Lobotomía

"La Mezquita es arte cristiano bizantino"

           (Demetrio Fernández. Obispo de Córdoba)

 

Para ejecutar cualquier apropiación, lo primero que hay que hacer es extirpar su identidad. Es decir. Descomponer sus órganos, degradar su naturaleza, vaciarla de

sentido y, finalmente, vampirizar su corazón. Ya lo dijo Rubén Darío cuando en 1903 entró en la Mezquita de Córdoba y contempló la joya andalusí invadida de capillas, santones y empastes barrocos. "Sumo mi voz a las mil que han lamentado la vandálica religiosidad de los católicos que creyeron preciso demoler obras de arte y afear el recinto de Alah para adornar mejor a Cristo".

Rubén Darío no era ningún indocumentado anticlerical. Era el príncipe de las letras castellanas. Uno de los poetas más influyentes del siglo XX. El escritor modernista lloró ante el mancillado bosque de columnas como lo hizo diez años más tarde el poeta alemán Rainer María Rilke. Ante el espectáculo dantesco del bellísimo oratorio omeya dijo: "Córdoba. ¡Esta Mezquita! Es una pena, una tristeza, una vergüenza lo que han hecho con ella".

Durante siete siglos y medio, la Mezquita de Córdoba ha resistido contra viento y marea el ataque tenaz, calculado y zafio de los obispos del medievo. Los de antes y los de ahora. En todo este tiempo, los prelados y sus canónigos se han prestado con admirable encomio a la colosal obra de su desfiguración. En esa relación esquizoide a caballo entre la admiración y el desprecio.

Lo que hace hoy Demetrio Fernández forma parte de un proceso incesante de destrucción del legado andalusí. Antes, derribando las naves centrales del templo y violentando su espacio; ahora, borrando su nombre, falseando su historia y secuestrando su alma.

Si usted pone al zorro a cuidar un corral de gallinas, lo más probable es que se las meriende. Desde ese punto de vista, queremos dar nuestra más sincera enhorabuena a la administración competente.

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21 de enero de 2017 - 02:24 h
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