Toril: La aventura blanca de un cordobés con clase

"Escucha, Carlo. Creo que este chico puede funcionar". Algo así le vendría a decir hace unos días Alberto Toril a Ancelotti, recién llegado al banquillo del Real Madrid, a propósito de Quini, un chaval de Fernán Núñez que llegó desde el Lucena al filial blanco el verano pasado y desempeñó un rol secundario en la última campaña en Segunda División. Posiblemente si le hubiera hecho el mismo comentario hace unos meses a José Mourinho, el destino del recomendado hubiera sido funesto. Al portugués nunca le cayó demasiado bien Toril, cuyo principal pecado es haber conseguido los mejores registos con la cantera -tanto en juvenil como en el filial- de los últimos tiempos en la casa blanca. Ahora las cosas han cambiado. Mou regresó al Chelsea y Toril sigue ahí, en Madrid, puliendo futbolistas que le llegan de aquí y de allá, de Brasil o de Rusia, de Lucena o de la ciudad deportiva de Valdebebas.

Esta vez el italiano, reclutado expresamente para conducir al Real al sitio que todos ustedes ya saben -la conquista de la Décima-, le hizo caso al técnico del filial y metió al extremo en la lista para el primer amistoso del verano, ante el modesto Bornemouth inglés. El Madrid ganó por 0-6 y Quini dispuso de un buen puñado de minutos al final, convirtiéndose así en el último miembro de un selecto listado de cordobeses que han vestido alguna vez la camiseta del primer equipo del Real. Hacía más de veinte años que no ocurría algo así. La última presencia cordobesa en la primera formación blanca la protagonizó un chico de Peñarroya, un mediocampista de extraordinario talento al que Benito Floro echó el ojo y metió como pudo en un grupo de altas exigencias, donde figuraban jugadores como Míchel, Butragueño, Alfonso, Martín Vázquez, Hierro... Aquel joven emergente era Alberto Toril, precisamente el actual responsable del Real Madrid Castilla y valedor de Quini. Las vueltas que da el fútbol.

José Alberto Toril Rodríguez (Córdoba, 1973) fue un niño prodigio en el Séneca, una fábrica de jugadores con sede en el Puga y Manolín Cuesta como emperador supremo. Alberto tocaba el balón con una pericia impropia de su edad, como si fuera un adulto rodeado de infantes alocados. Él fue una de las piezas clave de una generación extraordinaria -también estaba por ahí Pineda, que jugó en el Sevilla con Maradona- que arrambló con todos los títulos que le salían al paso, aplastando adversarios uno detrás de otro durante años. No conocían el significado de la derrota. Desde niños aprendieron a ganar como una obligación. Muchos de ellos llegaron a ser profesionales.

Alberto, poco después de superar la edad infantil, ya estaba en la agenda de equipos de Primera. Un verano se lo llevó el Real Madrid junto a Salvador Valverde "Salvi", un potente delantero de la cantera blanquiverde. Éste volvió al poco tiempo. Alberto continuó allí y se erigió en una de las grandes esperanzas del Madrid. Sus campañas en los juveniles le sirvieron para alimentar sus sueños de alcanzar la élite. Los técnicos se relamían pensando en lo que podía llegar a hacer un futbolista dotado de una técnica depuradísima, capaz de ofrecer soluciones en ataque y marcar el ritmo de modo certero. La joya comenzaba a brillar, pero su fulgor lo apagaron las malditas lesiones.

Después de pasar al Castilla, Benito Floro le llamó para el primer equipo en la temporada 92-93. Con 19 años debutó en Primera jugando un par de partidos (ante Albacete y Sporting) y retornó al filial de Segunda, aunque con el cartel de promesa colgado del cuello. En la Liga 93-94 sufrió su primera lesión, que le impidió gozar de minutos en el primer equipo y propició que tuviera que retornar al Castilla para ponerse a punto. Ante la feroz competencia (Míchel, Martín Vázquez, Luis Milla, Robert Prosinecki...), el club blanco optó por cederle.

En Vigo, con el Celta, inició una espiral de préstamos a equipos que no siempre le reportaron buenas sensaciones y, seguramente, ni siquiera un progreso adecuado. Pero así vinieron las cosas. El Madrid le envió a Balaídos como parte de la operación de fichaje del guardameta Santi Cañizares y Toril se encontró con un técnico, el argentino Aimar, que no tenía demasiado interés en favorecer el progreso de un joven cuando estaba bajo la presión de la permanencia en la categoría. Jugó nueve partidos y salió de allí con una sensación extraña.

