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Un ramito de violetas

Luis Medina

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Mi padre era agente comercial. Por eso conozco lo noble que puede llegar a ser esa profesión, por cierto, como puede serlo cualquier otra. Cuando un agente comercial lo que comercia es “en nombre de personas” (casi caigo en la tentación de decir “con personas”, o más dulcificado “a propósito de personas”), entramos de lleno en el curtido mundo del representante. Dejando a un lado a representantes de telas, muebles o cualquier tipo de artículo, siempre he sentido especial curiosidad, cuando no decidida sospecha, por los representantes de artistas y deportistas. No me cabe duda de que hay múltiples razones para considerarlos necesarios, aunque lo que está claro es que resultan inevitables. No puedo dejar de pensar que ser representante de Messi o de Paco de Lucía (vaya mi respeto personal a quien lo sea), supone un dinero considerable y fácil. Llaman a tu puerta. Uno gestiona el mito, exige condiciones y gana dinero regularmente. No debe ser tan difícil en estos casos cuando en muchas ocasiones es el padre, hermano o consorte de la estrella quien, casualmente, reúne esas destacadas cualidades de saber gestionar su trastienda administrativa y económica. Otra forma de llegar, si no se tiene la suerte de representar a quien no requiere presentación, es hacerlo con un nutrido grupo de profesionales de cierta notoriedad o aspirantes a la misma. Aquí entra la negociación en grupo. “Si quieres a éste, podrías abaratar su coste si te tragas también a este otro, que ahora no lo conoces, pero que dentro de nada será la bomba. Que me lo quitan de las manos...”. Unas cuantas gestiones, y su cuenta corriente parecerá la base del lenguaje informático, pero con más ceros que unos. Estos éxitos serán suficientemente convincentes como para que otros aspirantes a “aspirante a figura” quieran ser representados por tamaño talento. La situación se adereza con los contactos que tienen en los clubs. Esto explica que antes todos los exfutbolistas querían ser entrenadores, y ahora muchos prefieren ser directores deportivos o representantes. A veces, incluso esta frontera se diluye.

La gran burbuja del fútbol no puede ser explicada sólo por la incompetencia de todos los que lo han dirigido. Estadísticamente no puede haber tanto estúpido. Las pruebas encajan mejor con la codicia y sus intereses cruzados. Si una negociación se atasca, se me ocurre que la comisión se podría repartir, incluso, entre quien tiene que autorizar la operación y la propia comisión. Asunto arreglado. Si el representante, por compartir dicha comisión se niega a perder mucha tajada, la otra parte, el director deportivo o presidente de turno, engorda el precio a pagar y ya está. Por algo era una negociación enquistada que había que solucionar, porque la afición demandaba ese nombre. Entendamos aquí “afición” por la corriente de opinión creada desde el periódico o emisora de turno que, a su vez, difunde reportajes sobre el jugador correspondiente oportunamente, o reclama renovaciones que no llegan (siempre en el momento que quiere el jugador, claro). Si ya Mijatovic o Minguella fueron nombres asociados con este entramado de influencias, qué decir del poder que hoy asumen apellidos como Mendes. No estoy seguro de que mande menos en el Real Madrid que Mourinho, por cierto, representado suyo. Y un fondo de inversión controlado por él salvó en su día al Zaragoza. Representantes de jugadores son los nuevos hombres fuertes del deporte, especialmente del fútbol. Pina en el Granada, Jaén o Tenerife. Gaucci en el Cádiz. Son sólo unos pocos ejemplos. Y aunque la cantera (le dedicaremos pronto una entrada) es una solución en tiempos de crisis, la única manera de rentabilizarla por estos señores es ponerlos en el escaparate para amenazar con enviarlos lejos de su equipo (y a la mínima, por supuesto, hacerlo).

¿Les suena? Siempre hay versiones locales de cada historia. En el Córdoba, hay varias renovaciones ocupando artículos. En algunas de ellas, por ejemplo, Rafita tiene a varios representados y ya tuvo sus más y sus menos con el club por chicos de la cantera. La renovación de Fuentes y el futuro de Fernández, sin ir más lejos, están en ese tablero. Y por si no resultan bien, siempre hay especialistas en oportunidades y jugadores de ocasión revoloteando continuamente con sus pintorescas (y hasta el momento desastrosas, como en el caso de Mariano Mansilla) propuestas. Los jugadores que en junio cumplen contrato puden negociar libremente a partir de enero. Por eso, cada nueve de noviembre, como siempre, sin tarjeta, la prensa bulle con jugadores tristes, descontentos, a los que no se les ha llamado para renovar. Cada uno aprieta como puede. Atentos al ramito de violetas.

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