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Los niños no lloran

Elena Lázaro

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Creo que lo más cerca que estuve de tener un amigo (hombre) en mi adolescencia fue el día que Rafa lloró en mi hombro tras romper con su novia. Y aquello apenas duró media hora. No es que no nos lleváramos bien con nuestros compañeros de juergas y estudios, es que nuestras confesiones e intimid

ades eran bastante limitadas.

Los secretos eran coto vedado para ellos y los suyos, supongo, asunto de conversación en los descansos de clase o botellones de viernes. A ellos les estaba prohibido ser débiles. Los niños no lloran. Tenían que aparentar una permanente fortaleza física y emocional, amén de una heterosexualidad sin condiciones.

Y es, quizás, ese estereotipo del machote el que más me chirría cuando ahora miro a los hombres de mi generación. Pienso en lo complicado que debió ser vivir sin poder exteriorizar sus emociones y en lo razonablemente bien que han sabido muchos de ellos adaptarse a un tiempo en el que sus proles les exige permanente comunicación y una particular sensibilidad e inteligencia emocional.

Este 8 de marzo he pensado más que nunca en los hombres; en los de antes y en los de ahora. Me emocionó verlos en las manifestaciones y leer mensajes como el que recibió mi hija de 19 años de parte de un amigo.

Te quería agradecer que seas mi amiga y seas una persona genial y que no mola que tengáis que estar en una sociedad que no os aprecie y os tenga discriminadas y sobretodo que tengáis miedo de volver de fiesta si no vais acompañadas (…) y que lucharemos por tener los mismos derechos y que no haya desigualdad y podáis vivir tranquilas sin que ningún orangután os ataque por ser el simple hecho de ser mujer

Ni en el más remoto de mis sueños hubiera podido imaginar recibir un mensaje así de un amigo de mi adolescencia. De haberlo hecho hubiera pensado que era gay (sí, los prejuicios nos afectaban a todos) o estaba tratando de gastarme una broma pesada.

Pero afortunadamente los noventa han muerto y los hombres y mujeres que nos sucederán han mandado los estereotipos a tomar viento. No se juzgan por su género y mucho menos por su sexualidad. No tienen miedo a sus emociones. De hecho las exteriorizan a veces hasta el hartazgo.

Lo vi en las manifestaciones y en el concierto al que asistí horas después acompañando a mi hija de 15 años. En el escenario estaba Alfred García, un producto de Operación Triunfo y un prototipo de la nueva sensibilidad postmilenial. Un chico que escribe letras sensiblonas y que invita a amigas a cantar con él sin ningún tipo de comportamiento que recuerde ni remotamente al machote ochentero. El viernes lo hizo con Paula Bonilla, una estudiante de la Universidad de Córdoba, pianista y cantante de voz impresionante, a la que dio su espacio dejando que se luciera. Luego pidió a la batería de su banda que fuera ella la que hablara del 8M porque él no iba a ser el que le dijera a las mujeres presentes lo que significaba ese día. Y lo hizo sin que aquello pareciera impostado como de una manera ridículamente evidente les queda a muchos de los representantes políticos en plena campaña electoral. Aunque en las redes se le acusa de oportunismo, lo cierto es que siendo un referente y modelo para miles de adolescentes, mejor esto que el David Summer de “Sufre Mamón”.

Y lo vi a pie de escenario observando a los chicos que coreaban las canciones y se abrazaban con sus amigas y amigos sin reparo ni ocultar su emoción, capaces de decirse te quiero sin que ello implique invitación al sexo.

Las nuevas masculinidades de las que tanto y tan bien habla Octavio Salazar existen. Son instagramers y aún no han terminado de cambiar la voz, pero por las maneras que apuntan, cuando la hagan sonar lo harán alto y claro. Bravo por ellas.

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