Una noche en el estadio

Ayer acudí a un partido de fútbol en directo. Dicho así, el hecho no parece tener mayor importancia. Y, bien pensado, contado de cualquier otra forma, tampoco. Asistir a un encuentro deportivo de este tipo es algo que realizan a diario millones de personas en el mundo, pero para alguien que vive desde hace varios años un progresivo desapego hacia todo lo que tenga que ver con el balompié, el hecho de tomar la decisión de acompañar a su familia, forofa de los dos equipos que disputaban el encuentro al mismo tiempo, convirtió la tarde de viernes en un anochecer excepcional.

Para romper algunas rutinas más, acudí al estadio una hora antes del inicio del partido. Llegué cuando en el escenario, perdón, en el campo de juego, sólo se veía a los tramoyistas, perdón, a los técnicos de jardinería. Para animar la soledad de los cuatro que andábamos por allí, la dirección de la sala, perdón, del campo, subió el volumen de los altavoces y nos deleitó con un interesante repertorio musical en el que se sucedían sin solución de continuidad algunas piezas de música tecno y reggaetón a toda pastilla. La melodía atrajo al césped a los primeros actores, perdón, jugadores, que salieron a escena a calentar. Debieron hacerlo bien porque a lo lejos divisé a un grupo de jóvenes que animaban casi orgásmicas y daban saltitos y chocaban entre ellas cuando uno de los artistas les lanzó una mirada y las saludó al volver al backstage antes del inicio del partido.

Unos minutos después, el maestro de ceremonias marcó el inicio del espectáculo. El planteamiento sirvió para identificar a los personajes, el nudo llegó en forma de gol en la portería del equipo local y el desenlace fue una especie de tragicomedia en la que el público no sabía muy bien si reír y llorar, aunque todos estaban de acuerdo en gritar.

Admito que hasta el entreacto empleé más tiempo en observar al público de los palcos cercanos que en seguir la trama de la obra, pero es que no puedo evitar hacer análisis sociológicos cada vez que me veo en mitad de la masa. Esta vez centré mi lupa en los barbudos con tupé. En el estadio eran mayoría y me entretuve en observarlos con detenimiento ¿alguien más se ha percatado de la cantidad de feos que se esconde tras una buena y cuidada barba? Tengo la impresión de estar viviendo una nueva revolución de barbudos, que si bien no buscan la justicia social en los mismos términos que Fidel y el Ché, sí que parecen haber apostado decididamente por la uniformidad social ¿Alguien es capaz de distinguirlos?

Después de acudir al ambigú a por un refrigerio, aposté por centrar mi atención en lo que ocupaba a todos los presentes. Fijé la mirada en el césped y contemplé las acrobacias e interpretaciones dramáticas de los protagonistas. La historia tuvo la tensión suficiente como para mantener al público alejado de la tentación de escapar. Hasta que llegamos al nudo de la historia. Con aquel el gol en contra, el desenlace era tan previsible como cualquier comedia romántica americana. Y, claro, la gente empezó a salir del estadio sin esperar a que cayera el telón y me dio pena. Pensé que la compañía, perdón, el equipo, no lo había hecho tan mal. Las musas le jugaron una mala pasada. Por un momento estuve tentada de hacerme con el abono de temporada. Afortunadamente, el grito de un barbudo profiriendo todo tipo de insultos hacia el director, perdón, el presidente del club, al tiempo que escupía cáscaras de pipas me despertó a la realidad.

Las excepciones son, eso, excepciones que confirman la regla, pero que nos permiten de vez en cuando disfrutar de los placeres de pecar contra nuestros principios y del placer de una vida incoherente.

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25 de abril de 2015 - 16:06 h
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