Érase una vez Cañete de las Torres...

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Érase una vez el primer recuerdo de Jesús Manrique: una casa, y en el patio, un corro de animales y una manta de flores cuidadosamente mimadas por las manos de su madre. Un patio en el municipio de Cañete de las Torres donde sus cuatro hermanos y él mismo correteaban inocentes, ajenos casi a las dificultades familiares derivadas de la dureza del campo.

Cinco fanegas de tierra para cinco hijos que comenzaron el cultivo con cereal. Más tarde un humilde olivar cubrió el terreno. Cinco hijos para cinco fanegas de tierra que cubrían la mesa con el esfuerzo de todos. A partir de los ocho o diez años, Jesús sustituyó las mañanas de juegos en la calle por madrugones y labores propias de la época en el campo, junto a sus padres y hermanos.

Cumplió trece años en casa de su tía, la de Sevilla, donde se trasladó en busca de trabajo. Era tan joven y tanta la morriña que no aguantó más que unos meses en volver al pueblo. Si la situación en Cañete hubiese pintado mejor, probablemente, nunca habría salido de allí, pero los medios económicos eran insuficientes para mantener a toda la familia solamente con el trabajo del campo.

Córdoba le aguardaba a sus dieciséis años, con la intensidad de los comienzos y la inquietud de la incertidumbre. Y aunque el paso del tiempo ha disminuido su contacto con Cañete de las Torres, siempre ha vuelto buscando el calor de aquel patio lleno de flores y animales, de las manos de su madre.

Pincha y escucha el código de hermanos: Pedrada al canto

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24 de enero de 2013 - 07:03 h
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