Derecho al rebuzno

Convendrán conmigo en que una cosa es tener opinión y otra un tanto diferente opinar. La primera la tenemos todos, peor o mejor formada, en frío o en caliente, con razón o sin razón de ser, pero la tenemos. De la segunda, de un tiempo a esta parte, máxime desde que esta cosa del internet generalizase la posibilidad de sentirse escuchado, cada día más gente entiende casi como obligación lanzarse al ruedo del rebuzno patrio. De esto que les hablo sé un rato largo, porque aquí el menda es experto rebuznador ante la lista diaria de cosas rebuznables, tanto que incluso un día, los tipos estos de Cordópolis creyeron conveniente, averigüen ustedes el porqué, que rebuznase periódicamente en su medio.

Las redes sociales, y muy especialmente el Twitter, se han convertido en catalizadores momentáneos del amargo quejío del pueblo español. Una suerte de inmensa taberna digital donde rebuznar alegremente sobre todos y cada uno de los asuntos más o menos trascendentales que deben interesar al españolito medio. Donde antes había una barra de bar, salpicada por los salivazos de la parroquia, ahora hay un teclado salpicado por váyase usted a saber qué. Pero sigue siendo la misma historia de antes, aumentada exponencialmente por la ratio de receptores de la misma cuerda ideológica.

Aún así, por la parte que me toca, y aunque pueda parecer lo contrario dada mi proverbial naturaleza a meterme por vereas que no me corresponden, empiezo a abrazar los cálidos brazos de la prudencia ante temas en los que intuyo resulta mucho mejor estarse calladito. Puede, digo puede, que no haga falta opinar sobre todo. Una observación de un todólogo empedernido, eso sí. La habitual antipatía que tenemos al rebuzno ajeno puede, digo puede, que sea equiparable a la simpatía que profesamos por el rebuzno propio. Es decir, puede que la idiotez que leemos en aforismos ajenos sea exactamente igual de inútil que la idiotez que excretemos por nuestra indignación.

Dicho lo cual, y como lo que aquí interesa son mis rebuznos meteorológicos, viendo que venimos sufriendo un muy caluroso verano anticipado, me limitaré a contarles las novedades que parece quieran cerrar el florido mes de mayo. Verán, la pasional compañía que el anticiclón de las Azores ha querido tener desde que comenzase la recuperación económica, allá por Semana Santa, va haciendo las maletas para ir desplazándose poco a poco hacia el oeste atlántico, debilitado y empujado en sus desechos por una suerte de borrascas menores que permitirán, poco a poco, ir enfriando la atmósfera hasta valores que pudieran parecer de otra época.

Estamos pues en un proceso de descomposición isobárico, que irá enrareciendo y dándole algo de variedad a los cielos según avance la semana. Una descomposición que si marcha según lo previsto por los modelos meteorológicos, podría acabar derivando en una de esas nortadas que tanto nos gusta a los trastornados del tiempo. Una nortada con un centro de presión sobre las Islas Británicas de poca entidad, pero que según medie la próxima semana podría hacer que buena parte del interior andaluz vuelva a rebuscar las rebequitas en el fondo del armario. Un notable impass en este cuento de verano, que calme los ánimos de tanto rebuznador a sueldo.

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14 de mayo de 2014 - 08:00 h