El Madrid decidió traspasarle al Espanyol por 50 millones de pesetas. En Sarrióa estaba como técnico José Antonio Camacho, que lo había tenido a sus órdenes en los juveniles del Real Madrid. Se abría ante Toril una etapa nueva, arropado por un entrenador que conocía sus virtudes, pero una rotura del menisco externo y del ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda le rompieron todas las expectativas. Intervino en 17 partidos en dos años. Ninguno en la Liga 96-97. Terminó su contrato y se marchó. Esta vez a Segunda División.

Y otra vez le llamó un entrenador que le conocía por su pasado en las categorías inferiores del Real Madrid. Rafa Benítez, que fue su preparador, afrontaba un desafío singular en una plaza increíble: Almendralejo. En el Extremadura, con el actual entrenador el Nápoles -y ex del Valencia, Liverpool, Inter o Chelsea-, Toril despachó su temporada más brillante como profesional. Jugó 40 partidos, marcó tres goles y el equipo logró el milagro del ascenso a Primera División. Toril volvió a la élite. Luego, el modesto club extremeño descendió y, tras un año más en Segunda, Toril cerró un trienio que le sirvió para conocer la otra cara del fútbol, la de una entidad humilde que alcanzaba el punto más alto de su historia.

Con 27 años, los percances físicos y las secuelas de las lesiones comenzaban a pasarle factura. El Albacete Balompié lo fichó para buscar el ascenso y Toril se rompió los ligamentos de la rodilla, lo que le hizo perderse casi una temporada completa. Con una feroz determinación, el cordobés peleó contra el infortunio y prolongó su carrera profesional como futbolista en equipos de Segunda como el Racing de Ferrol y el Numancia, antes de concluir su ciclo con un curso en Segunda B con el Cartagena y un episodio final en el Quintanar del Rey. Allí decidió que sus aventuras en el césped habían concluído. Tenía 32 años.

Ahora es entrenador. Y de los cotizados. Miguel Pardeza le llamó después de una etapa inicial en las divisiones formativas del Albacete para que ingresara en el cuerpo técnico de la cantera blanca. Obviamente, Toril aceptó. Tenía una cuenta pendiente en el Bernabéu. Aterrizó en el Castilla en enero de 2011 en sustitución de Alejandro Menéndez procedente del juvenil A, al que estuvo a punto de llevar a un triplete histórico: fue campeón de Liga, de Copa de Campeones y subcampeón de la Copa del Rey. La temporada pasada, ya en el filial, logró clasificar al equipo para los play off después de completar una segunda vuelta invicto. Sólo perdió un partido, ante el Alcoyano, y le costó el ascenso. En la 11-12, sin apenas refuerzos, despachó un curso intachable para ser campeón con anticipación.

El cordobés hizo del Real Madrid Castilla de la temporada 2011-12 un equipo récord, superando registros de una época en la que el filial de Chamartín ocupaba un sitio destacado en el ranking. El Castilla conquistó su cuarto campeonato de grupo de Segunda B a tres jornadas del final, obteniendo además la mayor renta de puntos con el segundo clasificado. En comparación con la plantilla que logró el último ascenso a Segunda A, la escuadra de Toril sumó una victoria, dos puntos y 17 goles más que el de la campaña 2004/05. Aquella plantilla estaba entrenada por Juan Ramón López Caro y contaba con futbolistas como Rubén de la Red, Javi García, Roberto Soldado, Álvaro Arbeloa o Borja Valero. El técnico cordobés promocionó a jugadores como Morata, Joselu, Nacho, Carvajal o Jesé. Toril ha manejado a una de las generaciones blancas más prometedoras de los últimos tiempos. En la última temporada, la 12-13, el Real Madrid Castilla logró una permanencia holgada y sacó al escaparate a un ramillete de talentos que terminarán ocupando sitios preferentes en plantillas de equipos de Primera División. Toril cumple a la perfección su papel de constructor de futbolistas con capacidad para ser profesionales de élite. Ya sea en el Real Madrid o en cualquier otro sitio. Sabe qué le piden, qué puede ofrecer, dónde está y cuáles son las exigencias de una institución cuya razón de ser se fundamenta en la acumulación de gloria. Toril lo entiende perfectamente. Estuvo ahí. Síganle los pasos. Su aventura todavía no ha terminado.

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24 de julio de 2013 - 10:00 h
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