Eso sí, antes hay que cumplir con el rito de las compras. Es la mejor forma de contentar a los dioses. La orgía de escaparates, grandes almacenes y tiendas es brutal. El Empire está en la Quinta Avenida, la Vía Sacra del siglo XXI. Paraíso compril. Así que, Visa en rastre, propongo (no importa el orden):

-Una vuelta por Tiffany, emulando a Audrey Hepburn. Con foto en los escaparates de la joyería de joyerías.

-Entrar en Saks Fith Avenue. Uno de los clásicos grandes almacenes neoyorquinos, especializado en el lujo, el alto diseño y el buen vivir, desde la comida al accesorio más banal y elegante que uno/a pueda imaginar. Hacen envíos a España a precios reducidos.

-Comprar compulsivamente en la infinidad de tiendas que se suceden por la avenida de avenidas. Dos consejos: pillar ropa de marca, más barata que en Europa y material electrónico de primera, a precios más que decentes. Soy fan de la tienda casual de Armani (Armani Exchange) junto a la catedral. Los precios son asequibles y los diseños geniales, especialmente en jerseys.

-Pararse ante la St. Patrick’s Cathedral y su neogótico encajado entre rascacielos.

-Pasear y comer en el complejo del Rockefeller Center. La plaza, la pista de hielo en invierno y los cafés "al fresco", conforman el escenario más neoyorquino para tomar algo caliente. Aprovecha, estás en el paraíso de la comida barbacoa, los batidos y las cafeterías con megamenús.

-Dar cuenta del MOMA. Maravilloso museo, indispensable si quieres saber lo que significa ARTE contemporáneo, con una no menos interesante tienda.

El rito final. La subida al Empire

Desahogados de ansiedades consumistas y/o culturales debemos subir al Templo. Hay que pagar entrada, pasar por un control aeroportuario y guardar cola, pero compensa. Las vistas quitan el hipo. En días claros, se divisan decenas de kilómetros de ciudad, la inmensidad de Manhattan, el Hudson, Central Park y los edificios más históricos. Hay dos miradores. En la planta 86 y en la 102. Hay entradas combinadas y exprés para evitar colas. Estamos en un lugar consagrado al romanticismo. La propietaria organiza bodas colectivas en San Valentín, incluso citas para prometerse en la azotea con música en directo incluida (no se puede reservar todo el espacio así que el circo se organiza con la presencia de público).

Nueva York, SIEMPRE. Y un consejo, sacaos la New York Pass. Tarjeta turística para ahorrar. Se le saca partido fácilmente.

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25 de diciembre de 2012 - 03:45 h