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Sobre este blog

Padre imperfecto, primo hermano de Orlando, feminista en construcción, jurista nómada, cinéfilo “aguafiestas”, además de egabrense y catedrático de la UCO. Llevo años estudiando desde el punto de vista jurídico, pero no solo, los problemas y los dilemas de la igualdad. He publicado libros como El hombre que no deberíamos ser, Autorretrato de un macho disidente o John Wayne que estás en los cielos. Empeñado en mirar con lentes feministas, a lo Siri Hustvedt, la realidad y su reflejo en las pantallas, me quedé tocado cuando vi Thelma y Louise en el Cine Isabel la Católica.

Todavía hoy, mientras releo a Virginia Woolf, sueño con escribir un final distinto para la historia. Mientras llega ese happy end, no dejo de ver películas en las que busco las respuestas que no me ofrecen ni el Derecho ni Boyero. Imaginando un mundo con menos palomitas y más conversación.

'Pillion': la ley del deseo

Pillion

Octavio Salazar

9 de marzo de 2026 20:03 h

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Hay muchas cosas en Pillion que incomodan, que te zarandean y que te llevan a territorios en los que te acabas enfrentando a muchos de esos dilemas y zozobras que con frecuencia esquivamos. Se agradece que tras una reincidencia en esquemas tópicos y estereotipados -valga como ejemplo la sobrevaloradísima serie Más que rivales, que a mí me ha parecido viejuna y tóxicamente normativa-, nos encontremos en la pantalla una relación entre dos hombres que se sale de los lugares comunes y que nos plantea interrogantes que van mucho más allá de las opciones sexuales. Porque, en el fondo, lo que nos plantea Harry Lighton en su primera película es hasta qué punto los deseos, y por tanto también la sexualidad, se mueven siempre entre el placer y el peligro. O, lo que es lo mismo, hasta qué punto la ley del deseo es su incapacidad de ser sometido a la ley. Un debate que en estos tiempos punitivistas, y con frecuencias moralizantes, casi nunca nos planteamos ante la omnipresencia del paradigma de la violencia y de los abusos. Seguramente si el mismo relato que nos presenta Pillion hubiera sido protagonizado por una pareja heterosexual hubiera levantado ampollas y habría generado una (in)tensa polémica en torno a la erotización del dominio. En este caso, sin embargo, son dos hombres a los que vemos enredados en una relación que, de entrada, puede parecernos censurable, en cuanto se proyecta en el poder que uno ejerce sobre el otro, pero que nos remite, de manera muy inteligente, a la posibilidad, como mínimo a la posibilidad, de que nos planteemos si dos adultos pueden negociar los términos de una historia en la que uno acabe siendo un siervo, un siervo enamorado, y el otro una suerte de dios que impone las reglas. Todo ello en un contexto de evidente desigualdad en el sentido que el sometido es un chico en el que confluyen diversos factores que lo hacen más vulnerable y en el que el omnipotente que lo seduce y enamora se nos presenta como una divinidad (en todos los sentidos). Aunque tal vez, en la oscuridad de la habitación, en la moto que los une por más que el joven sea el “pillion” que va detrás, agarrado a él para no caerse, la desigualdad de posiciones no sea tal. O sí, porque quizás en los laberintos del sexo la equivalencia no siempre sea la norma y más bien lo habitual sean esos lugares intermedios entre la emancipación del jadeo y la intensidad de la entrega. Difícil, sin embargo, transitar por esos grises en un mundo, el de la película, en el que los hombres parecen habitar un espacio y un tiempo en el que no existieran las mujeres: solo ellos, sus reglas y sus deseos y necesidades.

