Tú ponme muros... que yo me saltaré las vallas.

Cuando conseguí dejar de toser, pude comprobar el horror... Había sido un derrumbe y estaba atrapada. Notaba la sangre fluir de mi nariz, desembocando en mi barbilla. Y en la frente.  Pero mis manos no podían salir de entre los escombros ni para tocarme. Había quedado sentada y un amasijo de hierros y trozos de muro impedían cualquier movimiento. Me estallaba la cabeza, dolor y contusiones por todo mi cuerpo, y lo peor:  no se escuchaba nada... Tan sólo el sonido silbante de fondo de una pesadilla. Observaba por entre los huecos el destrozo y me venían a la mente los pasajes acontecidos como en las películas de las mediums cuando van a las escenas del crimen... Nadie iba a venir. Nadie. Puta manía de tumbarme en los tejados de las casas deshabitadas a escapar del dolor. ¿No querías soledad? Pues ahí llevas.

Llevaba tanto tiempo soñando con matarratas para desaparecer, que casi me alegré. Y si no me encontraban, mejor... Me ahorraba el trabajo de tener que pintarme de verde y tirarme al río, para que luego seguro que me rescataran y quedara marcada para siempre con esa mala suerte que tengo.

Me costaba respirar por la gran nube de polvo producida por la tragedia, y el calor mezclaba la sangre con mi sudor, dejándome un extraño sabor en la boca.

Intenté recordar algo bonito, algo que me hiciese más dulce la muerte, convencida de que acabaría ahí mis días... y sólo veía flores. Campos de margaritas, campos de amapolas... y a mí tumbada en la misma posición en que me encontraba en aquel tejado ruinoso en el momento en que aquello empezó a resquebrajarse. Cuando cerré los ojos, me dejé llevar y abandoné. Volví a toser y al abrir los ojos me pareció percibir una voz:

-¿Estás bien?

¿Eing? Era imposible... Llevaba siglos yendo a aquel lugar y nunca vi a nadie. La voz provenía de detrás mío y no podía ni pensar en girar mi cuello porque estaba absolutamente aprisionada y rota...

-Dime que estás bien, dime que estás viva, por favor...

Asombroso. Para una vez que la vida me pone a la dama de la guadaña en el camino sin yo forzarla... y qué casualidad que había un testigo, oye.

-Háblame, por favor... necesito saber que estás ahí. No puedo moverme hacia ti...

-Si te consuela, yo tampoco...-volví a toser- y para tu desgracia nadie nos encontrará.  Aquí no viene ni el Tato. A mí me da igual. Lo siento por ti si es que tienes algo por lo que luchar.

Escuchaba sonidos. Esa voz estaba intentando salir de allí para acudir en mi rescate mientras a mí me importaba todo un carajo. Ya nada me dolía. Mi cuerpo se había acostumbrado a la presión de las piedras y las heridas eran tantas... Si supiera que a mí me dolía más el alma.

-Voy a sacarte de ahí. Tranquila que voy a sacarte de ahí...- su voz era bonita, aunque le salían gallos de repente. Como un Fraguel. Lo que me hizo sonreír. Quise hacerle ese apunte, pero entendí que no era el momento. Que mi capacidad de reír ante las adversidades es un don que no cualquiera entiende.

-No quiero que me saques de aquí, hazme caso. Intenta salvarte tú....

-No digas eso... te lo debo...

-El favor más grande que me puedes hacer es dejarme en paz, así que, por favor...

El aire se hizo mudo....

-Yo también vengo aquí cuando quiero huir de mis problemas, ¿sabes?. Y te observo escondido entre la broza desde hace tantísimo tiempo... Te observo ahí llorar en silencio tumbada en tu tejado,  fumando como si no hubiese un mañana... sin entender cómo puedes permitirte sufrir tanto mientras yo haría lo que fuese por dar un poco de alegría a tu corazón. Mirarte me hace olvidar lo mío, me evade.

