Marrones cotidianos

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Nada une más que un buen marrón. Lo tengo comprobado. No hay asunto como el escatológico para derribar las barreras de la falta de confianza. Y si no, repasen el anecdotario de sus propias vidas y comprobarán que no hay tema de conversación que logre romper antes las barreras que levantamos como baluartes de la buena educación. Revisen las relaciones que mantienen con las personas con las que hayan vivido algún capítulo más o menos fecal o soez y compárenlas con las de aquellas que se han mantenido en la más pura pulcritud. Y ahora ¿en manos de cuál de ellas pondrían sus vidas? No cabe la comparación.

Existen variaciones sobre el tema. La presencia de lo excrementicio no resulta imprescindible. La experiencia compartida puede estar relacionada con la sangre, el moco o cualquier otra sustancia líquida o gaseosa que logremos sacar de nosotros. Y tampoco es preciso que la experiencia sea vivida de manera presencial, a veces basta con mantenerla en un plano estrictamente narrativo. Esta semana he presenciado dos ejemplos de estos modelos válidos que les comento.

El primero fue algo más surrealista que el segundo, así que empezaré por el final. Un enfermo recibió la visita de un amigo en su convalecencia. La indiscreción de las cortinas que separan a quienes comparten habitación en los hospitales me permitió escuchar la conversación con todos y cada uno de sus detalles. Para mi tormento supe los apuros que el señor padeció para poder usar el baño el primer día, incapacitado como estaba por un accidente para valerse correctamente de sus piernas. No escatimó en los pormenores y describió como el mejor de los poetas la escena de marrones y excreciones en el baño compartido para diversión de quien le escuchaba y asentía con una sonrisa de oreja a oreja. En realidad, enfermo y visitante estaban sellando una amistad que durará años. Nada como mostrar las miserias para humanizarnos.

La segunda escena del día, la primera en orden de acontecer, fue menos entrañable. En realidad estaba impregnada de tintes verdaderamente dramáticos. Ocurrió en una oficina, mientras una empleada asfixiada por el papeleo que exige justificar cualquier gasto que se realice con dinero público sucumbió al más bajo de sus instintos. Tras dos meses de entregas y devoluciones de impresos de justificación, de informes y argumentaciones sobre el destino de cada céntimo, exhausta por la duda permanente que se cierne sobre la gestión de lo público imprimió por última vez la documentación y antes de entregarla para su revisión por burócratas y auditores decidió dejar en cada una de las páginas una muestra de su ADN como prueba de la sangre, sudor, lágrimas y mocos que aquel papeleo se había llevado por delante. Lo hizo en presencia de sus compañeros, que asistieron atónitos a la escena y que, como el amigo del enfermo, decidieron convertir en cómica una escena tan dramática como escatológica. Porque nada une más que un buen marrón.

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Publicado el
9 de febrero de 2019 - 16:25 h
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