¿Qué le digo ahora al niño?

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"¿Ves como sí? ¿Lo ves?", le decía llorando mientras estrujaba su pequeña cara contra mi pecho sudoroso y blanquiverde. Las puntadas del escudo bordado en la camiseta se le quedaron marcadas en su enrojecido moflete infantil. "¡Somos de Primera!", gritamos los dos en aquel bar del barrio, abrazados a desconocidos que corrían enloquecidos entre las sillas y las bebidas desparramadas. En la tele lo repetían una y otra vez: el pase de Pelayo, el disparo de Raúl Bravo, el rechace para Uli Dávila. El gol más grande de nuestras vidas. Nos volvimos locos aquel día. Y decidí hacerle socio. Un dineral, pero qué más da. Vamos a ver fútbol de verdad. De Primera. Por fin.

Hemos ido a todos. No faltamos a ninguno. Le compré al chaval una camiseta con el 10 de Fede Cartabia y ahí estuvimos cada jornada. Una detrás de otra. No le ganábamos a nadie, pero alimentábamos la esperanza. Se perdió por primera vez la Cabalgata de Reyes para ir al fútbol. Aquel día ganamos al Granada. Dos a cero. No olvidaré nunca su cara de felicidad esa noche. Luego pasó lo que pasó. No ha sido fácil, pero hemos aprendido. Del fútbol y de la vida. La temporada 14-15 encierra unas cuantas lecciones morales de primer orden. La tarde del descenso a Segunda, tras la paliza histórica a manos del Barça, estaba particularmente silencioso en el coche. Antes de entrar en casa me lo dijo: "Papá, si Florin se queda y hacemos algún fichaje, ¿volveremos?". Le tuve que decir que sí.

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Publicado el
6 de mayo de 2015 - 01:46 h
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