Hay quien tiene que aprender a vivir con los pies demasiado grandes o la nariz exageradamente puntiaguda o unos ojos minúsculamente dibujados en su rostro. Yo hace años que acepté mi patológica propensión a espiar a la gente, a meterme en sus conversaciones, a observarla, a escuchar atenta la sabiduría de la calle. Al principio ocultaba mi defecto de la misma forma que mi vecino del tercero usa zapatos de vestir que disimulen su talla 48 de pie; o mi seño Doña Matilde usaba gafas de aumento para hacer crecer su mirada. Llegué incluso a crear un seudónimo bajo el que esconderme. Me hice llamar Mujer Cero. Con la edad, claro, he aprendido a disfrutar de esta tara que arrastro desde la infancia. En Cordópolis he salido del armario y he decidido profesionalizar mi propensión al espionaje, convirtiéndome en la Agente Lázaro, una cotilla en la city. Si nos cruzamos por la calle, disimulen, les estaré observando.
Lo del periodismo, la democracia y la dignidad
Es posible que hace una semana no me hubiera detenido a pensar en nada de esto. Además, yo soy más de celebrar el 3 de mayo, Día Internacional de la Libertad de Prensa, que lo de hoy: San Francisco de Sales, patrón de los periodistas. Pero esta semana todo es distinto.
Hace unos días escuchaba a Maruja Torres lamentar no poder estar en primera línea de la tragedia contando lo ocurrido. Me hice periodista en los noventa; Maruja era una de nuestras referentas. Sin embargo, al escucharla, no sentí nada parecido. Cuando ejercí este oficio en medios de comunicación huía de los sucesos. Gestiono mal las emociones y sufro de empatía por exceso, pero la Torres me devolvió la nostalgia por ese lado de la profesión, por la que temo tanto en estos tiempos de precariedad y oportunismo, a la que he criticado tanto en los últimos tiempos. Pero esta semana todo es distinto.
Esta semana, en mitad de la tragedia, he creído que no todo esta perdido, que es posible que podamos ganar la batalla a los malvados, a la desinformación y a la política incendiaria e irresponsable. Y, en gran medida, ha sido gracias a quienes ejercen el periodismo con profesionalidad y responsabilidad. He sentido un particular orgullo -sí, quizás algo corporativista- por la prensa local, la que pisa el terreno, la que entiende al pueblo porque habla la misma lengua. He leído y escuchado (no he visto porque en estos asuntos huyo de la tele todo lo que puedo) historias narradas con empatía, respeto y oficio, mucho oficio. Y mientras eso ocurría, mientras la información fluía, la mentira y los malvados se diluían. Por una vez, la tragedia no ha sido narrada desde el Madrid de las declaraciones incendiarias y el canutazo rápido. No, Madrid no es España dentro de España. Y el intento de un periodista en una rueda de prensa provocando al presidente andaluz para que entrara al trapo se encontró de frente con lo que somos.
Adamuz, Córdoba, Huelva y Andalucía han dado una lección de Despeñaperros para fuera. Nosotros, los ignorados tantas veces, los etiquetados como excesivamente pasionales, hemos mantenido la serenidad y dignidad que la convivencia democrática se merece.
Ojalá nos dure.
Sobre este blog
Hay quien tiene que aprender a vivir con los pies demasiado grandes o la nariz exageradamente puntiaguda o unos ojos minúsculamente dibujados en su rostro. Yo hace años que acepté mi patológica propensión a espiar a la gente, a meterme en sus conversaciones, a observarla, a escuchar atenta la sabiduría de la calle. Al principio ocultaba mi defecto de la misma forma que mi vecino del tercero usa zapatos de vestir que disimulen su talla 48 de pie; o mi seño Doña Matilde usaba gafas de aumento para hacer crecer su mirada. Llegué incluso a crear un seudónimo bajo el que esconderme. Me hice llamar Mujer Cero. Con la edad, claro, he aprendido a disfrutar de esta tara que arrastro desde la infancia. En Cordópolis he salido del armario y he decidido profesionalizar mi propensión al espionaje, convirtiéndome en la Agente Lázaro, una cotilla en la city. Si nos cruzamos por la calle, disimulen, les estaré observando.
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