Las manos quietas

Nos gusta decir que no tenemos manías pero mentimos. Mentimos bastante la verdad. Hablo de mentiras absurdas como ‘no he ido al gimnasio porque me ha sido imposible’ (imposible es encontrar la versión en castellano del spot del juego de Tornado Rex en youtube no ponerte el chándal, digo leggins, porque vaya si lo han petado los creadores de esa prenda que ya existía y se llamaba DE TODA LA VIDA mallas, ehem) o ‘no dejo de fumar porque me gusta el tabaco’. Claro, claro.

Total, entre las peores mentirijillas (por quitar hierro y no tratar este problema global como bien se podría merecer) está la de negar que somos maniáticos. Todos tenemos manías y sí, podemos culpar a aquel spot de la ondamanía o no.

Asumámoslo de una vez, esa especie de locura, caracterizada por delirio general, agitación y tendencia al furor la tenemos todos.

Algunas son más extremas, como la gente con la manía de tocar y hacer lo mismo con ambos lados del cuerpo (útil para natación y bien jodido para esgrima) y otras más bobas como que te ponga de los nervios que se corten las canciones en la radio o en tu lector de música (me gusta más que reproductor) o que no soportes el ruidito que hacen algunos zapatos en determinados terrenos (tui-tui). Chorradas que te exasperan.

Como hasta en esto de las manías está ya todo inventado (u odiado), me consuelo absurdamente pensando que las que tengo, pese a creerlas únicas en mi interior, son compartidas con otros cuantos maniáticos y perturbados. Os quiero.

En primer lugar, no entiendo por qué hay personas que te agarran del brazo cuando te están hablando. Violencia gratuita. Dice mi prima que lo hacen para absorbernos la energía. Lo mismo es por problemas de equilibrio. No lo sé pero las manos quietas de una vez ¡Soltadnos!

Vamos a ver. Cierto es que puede que no estés escuchando la retahíla de historias. Bien (o mal, según el tema), pero, de ser así, digo yo que somos adultos y que uno ya asume el riesgo de no poder continuar la conversación o repetir como un lorete lo último que haya oído fingiendo prestar atención sin necesidad de que le agredan.

¿Y qué me decís de las personas que repiten tu nombre sin parar? No sé, lo mismo es para que no se les olvide pero choca bastante cuando se trata de amigos y familiares (hola mamá, te veo en Navidad) que se presupone saben tu nombre desde hace tiempo. Más aún cuando usan el viejo y crispante truco: acompañar la repetición de los nombres propios de agarrones de brazo. Muy bueno. Doble o nada.

El ruido me aturde y, en consecuencia, cada día tengo más manía a la gente que grita sin ton ni son. Ellos creen que no lo hacen (auto-mentiras) pero hablan ULTRALTO. Vuelta a lo mismo, no agarréis ni gritéis para haceros escuchar. Coño ya, ¡relax! La peña de Gaes se va a hacer de oro gracias al creciente fervor por el afán de protagonismo. Basta ya, hablad en tonos normales cagoenlamar.

Y otra que me mata: la gente que aplaude cuando se ríe. Esto… ¿no? ¿De verdad tiene tanta gracia vuestro chistaco como para que os palmeéis? Ojalá se hiciesen la ola, que es mucho menos ruidoso.

En fin. Manías.

Hasta hace poco me automentía comentándome (qué cansina soy con tanta charla interior, menos mal que no me auto-agarro del brazo para hablarme) que sólo tenía la manía de ir a hacer el café después de la ducha enrollada en la toalla. No sabría decir si es debido al frío polar invernal, al respeto que tengo a mis compañeros de piso o a que en mi nueva cafetera el café sale a una velocidad que me sorprende cada mañana, pero ya no lo hago.

Porque las manías se pueden quitar.

Algunas.

Es bastante increíble lo rápido que se hace el café.

http://www.youtube.com/watch?v=bJf2UFgYYQY

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10 de diciembre de 2013 - 08:00 h
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