De la luz al silencio

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Al igual que el Domingo de Ramos, el Lunes Santo es un día espléndido en Córdoba | Acompaña el tiempo en una jornada de contrastes, que acaba con el recogimiento de Vía Crucis y Ánimas

Luce el sol. El cielo vuelve a ser un hermoso manto azul, cuyo bordado no es otro que el de las nubes. Un día más, y que así sea en todos, el tiempo acompaña. El Lunes Santo, como lo fuera el Domingo de Ramos, resulta espléndido. Se adivina a primera hora de la tarde, cuando un barrio aguarda a su hermandad. Es a las 16:30 cuando la llamada a la puerta del local anexo a San Antonio de Padua haga que ésta abra una jornada de contrastes. El calor provoca alguna que otra lipotimia. Y cuando sale Jesús Humilde en la Coronación de Espinas, no importan los grados. La temperatura sube un poco más, pero en el ambiente. Es cuasi festivo. Es el propio de una cofradía ligada a su gente y de una gente ligada a su cofradía. El Zumbacón celebra que Santa María de la Merced de nuevo recorra las calles de Córdoba.

Es tarde de luz. Y de numerosa afluencia de cofrades, así como de turistas, en cada rincón de la ciudad. En los Jardines de Colón poco espacio queda a las 18.30, cuando la hermandad de la Estrella está a punto de iniciar su recorrido por los mismos. Viene la cofradía de rendir homenaje a las dos agentes de la Policía Local fallecidas en acto de servicio en 1996 -atraco al Banco Santander-. La memoria quizá no es que también importe, sino que debe de hacerlo siempre. A las puertas de la plaza, el romano que se encuentra junto al Señor de la Redención tiene que ser retirado por un problema de sujeción. Superada la contrariedad, el misterio avanza en la luminosa tarde, como lo hace Nuestra Señora de la Estrella. Los dos pasos vuelven a regalar a la Huerta de la Reina una noche dulce, llena de emoción. Como siempre, con los sones de la Agrupación y la Banda de la corporación.

Su espíritu de hermandad de barrio, como lo tiene la Merced, también lo muestra la Vera Cruz. Es la de éste Lunes Santo una estación especial para la cofradía que mira al centro de la ciudad desde el otro lado del río. Cumple 25 años de camino hacia la Mezquita-Catedral. En su cortejo lleva en esta ocasión especial reliquias de la Santa Cruz, el Lignum Crucis -cedido por la Confraternidad de Hermandades de la Vera Cruz de España-. Abrazado al madero, el Señor de los Reyes deja atrás el Campo de la Verdad, que espera su retorno ya en Martes Santo. Cruza el Puente Romano, con rumbo al corazón de Córdoba. El día no pierde su luz, que alumbra a María Santísima del Dulce Nombre cuando comienza a recorrer las calles de la ciudad.

A la misma hora que en San José y Espíritu Santo comienza su estación de penitencia la Vera Cruz, lo hace la Sentencia en San Nicolás de la Villa. La siempre complicada salida del paso de misterio de la céntrica hermandad es esta vez algo mayor. La lanza de un romano impide que sea correcta. Retirada, el Señor de la Sentencia ya está en la calle, que responde con aplausos el esfuerzo de la cuadrilla de costaleros. Esta cofradía busca un año más la Mezquita-Catedral. La estrechez de Conde y Luque y Deanes vuelve a ser vencida. Entonces, la tarde comienza poco a poco a ser noche. Y la estampa gana quizá más. También al paso de María Santísima de Gracia y Amparo.

La noche está cerca. Eso significa, siendo como es Lunes Santo en Córdoba, que las puertas de la Trinidad se abren al recogimiento. Los tambores roncos enlutados de la hermandad del Vía Crucis suenan y advierten de que la luz deja lugar al silencio. Un silencio que ilumina, tanto la mirada como el espíritu. El Santo Cristo de la Salud inicia, portado por tres hermanos, su recorrido de seriedad por las calles de Córdoba. El destino es la Mezquita-Catedral y los rincones de la Judería un lugar mágico para atender el paso de la corporación de San Juan y Todos los Santos. Domina el respeto de quienes se encuentran en Encarnación, Rey Heredia o Portillo. Poco a poco, el manto se torna azul oscuro y la temperatura resulta un tanto más agradable. El día se marcha y sus horas últimas se consumen.

En San Lorenzo, el silencio es también absoluto cuando la luna ya está en el tejado, encima del imponente templo fernandino. Se repite el recogimiento y quizá tiembla la mirada cuando aparece el Cristo del Remedio de Ánimas. La seriedad es otro punto común con el Vía Crucis. Los hermanos cantan el miserere y el recogimiento es inevitable en una jornada de contrastes. Nada cambia al paso de Nuestra Señora Madre de Dios en Sus Tristezas. Su llanto es el de quienes atienden al Hijo muerto en la Cruz. Es esta cofradía la encargada de cerrar el Lunes Santo, ya en martes, cuando definitivamente se pasa de la luz al silencio. El que queda tras un día, una vez más, espléndido.

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Publicado el
31 de marzo de 2015 - 12:14 h
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