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Julián Sobrino, experto en Patrimonio Industrial: “Sin el mundo rural, las ciudades no pueden vivir”

Entrevista a Julián Sobrino, experto en Patrimonio Industrial

Da en la diana Julián Sobrino (Ciudad Real, 1956) cuando dice que a un albañil no tiene por qué interesarle la historia de Roma y, sin embargo, su oficio, aquello que hace y que condiciona su vida, está estrechamente vinculado con lo que hicieron en esta tierra los primeros moradores romanos. Viene a decir este experto en Patrimonio Industrial que, de alguna manera, somos la versión dorada de una versión beta. La piedra que picamos ya fue picada por otros.

Porque la primera línea roja del patrimonio industrial, según Sobrino, es que lo industrial va más allá de la fábrica y los obreros. Lo industrial es todo aquello que ayuda a construir comunidad, pueblo, ciudad. En ese sentido, Córdoba ha sido una potencia industrial durante siglos, con momentos en los que ha sido directamente una superpotencia. Desgraciadamente, también ha sido Córdoba, como la gran mayoría de España, una ciudad desarticulada y desprovista de estímulos. Aquí, en el valle del Guadalquivir, un río fértil como el Nilo, ya sólo crecen olivos.

Charlar con Sobrino es asumir que se han dado los pasos equivocados y que, aunque uno quiera desandarlos, la inercia continuista nos impide girarnos y. volver a repensarnos. Este doctor en Historia del Arte y profesor titular (jubilado) de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Sevilla va a pasar una temporada radiografiando varias historias de varias Córdobas en un proyecto que ha nacido empujado por la Asociación en Defensa del Patrimonio Industrial de Córdoba, y cuyas conclusiones, espera este experto, no acaben guardadas en el mismo cajón donde se enterraron aquellos sueños de reindustrialización que tuvimos hace año y medio, cuando la pandemia nos mostró la fragilidad de nuestro tejido productivo.

PREGUNTA. Lo primero de todo es preguntar cómo acaba un ciudadrealeño estudiando el paisaje industrial cordobés y andaluz.

RESPUESTA. Bueno, mi profesión es la de historiador del arte. Y a mí me educaron en la magia. Es decir, ante nuestros ojos aparecían las obras de arquitectura, lo que hoy día llamamos monumentos, casi por arte de birlibirloque. Es decir, sabíamos muchísimo de estética, de tipologías, de estilos, pero no teníamos ni idea de cómo se habían hecho las cosas -con qué materiales, con qué herramientas, con qué técnicas y qué sistemas económicos los habían producido-, cuando hoy en día, sabemos que eso es fundamental. 

P. El punto de partida básico. Qué, cómo, cuándo y por qué. Es casi periodismo. 

R. Sí, pero resulta que yo, como historiador del arte, acabé dando clase de formación profesional antes de estar en la universidad. Y sabía que existían, claro, pero allí descubrí a los fontaneros, a los electricistas, a los mecánicos, a los delineantes, a los albañiles… Descubrí el mundo de los oficios que empezaron a formar parte de mi vida como profesor. Y, en un momento determinado, yo me di cuenta de que la historia de Roma les interesaba más bien poco. Así que les propuse participar en una campaña, en el año 1985, que se llamaba Campaña Nacional de Arqueología Científica e Industrial. Ni ellos sabían lo que significaba.

P. Ni yo tampoco.

R. Ni ellos tampoco habían oído hablar de la arqueología industrial, ni yo tampoco. Pero nos embarcamos en esa aventura. ¿Qué significó? Pues que tuve que documentarme para asesorar al equipo que estaba trabajando en relación al tema que habíamos escogido, que era un torno de hilar vertical del siglo XVI, que era propiedad de la familia de uno de mis alumnos. Tuve que empezar a estudiar la industria textil desde su origen, especialmente desde la Edad Media y el Renacimiento. Obtuvimos el primer premio nacional y, a partir de ese momento, fue como San Pablo, me caí del caballo. 

Pensé: Madre mía lo que me estoy perdiendo. O sea, me estoy perdiendo la mitad de la boda. Porque la mitad de la boda era precisamente la historia técnica, la historia de la ingeniería, la historia social y la historia económica, no solamente de ese objeto que estudiábamos, sino de mi país. A partir de es momento, empecé a entender mucho mejor la historia de España y a comprender mucho mejor por qué los españoles somos así.

