Época de marranos por las esquinas
Sí, ya sé que me van a decir ustedes que soy una pesada, pero es que ahora que vengo imbuida por el espíritu japonés de la limpieza, a los que vamos de fuera nos sigue causando una rara sensación de sorpresa cuándo comparamos.
El otro día leía que el presidente de Sadeco ha anunciado el plan de limpieza para esta Semana Santa que incluye aumentar 77 trabajadores, 120 papeleras y 17.000 bolsas de papel, afirmando que la empresa limpiará la vía de manera diaria para evitar el problema de las aceras de otros años.
Y yo no salgo de mi asombro, no por el gran esfuerzo de Sadeco, digno de toda mención y aplauso, sino por lo que eso dice de nosotros, los marranos que necesitamos ese refuerzo de limpieza, por qué no somos capaces de contenernos con las pipas, los papeles y los restos de comida y bebida mientras el Santísimo Cristo pasa por delante.
Los que hayan recorrido Japón, o hayan leído sobre este país singular que ha pasado de ser un solar en 1945 a ser una potencia mundial a base de trabajo, esfuerzo y resiliencia, sabrán que allí no encontrarán ni una sola papelera a lo largo y ancho de esta isla. Ni una sola. Ni falta que hace.
La recogida de basura que realizan los camiones del Sadeco japonés, tan relucientes por dentro y por fuera que se puede comer hasta en sus ruedas, se hace a una hora concreta. Y en cada calle de cada barrio, son los ciudadanos los que tienen que salir y entregar su basura a esa hora. Toda su basura y no solo la que han generado en su casa, sino la que hayan acumulado a lo largo de todo el día, fuera o dentro.
No quiero ni imaginar, ahora que lo sé y lo he comprobado con mis ojitos, que piensan esos grupos de japoneses que recorren con mascarilla los alrededores de nuestra Mezquita, cuando ven los trozos de las cuñas de tortilla en el suelo, los platos de plástico en los poyetes y todo tipo de basura en cualquier zona del casco histórico, del centro, o del extrarradio de Córdoba. Allí donde vayan verán papeles, latas de cerveza, restos de botellones y hasta el “sursuncorda”.
Después de todo un día recorriendo cualquier ciudad en Japón, comprenderán que acumulas cierta basura. Un pañuelo después de sonarte los mocos, un chicle -o dos-, el papel de un caramelo, el vasito de cartón en el que te has tomado un té matcha, o el envase de cualquier bebida o comida de la que sacas de las máquinas expendedoras que hay en cualquier esquina. No quiero imaginar que existieran aquí.
Pues de nada de eso te puedes desprender en la vía pública. Primero porque no hay papeleras y, segundo, porque si lo hicieras serías lapidado por los otros transeúntes, si no interviene la policía para detenerte, dado que tirar basura en la vía pública en Japón es un delito serio, con multas elevadas y, en casos graves, penas de prisión.
¿Solución? Llevas una bolsita contigo dónde vas echando tu caquita del día. De broma, nada.
Nunca he podido soportar ver basura en nuestras calles. Nunca. No es la primera vez que lo denuncio, pero ahora he cambiado mi visión y he trasladado la carga de la prueba de la culpa a nosotros mismos. He comprendido en Japón que esto, desgraciadamente, muchas veces no se soluciona poniendo más papeleras o más operarios. Siempre habrá auténticos marranos que, aunque tengan la papelera delante, echaran su mierda justo al lado.
Pese al esfuerzo municipal, que no digo no deba seguir, al final es una cuestión de educación y de conciencia ciudadana y, a lo mejor, de tomar medidas mucho más drásticas, hasta con sanciones que de verdad duelan, para que todos entendamos que no podemos hacer en nuestras calles lo que no haríamos en nuestra casa.
Si, siempre habrá los acostumbrados a tener su casa como una pocilga. Pues esos al paredón y vigilancia. Casi prefiero invertir en operarios que vigilen a esos cerdos, que pagarles para que le quiten la mierda a esos desarrapados que la esparcen por mi ciudad. La ciudad de todos.
Sobre este blog
Soy cordobesa, del barrio de Ciudad Jardín y ciudadana del mundo, los ochenta fueron mi momento; hiperactiva y poliédrica, nieta, hija, hermana, madre y compañera de destino y desde que recuerdo soy y me siento Abogada.
Pipí Calzaslargas me enseñó que también nosotras podíamos ser libres, dueñas de nuestro destino, no estar sometidas y defender a los más débiles. Llevo muchos años demandando justicia y utilizando mi voz para elevar las palabras de otros. Palabras de reivindicación, de queja, de demanda o de contestación, palabras de súplica o allanamiento, y hasta palabras de amor o desamor. Ahora y aquí seré la única dueña de las palabras que les ofrezco en este azafate, la bandeja que tanto me recuerda a mi abuela y en la que espero servirles lo que mi retina femenina enfoque sobre el pasado, el presente y el futuro de una ciudad tan singular como esta.
¿ Mi vida ? … Carpe diem amigos, que antes de lo deseable, anochecerá.
0