Vía Crucis
Hay que tener poca vergüenza
Imagínese que vive en pleno corazón del casco histórico de Córdoba. En uno de esos rincones incomparables forjados de cal blanca, callejones angostos y silencio. Es usted una persona afortunada. No todo el mundo tiene la suerte de habitar la historia con mayúsculas. A un palmo del río Guadalquivir y la gran Mezquita Aljama donde meditaba plácidamente Averroes y susurraba Ziryab canciones de Oriente.
Imagínese que son las ocho y media de la tarde de un precioso día de primavera. Tiene una cena a las nueve y sale de casa con tiempo de sobra para evitar sobresaltos. Enfila la calle Don Rodrigo en dirección a la Plaza del Potro y cuando alcanza la calle Lucano observa una muralla humana que tapona la Cruz del Rastro.
Es Domingo de Ramos.
Por encima de la multitud se atisban los capirotes y un rumor de trompetas que remonta la calle de la Feria. Entonces atraviesa la Plaza del Potro y toma Romero Barros para intentar cruzar a la Medina antes de que la procesión alcance ese punto. Imposible. Otra pared humana impide el paso a cal y canto.
Ahora retrocede en dirección a la Plaza del Potro y cruza la calle Enrique Romero de Torres para desembocar en la Ribera. Acelera el paso mientras ve correr los minutos uno tras otro. El Paseo de la Ribera es ya un río de gente pero lo suficientemente ancho como para circular con cierto desahogo.
En la Cruz del Rastro hay un atasco monumental. De proporciones bíblicas, podríamos decir en toda lógica. Es mejor seguir adelante, ya por Ronda de Isasa, para tomar el primer callejón a la derecha que le permita acceder a la calle Cardenal González, que es la frontera infranqueable que ingenuamente se propone traspasar. Sube los escalones de Pozo de Cueto y llega a la calle Cara. Un revuelo de transeúntes recorren la travesía como hormigas en busca de salida. No es usted el único tarambana atrapado en el laberinto de Semana Santa.
Deja la calle Amparo a la derecha y avanza hacia Cardenal González. Negativo. Decenas de feligreses tapian la salida con cemento armado y ladrillo visto. Decide entonces probar por el siguiente callejón. Continúa por la calle Cara paralela a Cardenal González y dobla a la derecha con la esperanza de que la cola de la procesión esté a punto de desbloquear el paso. Está usted soñando. Otra cancela humana cierra el barrio con siete candados.
La Semana Santa andaluza es un bello fenómeno cultural que exhibe una vitalidad fuera de toda duda. Un océano de humanidad desborda las calles del casco histórico para celebrar la primavera y compadecer la pasión de Cristo. Y usted no tiene nada que objetar. Los fieles y los turistas tienen derecho a disfrutar de una tradición de siglos que se renueva cada año con un vigor envidiable. Naturalmente.
Pero usted también tiene derecho a llegar a la cena. Y, si es posible, antes del desayuno. Sigue por la calle Cara hasta la calle Alhóndiga. Es la última oportunidad de cruzar Cardenal González antes de tirar la toalla, admitir que vive secuestrado en su propio barrio y regresar a la ratonera que adquirió hace veinte años con la convicción de que estaba comprando un lugar apacible en el paraíso. Pero se equivoca. Otro tapón humano atasca la última salida hacia la Medina. Una de dos: o se abre camino entre la multitud o dice adiós a la comida.
Por razones difíciles de descifrar, opta por penetrar en el cemento armado. Con toda la prudencia del mundo, se va colando por los resquicios de la muchedumbre. La resistencia de la muralla humana es numantina. Los feligreses aprietan la cadera para hacerse fuertes en la posición que han conquistado pacientemente desde hace dos horas. Quizás tres. Pero usted sigue adelante asediado por un aluvión de miradas mortíferas que atraviesan el acero inoxidable.
No sabe cómo pero ya está en mitad de Cardenal González. Los nazarenos lo observan con cara de guardas jurado y comprende que debe quitarse de en medio cuanto antes. Está a un palmo de la calle Alfayatas y poder cantar victoria. Ya solo le queda el último obstáculo. Levanta la vista y se topa con una pared de ojos mirándole fijamente. Todo indica que nadie va a mover un músculo para facilitarle el paso. En efecto. Y sigue adelante. Con dos bemoles. Todos lo quieren estrangular mientras se apartan a desgana a medida que conquista centímetro a centímetro el espacio. Y es entonces cuando una joven que tienes a un palmo de tu cara exclama: “Hay que tener poca vergüenza”.
Comparado con el Vía Crucis que sufrió Jesús de Nazaret en sus últimas horas es justo admitir que el padecimiento de un vecino del casco histórico en Semana Santa es infinitamente menor. De eso no tenemos la menor duda.
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