El cestito

Hace semanas que el cestito está vacío. Ni un sólo mensaje para leer. Cuando lo compraron no pasaba un sólo día sin que alguno de los dos encontrara algún mensaje que leer. Mónica usaba papel blanco; Manuel, sepia. Así podían distinguir los deseos del otro de un sólo vistazo.

De su puño y letras escribían, según acordaron, deseos, fantasías, anhelos dirigidos a su pareja. Las reglas del juego marcaban que el otro podía o no satisfacerlos y nunca recibiría un sólo reproche si decidía obviarlos. Aunque la recompensa era demasiado gratificante para renunciar a ella. Ambos sabían que si convertían el papel del cesto en realidad obtendrían una tarde bajo las sábanas y días de sonrisas, achuchones y complicidad. El paraíso en 60 metros cuadrados.

Pero ahora el cestito sigue ahí vacío. Vuelven juntos de la calle. Mónica abre la puerta. Sabe que Manuel mirará, como ella, de reojo esperando ver un papel blanco o sepia. Al cerrar, el cestito cae de la mesa de la entrada.

Dentro hay un papel azul.

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30 de noviembre de 2013 - 12:24 h
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