Sobre este blog

Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

Federico en La Fuenseca

Urbanismo autoriza el arreglo de la torre de la Fuenseca

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Cada vez que se convocan elecciones a la Junta de Andalucía me acuerdo de Federico García Lorca y de una habitación del campus de la Universidad de Columbia.

Porque yo voto en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Córdoba, en la Judería, un antiguo hospital. Puede ser por eso, que una cosa lleve a la otra.

A Lorca lo mataron por pijo, por teatrero, por poeta o por maricón. O por todo eso. No creo que lo mataran por nada. Nadie merece morir por nada.

Voto a media mañana y subo hacia el centro, me tomo un par de cañas en el Bar Correo y me compro una telera y ya he echado el domingo que se va cayendo como una hoja mecida por una brisa antigua.

Un escritor universal de Barbastro, que viaja bastante, me dijo una vez que en cualquier librería decente de Europa o de alguna ciudad de la costa oeste norteamericana, también de La Habana, México D.F. o Buenos Aires te encontrarás con un libro de Cervantes, de Teresa de Jesús o de Federico García Lorca, y eso te pondrá en tu sitio, te reconciliará con tu ser español trasterrado y te acercará a casa con sólo posar la mano en la portada o el lomo del libro.

Cervantes, Fede y Teresa son España.

La España que puteó a Cervantes, troceó el cadáver de Teresa y fusiló a Federico. Esa España nuestra.

Hoy voto a favor de las cosas que me importan y no voto contra nada, porque me vuelvo a acordar de Lorca.

Una madrugada, hace unos años, me lo encontré en la Fuenseca. Yo salía de un bar y vi allí a Fede vestido con un traje marrón, polvoriento, y una corbata de “pajarita”. Estaba peinado con la raya en medio y sentado en el brocal de la fuente. “Coño, Federico”, le dije.

“Sí, soy yo. Nunca me acabo de ir del todo”, me dijo.

“He venido a beber. Sólo quiero agua”, y acercó el hueco cóncavo de la mano al chorro de la fuente.

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