Fundido a negro

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Ocurrió el pasado 31 de octubre. Algunos puede que lo recuerden. Vox convocó una concentración "pacífica" en la puerta de un complejo en el que se iba a instalar un centro de menores extranjeros no acompañados. Los Mena de los que tanto se hablaba antes de la pandemia.

En realidad son niños. Y ni siquiera estaban instalados allí. Eran un proyecto. Una entelequia. Aún así, ante la mirada de todos, nada menos que un partido político montó una película de terror cuyas secuelas todavía están por conocerse, y a la que asistimos casi sin pestañear.

Aquello no fue en la prehistoria. Ni tuvo lugar en Minneapolis. Fue hace siete meses a 45 minutos de Córdoba capital. Aquello fue un episodio de racismo puro y duro perpetrado a la vista de todos. Y no hubo fundidos a negro. Instagram, Twitter y Facebook apenas reaccionaron.

Aquello no estaba pasando. Aquello no pasó.

Porque lo que no se denuncia no ha pasado.

Esa es la máxima por la que se perpetúa el racismo en este país.

Si hablas con ellos, con "los protagonistas" de esta historia de aquí y ahora en España, con aquellos afrodescendientes que no salen en tu Instagram porque se llaman Ibrahim o Hamir en vez de George o Philando, te dirán que sufren racismo a diario.

Y te dirán que la mayor parte de las veces no lo denuncian. Porque el racismo es un mecanismo de represión que se perpetúa en una violencia invisible, mucho menos espectacular y tristemente cinematográfica que la que estamos viendo estos días.

Porque quienes lo sufren, te dirán que cobran menos por sistema. Te dirán se les llama cosas como negrito y morito. Te dirán que la gente no les quiere alquilar una casa ni aunque enseñen dinero y contrato de trabajo. Te dirán que algunos les temen y otros les utilizan. Te contarán que unos pocos les siguen y amenazan su integridad física. Te dirán que algún desalmado incluso les ha puesto una mano encima.

Todos te contarán que han sentido un miedo que solo el oprimido siente. El miedo a que otro te mire por encima, como si fueras algo diferente.

Y todos te dirán que los demás, nosotros, aceptamos este marco. Que España convive con naturalidad con una pulsión xenófoba y racista latiendo bajo su caparazón de arcadia feliz y abierta. Que aceptamos a unos extranjeros y desechamos a otros por el color de su piel y, especialmente, por el peso de su cartera.

Te dirán que no somos tan diferentes de los yankis blancos a los que criticamos en redes, actuando como si el racismo fuera un fenómeno endógeno de Iowa y Massachussets. Como si no existieran asentamientos semiesclavistas en este país, a unos metros de las costas que pisamos cada verano. Como si por llegar a esas costas no les mereciera morir ahogados en el mar.

Como si el racismo fuera un género cinematográfico, una clasificación de las que hay en Netflix.

Como si esta película no estuviera pasando.

Fundido a negro. Suena la música.

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5 de junio de 2020 - 10:00 h