Sobre este blog

Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

Entre libros y copas

Copas y libros.

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Llegó la primavera con la rabiosa alternativa de aguacero y sol en la ciudad. Y vientecito. Y polen en suspensión, estornudos, libros y vino. Lo que parecía normal.

Después de dos años que deberíamos recordar todos, si los presentismos no nos borran la memoria, vuelven a coincidir la Feria del Libro y la Cata del Vino de Montilla-Moriles.

La relación entre el vino y la literatura es larga y muchas veces fructífera. Desde la mitología griega hasta, yo qué sé, títulos tan chulos como “El don de la ebriedad”, de Claudio Rodríguez. Por no hablar de simbolistas franceses, egregios borrachos norteamericanos o taimados bebedores circunstanciales europeos y casi a escondidas.

Destilar alcohol y destilar versos e historias han ido siempre de la mano. Yo ahí no me meto.

Un encuentro de escritores y escritoras suele acabar tomando copas. Pero no es tan claro que un encuentro entre consumidores de vino acabe en tertulia literaria sobre la época del Monzón en Macondo mientras cae el granizo fuera de la caseta. Pero me puedo equivocar, obviamente.

Por otro lado, me puedo adelantar a los comentarios que alguien podría verter si en la Feria del Libro de Córdoba sólo participasen autores cordobeses, en vez de invitar a Ana Merino, Manuel Jabois o Luis Landero, por ejemplo. A eso lo llamarían, como mínimo, “localismo”, “programa pacato” o “cutrez”. O algo así.

Sin embargo; aún me pregunto qué narices hace aquí una Cata del Vino de Montilla-Moriles en vez de hacerla en La Rioja, en el Bierzo o en Jumilla, por ejemplo. Y por qué no traer aquí una muestra de vinho alentejano o de Toro.

Para acceder a la Cata del Vino hay que hacer una especie de pre-compra, mantener unas colas exageradas y así poder entrar en un recinto cerrado en un solar de una institución pública. Algo raro. La definición del mecanismo no difiere mucho de la de un “botellón”.

Para asomarte a la Feria del Libro sólo hay que pasear por el bulevar del centro de la ciudad abierta, asomarte a las barracas y adquirir, si quieres, lo que quieras. No hay tantas colas.

Claro que me gusta el vino. Compartirlo con los amigos mientras hablamos de El Gran Gatsby o si a Eduardo Galeano le gustaba de verdad el fútbol o lo utilizó como excusa. Y más. Me gusta hacerlo en casa o en un bar tranquilo de esos que pagan impuestos todo el año, cuando cae el Monzón y cuando no.

Si yo fuera un consejero moralista les diría: Beban con moderación y lean inmoderadamente.

Pero, afortunadamente para ustedes y para mí, no lo soy.

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Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

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