Las ciudades tienen que volverse a repensar

P. Ahora te voy a pedir un par de titulares sobre eso, pero antes, como estamos en este momento iniciático, me llama la atención la misma idea: arte e industria que son dos conceptos, a priori, enfrentados. Pero, con el tiempo, uno se da cuenta de que no solo no hay enfrentamiento, sino que lo industrial tiene un peso hegemónico en la estética del arte hoy día.

R. Totalmente. 

P. ¿Lo industrial se estudiaba desde un punto de vista estético cuando tú te formaste? 

R. Pues prácticamente lo industrial no aparecía en los estudios de Historia del Arte. Está claro que, en el estudio, en el análisis de las vanguardias históricas del primer tercio del siglo XX, cuando estudiábamos las corrientes aparecían, como el constructivismo ruso, el futurismo italiano o el movimiento De Stilj en Holanda, sabíamos que la máquina era central. Como en la obra del gran arquitecto Le Corbussier, el que decía “la casa es una máquina para habitar”. Así que está claro que la máquina, y sobre todo la segunda revolución industrial -los grandes aeroplanos, los primeros automóviles- se convierten en la protomitología de la civilización actual. Y Marinetti, el que redacta el Manifiesto Futurista se hacía una pregunta: ¿Qué es más hermoso, el motor de un coche de carreras o La victoria alada de Samotracia? Bueno, esa es la pregunta que me estás haciendo. 

P. Más o menos, sí.

R. Pues hay en la actualidad en Roma un lugar donde se puede dar respuesta a la pregunta de Marinetti. Ese lugar se llama Central Térmica de Montemartini. En esa central térmica en desuso, en un momento determinado, se llevó allí parte del depósito de las colecciones vaticanas, de modo que, junto a las calderas, junto a las dinamos, junto a los generadores, están obras de la antigüedad clásica, tanto romana como griega, y te puedes hacer la pregunta allí directamente. ¿Qué es más bello, un motor o una escultura antigua? Ahí está la pregunta y la respuesta, que tu también la dabas al principio: porque el arte es una técnica y la técnica es un arte.

P. Así es. Además estamos en Córdoba, donde hubo un grupo de artistas y diseñadores que, en una España muy sombría, entendieron que lo industrial tenía cabida en el mundo del arte. Hablo por supuesto de Equipo 57.

R. Realmente, es una pérdida extraordinaria que ahora mismo no haya ningún lugar en Andalucía donde podamos ver la obra de Equipo 57, salvo, en alguna exposición monográfica de carácter temporal. Es inconcebible que Andalucía no tenga un museo de arte contemporáneo.

P. Bueno, sí que lo tiene, ¿no?

R. El Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) de Sevilla no es un museo; es un lugar que organiza exposiciones y que atesora una importante colección que no pueden disfrutar ni los andaluces ni el resto de los visitantes. 

P. Pues entonces, del C3A ni hablamos.

R. Es que la modernidad se nos hurta. Es que en Andalucía hubo arquitectos, diseñadores, pintores o publicistas maravillosos. Si uno va a Jerez de la Frontera y pasa a González Byass, por ejemplo, a las bodegas, o va a Domecq… Todo el aparato publicitario y gráfico que se desarrolla en torno a los vinos del marco de Jerez es de una calidad extraordinaria.

P. Es una estética súper reconocible, además.

R. Y muy moderna, al mismo tiempo. Y, de alguna manera, puede convivir con lo que hace EE.UU. y los americanos con la publicidad de carretera. Es decir, ellos tienen muy claro quién es el cliente, quién es el consumidor y se dirigen directamente a esos lugares. Aquí en Córdoba tenemos un ejemplo de arquitectura publicitaria magnífica que fue el antiguo edificio de Cervezas El Águila, que estaba en la carretera nacional. La gente pasaba por ahí y pensaba: ¡Qué gran fábrica de cerveza hay en Córdoba!

Cultura también es la física, las matemáticas, la química y la biología

P. Eso que has dicho del museo Equipo 57 es una cosa que llevo yo peleando modestamente desde hace un buen tiempo.

R. