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Una como las de antes

Luis García

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Un detective privado de los de antes es alguien de gabardina larga, modales cortos, respuestas rápidas y tragos lentos. Es alguien que espera en una oscura oficina hasta que llegue un cliente a distraerlo de sus ocupaciones  preferidas: beber y fumar con los pies en una mesa mientras mira el vuelo de una mosca y se lamenta de su perra vida. Un detective privado de los de antes es un tipo que no cobra más de diez dólares al día (gastos aparte, claro está), los cuales le obligan a recibir por su cliente las más grotescas palizas. Hay algo, en cambio, a lo que un buen detective, uno de los de antes, no está obligado, y es a darle la razón a su cliente. Un detective de los de antes es, al fin, un saco lleno de cinismo siempre dispuesto a saltarse una de las reglas de oro de la profesión: no enredarse entre las faldas de quien le paga.

Rigby Reardon es un detective de los de antes, amigo de Phillip Marlowe, capaz de recibir hasta tres balazos en el mismo hombro, que sigue una pista con el mismo tesón que a una rubia de pelo largo y que se cuela, como Marlowe en El sueño eterno, por una mujer pasablemente parecida a Lauren Bacall, Juliet Forrest, la hija de un fabricante de quesos y víctima de un asunto que no acaba de oler bien.

Éstas son las figuras de Cliente muerto no paga, el detective Reardon, un hombre tan agudo como la bola de cristal de una adivinadora, y Julie Forrest, la mujer que no entra nunca por otra puerta que la de los sueños, y la que habrá de succionarle tres veces el hombro para sacarle las balas. Pero lo verdaderamente importante de esta película no son sus figuras, sino sus fondos. Al fondo de Cliente muerto no paga está prácticamente todo el cine negro, o tirando a  negro, que se ha hecho. En un alarde de imaginación, el director de esta película, Carl Reiner, filmó los planos de sus personajes y utilizó (en montaje) los contraplanos de los de otras películas míticas de la historia del cine. De tal manera que el que le mete a Reardon la primera bala en el hombro es Alan Ladd; a quien besa Fred MacMurray en aquella escena de Perdición no es a Barbara Stanwyck, sino a Reardon disfrazado de rubia…, y el contraplano genial del detective con peluca haciendo ascos. Humphrey Bogart, Cary Grant, Ingrid Bergman, Verónica Lake, Lara Turner, James Cagney, Kirk Douglas, Vicent Price…, todos colaboran mediante diálogos y escenas míticas a componer el puzle que es ésta.

Cliente muerto no paga se estrenó en 1982 y la posibilidad de verla en las cada vez menos pequeñas pantallas es algo que nadie debería desperdiciar. Es una película muy especial por varios motivos. He aquí un puñado: la sonrisa de Ingrid Bergman con el traje estampado de Encadenados; el vaivén en negro de Ava Gardner en Forajidos; la postura de Humphrey Bogart apoyado en el quicio de una puerta que no es la del despacho de Reardon; Cary Grant y la sospecha de que no es Sospecha; Verónica Lake y la certeza de que, al lado de Steve Martin, parece más bajita que al lado de Alan Ladd; el detalle de que al disfrazar a Rigby Reardon de Barbara Stanwyck en Perdición se haya eludido algo tan crucial como el colocarle una cadenilla de oro en el tobillo; la surrealista  conversación telefónica entre Joan Crawford y el detective, que termina con una frase de Groucho Marx, “sí, ven a buscarme dentro de doce años”… y también porque viene a hacer verdadera aquella frase que alguien dijo alguna vez: Steve Martin, a pesar de todo, es un gran actor.

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