Me estaba haciendo meditar y yo no quería. Llevaba media vida buscando hombres que tan sólo hablaban el idioma que yo conocía a la perfección. El de los gritos, el de las humillaciones... Llevaba media vida estrujando mis relaciones a ver si sacaba un poco de amor. Y sin ver más allá de mis paredes.  Y sin notar lo que mi entorno tenía clarísimo. Agotando cartuchos para comprobar que no, que el amor que necesitaba no lo iba a recibir. Y no porque no me quisieran, sino porque quizás no sabían ellos tampoco. Porque cada vez que lloraba y no conmovía, únicamente pensaba en cuántas veces ellos habrían llorado sin haber estremecido ningún corazón... y la tristeza me llevaba a la compasión. La otra media vida que me quedaba la había caminado lamentándome a escondidas oculta allí, en mi tejado secreto.

Me invadió el pánico.  Me di pena. Por un instante necesité su protección.

- No puedo respirar... -susurré con la voz entrecortada por el llanto.

-Tranquila... estoy aquí. Contigo.

Qué paz me subió por las venas. Noté un movimiento tras de mí... era su mano. Su mano intentaba acercarse. Bajé la mirada como pude. La mía estaba inerte. Pero sus dedos ensangrentados se enlazaron a los míos. Y por primera vez, sentí que mis deseos de abandonar tenían dudas. Con qué facilidad pasé de la apatía a la intriga. Tosí, creyendo que mis bronquios estallarían.

-¿Te puedo hacer una pregunta?

La tristeza me impedía contestar.

-¿De verdad no crees en el amor?

Intenté tragar saliva pero tenía la boca seca. Una extraña confianza en él me recorría el cuerpo. El deseo de morir en horas aún acechaba, mas no tenía nada que perder... Quería sacar de mis adentros aún esas palabras.

- Mi vida se impulsa por amor. Por amor he querido vivir,  por amor he ansiado acabar mis días, el amor me ha alentado con la misma intensidad que me ha secado por dentro y quitado la ilusión; por amor he llorado, por amor he muerto, por amor he continuado y el amor ha sido mi meta. No soy persona de un solo amor, no voy a engañarte. Me he enamorado cientos de veces. Miles. Incluso un amor de una noche ha sido AMOR. Pero ya estoy cansada... La responsabilidad de lo que me ocurre es mía. Y nada va a cambiar ya... Así que no sigas por ese camino, te lo advierto...

-Tú ponme muros, que yo me saltaré las vallas...- y apretó mis dedos con solidez.

Llevábamos apenas un rato hablando y súbitamente sentí  algo.  Me sentí ...¿querida?. Sentí que llevaba toda la vida amando a esa voz. ¿Seré pava? ¿no vas a dejar ni una situación absurda en tu vida sin hueco para sentir?

Mi muerte iba a ser más hermosa de lo que nunca hubiera sospechado. Ni cuchillas, ni pastillas, ni venenos, ni preludios de tormento en soledad odiándome ni destruyéndome creyéndome la reina de lo prescindible. Iba a cerrar los ojos para siempre escuchando aquella voz que me quería cuidar. A mí.

-Vamos a salir de aquí... "mematen".

"MEMATEN", ay qué risa me dió. Tanta que se me abrieron de nuevo las heridas de mis labios resecos . Si había conseguido hacerme reír ...era suya para siempre. No puedo ser más fácil, no.

Me descubrió una nueva meta. Porque mi deseo de vivir, desde que tengo conciencia de existir, tan sólo se alimentaba de pequeñas metas. Y entre una y otra, deseos de desaparecer. Y ahora mi corazón acababa de despertar y quería vivir sin saber ni cómo empezar. A partir de ese instante amaba todo lo que se acercara a él. Daba igual que fuese gordo, enanillo, calvo, viejo, pelirrojo...  Total, mi vida llevaba amarrada a las espaldas un amplio muestrario de pesos, tamaños y edades. Amaba esa voz y lo que arrastrase consigo. La risa era mi termómetro del amor.

-¿Cómo te encuentras?

-Mal, enferma...

-¿qué te duele exactamente?

-No quisiera morir ...sin sentir un beso... tuyo.

Toda la fuerza guardada la saqué no sé ni de dónde... Y él.  Y probamos a empujar con las piernas todo lo  que nos tenía apresados y nos impedía tocarnos. Volvió la nube de polvo y con ella mi tos. Estaba escupiendo sangre. Vigas y pedruscos caían a nuestro alrededor destrozándonos a golpes más si cabe... Estaba anocheciendo, no sabía cuánto más aguantaría mi cuerpo. Y necesitaba ese beso.  No pedía más.  SU BESO. El resto me daba igual. Morir después de un momento tan bonito para yacer dejando un bonito cadáver con una gran sonrisa dibujada en mi rostro era mi siguiente minúscula meta.

El fragor de un nuevo derrumbe me hizo perder casi la consciencia. Mis pulmones debían estar desbordados de tierra. No veía nada, atrapada en esa cueva de cascotes, pero había espacio;   ahora sí podía moverme.  Y sentirlo apretarme con sus brazos, sollozando en mi cuello. Y yo con él.

Y así transcurrieron los siguientes minutos, nutriéndome de su calor. Y ese pensamiento de niñata que no me abandona jamás, me dictaba una especie de promesa dirigida al universo: si salgo de ésta juro que tan sólo buscaré hombres que se parezcan a él. Sea como sea, te aguantas. Nada más que estaré con hombres como él.

Y... entonces... ese bombón moreno emergió de mi cuello y clavó sus ojos en  los míos... "Te como esos dientes de chino mandarín que tienes" ... fue lo único que mi aliento alcanzó a susurrar antes de volver a abrazarlo y a besarlo con todo el amor que me quedaba. Una mixtura de pesar y excitación rodeó el metro cuadrado en que nos hallábamos.  Qué mejor manera de comunicarnos que aquella... lamiéndonos las heridas, alimentándonos de la piel que asomaba de nuestros propios jirones... Devoré con ternura aquella voz mientras me penetraba descubriendo cuántos momentos bonitos aún mi cuerpo era capaz de resistir.  Que no me quería perder. Quizás me tocaba ya disfrutar del amor sintiéndome correspondida. Algo nacía en mí, algo iba a comenzar.  Aunque a mi cuerpo apenas le quedaba vida, aquello perduraría siempre....

Mordí con delicadeza su cara, sus hombros, su cuello... todo lo que me permitía aquel espacio insignificante pero suficiente. Acaricié sus manos con gratitud por tanto placer infinito que brindaban por entre mis piernas. Rocé su rostro con esa sensualidad que me fluía desde que se zambulló en mí, encelada y ardiendo... Y llorando... y riendo... y amando. No quería que saliese de mí. No quería. Estrujarlo entre mis brazos era lo mejor que me había pasado en años.

-Nadie va a venir... -volvió mi tos y con ella mis miedos.

-Quiero quedarme así para siempre... unido a ti... Sólo quiero respirarte a ti.  Comerte a ti. Besarte a ti...

-Ésto se acaba...

-Tú ponme muros... que yo me saltaré las vallas.

...Y de nuevo un estrépito y aquellas murallas cayendo sobre nosotros, invirtiendo nuestras últimas fuerzas en permanecer abrazados,  ensamblados nuestros cuerpos, soldados nuestros labios...  Encerrados en un nimbo de polvareda y destrozo, no había dolor, tan sólo amor...

Y silencio.

Mucho silencio.

Silencio infinito.

- ¿Estamos vivos?

-O muertos... Pero estamos juntos, pequeña...

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8 de junio de 2013 - 07:39 h