El fin del mundo...

It's the end of the world as we know it...

"Es el fin del mundo tal y como lo conocemos", a parte de ser una magnífica canción del grupo norteamericano R.E.M., es también una verdad como un templo que este que escribe suscribe, defiende y retaría a duelo a quien ose contradecir. El desmoronamiento del Estado del Bienestar no es más que la punta de lanza de algo mucho peor, o mejor según se mire, que aún estaría por venir. Somos los españoles, desde cierta visión conspiranoide que me gusta hilvanar, un eslabón más de la segunda oleada experimental con que el Gran Capital ha decidido empobrecer a los competidores más débiles de esta Gran Guerra por el control de los recursos.

Hace tiempo les prometí explicar, aunque tal cosa se salga de mi principal cometido, el de hablarles del tiempo, digo, les prometí contar mi particular visión del mundo. Bien, ahí va. Básicamente mis principios ideológicos se fundamentan en la idea de que la sociedad actual está condenada al fracaso en los términos que el actual contrato social tiene fijado. Dicha premisa se sustenta sobre el principio inexorable, radical, incontestable, empíricamente demostrable,  de la finitud de la casa común a la que llamamos Tierra, principio este, sustentado a su vez por una cosa que los físicos llaman Segundo Principio de la Termodinámica.

Desde que el mundo es mundo, el pilar sagrado de la especie humana ha sido, al igual que el de cualquier otra especie, su crecimiento y empoderamiento, mediante el sometimiento de su entorno en su propio beneficio. El creced y multiplicaos con que el Dios judío tuvo a bien bautizar a su creación. Una absurda y natural carrera hacia el éxito evolutivo, donde el ser humano ha triunfado por varios cuerpos de ventaja, tal y como confirma el hecho de estar disfrutando el poder presenciar en directo la mayor extinción de riqueza y diversidad biológica de toda la Historia de la Humanidad. Un récord del que los humanos podemos sentirnos bien satisfechos en pro del desarrollo y la nunca bien ponderada ciencia del enchocolatamiento corporal que se sirve en los spas recién construidos en todo el litoral mundial.

Al ser humano, en dicha carrera le dio por dar dos pasos evolutivos que fueron esenciales para el actual devenir de los acontecimientos, dedos prensiles y capacidad de raciocinio con la que articular absurdas teorías como esta que les cuento. De esa capacidad de raciocinio además salió cierta tendencia al sometimiento del hombre por el hombre, cuya consecuencia más directa la tenemos en el hecho diferenciador entre ricos y pobres. Y dicho sometimiento no hubiese sido posible sin el necesario camino de la producción de bienes y servicios con que el sistema socio-económico se ha dotado para poder ir adquiriendo ciertas cotas de acomodamiento en un entorno a priori inclemente. Un productivismo claramente diferenciado en dos etapas en base a la capacidad del propio hombre para tener esclavos que faciliten el acomodamiento de la clase poderosa, la primera basada en fuerza esclava a sangre, y la segunda en fuerza esclava a combustible. Es impensable entender el extraordinario crecimiento que ha tenido la civilización en el último siglo y medio, sin el perfeccionamiento en la explotación de recursos naturales.

Tan en serio nos tomamos los humanos lo del creced y multiplicaos  que hemos llegado a alimentar diariamente, con desigual fortuna, a 7.000 millones de personas, toda una proeza de la que Malthus quedaría extrañamente sorprendido. Cómo no, les saco a Malthus. Me considero malthusiano, una corriente de la demografía altamente denostada por sociólogos y economistas, pero ciertamente respetada por ecólogos y algunos perfiles de corte fascista que ven en sus más que discutibles métodos de control de la población, armaduras sobre las que construir su pobre discurso de elitismo cultural. Pero más allá del erróneo discurso malthusiano de los genocidios controlados, se esconde una gran verdad que fundamenta toda dinámica de poblaciones, la del autocontrol de la población de cualquier especie en base a la capacidad de carga que su entorno le impone. Dicho de otro modo, es material y físicamente imposible crecer infinitamente en un planeta finito.

No es nuevo esto que les cuento, desde luego, un discurso alarmista del que el movimiento ecologista hizo bandera en los 70 ante la primera crisis gorda del petróleo, tan denostada durante la posterior bonanza económica como el Ensayo sobre el principio de la población de Thomas Malthus tras el descubrimiento del motor de combustión. Pero he aquí que algo ha cambiado estos años, y que reposa sobre el reconocimiento de la propia industria petrolera de haber sobrepasado el cenit de producción de petróleo convencional en diciembre de 2.006. Un dato histórico que ha pasado sin pena ni gloria para el común de los mortales salvo para cierto grupo de científicos y activistas que infructuosamente  hacen por llegar al resto de sus conciudadanos. No es baladí reflexionar sobre la importancia que este hito tiene sobre el cómo nos relacionamos los seres humanos. La consecuencia inmediata, primera, lógica por la ley de la oferta y la demanda, resuelve en el encarecimiento de las materias primas y todos los derivados que de este dependen, en nuestra sociedad, todo ¿les suena?

No voy a entrar aquí a valorar las diferentes alternativas, paliativas, que desde el propio sistema se manejan. Todas finitas, dependientes de otros precursores, o imposibles en cuanto se entienden que serían sustitutivas para el actual ritmo de consumo y predación que hoy tenemos el gusto de disfrutar. Sólo entraré a valorar estos cerca de cinco años de crisis sistémica, profunda y sin salida, en la que estamos inmersos. Un camino que todos conocemos porque seguimos recorriendo juntos, del que tenemos grabadas a fuego las caras de la miseria, una miseria colectiva que unos creían olvidada, y que otros pensaban era perteneciente en exclusiva a los desheredados del otro lado de la alambrada.

Un camino en dirección contraria al recorrido, del que estos días vivimos la más reciente de sus caras, la del desmantelamiento del escaso crédito del poder político corrompido que mientras duró la bonanza tuvimos a bien permitir. Un escupitajo a la paciencia común, desde la desvergüenza de quien ha perdido toda autoridad moral para pedirnos sacrificio. La indecencia del abroncamiento de los "legítimos representantes de los ciudadanos" a quien en defensa de los estafados llama criminal a quien así se comporta, mientras aplaude el pavoneo criminal del estafador. El estertor de un sistema político que se resume en la lamentabilísima imagen de una prensa amordazada ante el reflejo de un Presidente del Gobierno cadáver, el secuestro de la información, desde el discurso inmóvil, elaborado, incuestionable, que nos dice que ya nada volverá a ser igual.

...and i feel fine

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6 de febrero de 2013 - 07:00 h
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