Lo más inteligente de Pillion no es solo que su director no convierta la película en una edulcorada fábula de amor imposible, o que no nos haya ahorrado imágenes de sexo explícito, por más que como él haya confesado en el montaje final renunciara a mostrar un primer plano del pene de “dios” por la reacción jocosa que provocó en un pase previo. Lo mejor de esta rareza es que nos lleva por unos laberintos insondables, que con frecuencia están más allá de la racionalidad, y que nos obligan a plantearnos no solo cuáles son los límites, si es que los hay, del deseo, además de si, como vemos en el caso del protagonista, existen subjetividades que necesitan unos vínculos en los que la entrega y el desprendimiento de uno mismo es vivido como el mayor de los goces y hasta de una ansiada felicidad posible.

La densidad y las tensiones que aborda esta película que se sale de todos los marcos acaban traspasando al espectador gracias a unos actores que encarnan, y nunca usado con más intencionalidad este verbo, unos personajes en los que es fácil detectar referencias de cómo somos y de cómo nos amamos, de modelos de masculinidad y hasta de diversas maneras de habitar la soledad. Alexander Skarsgård no solo presta su físico poderoso a un Ryan que atesora todas las fantasías de la virilidad, gay o no gay, y en el que es fácil detectar las carencias y limitaciones emocionales, la máscara y la performance, el recurso a la violencia y al dominio como estrategias que difícilmente ocultan las fragilidades, los silencios y la huida como pautas de comportamiento de quien es incapaz de sostener y sostenerse. Pese a la moto veloz, pese al cuerpo glorioso, pese a la belleza que es jaula y no ventana. A su lado, el joven y tímido Colin, fuera de los cánones corporales y de las normas que nos generan expectativas imposibles, es otra masculinidad herida, necesitada y con frecuencia perdida en su búsqueda incesante de amor y ternura, aunque para llegar a ello tenga que transitar por el dolor y las heridas. La interpretación de Harry Melling, apoyada en un físico que nos sitúa en un lugar de inquietud y temblores, es de esas que sostienen como unas raíces todopoderosas una película que corría el riesgo de caer o bien en el exceso o, por el contrario, en una cobardía que la habría dejado en tierra de nadie. Basta con recordar el lugar que ocupan la madre y la padre de Colin para constatar cómo esta historia nos renuncia a preguntas incómodas, también sobre quiénes somos en función de nuestros contextos familiares y de qué manera los vínculos nos sostienen aunque a menudo nos hieran. La Navidad, en fin, como metáfora de lo mejor y de lo peor de nuestras vidas.

Pillion es, pues, más allá de la valentía de sus imágenes o del riesgo que siempre implica mostrar en pantalla los peligrosos vericuetos del deseo (y también del amor), una de esas historias tan contemporáneas que nos hablan de muchas de las dificultades que en cuanto sujetos nos atraviesan en este siglo desordenado. Una película en la que también hay lugar para las caricias, la ternura o la compasión, por más que lo más evidente sean los ruidos del motor, la velocidad por unas carreteras oscuras, el cuero y las violencias de un mundo de hombres. Ese infierno en el que tanto Colin como Ray tienen tantas dificultades para sobrevivir y en el que, a menudo, aunque nos cueste reconocerlo, hemos estado usted y yo.

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Padre imperfecto, primo hermano de Orlando, feminista en construcción, jurista nómada, cinéfilo “aguafiestas”, además de egabrense y catedrático de la UCO. Llevo años estudiando desde el punto de vista jurídico, pero no solo, los problemas y los dilemas de la igualdad. He publicado libros como El hombre que no deberíamos ser, Autorretrato de un macho disidente o John Wayne que estás en los cielos. Empeñado en mirar con lentes feministas, a lo Siri Hustvedt, la realidad y su reflejo en las pantallas, me quedé tocado cuando vi Thelma y Louise en el Cine Isabel la Católica.

Todavía hoy, mientras releo a Virginia Woolf, sueño con escribir un final distinto para la historia. Mientras llega ese happy end, no dejo de ver películas en las que busco las respuestas que no me ofrecen ni el Derecho ni Boyero. Imaginando un mundo con menos palomitas y más conversación.

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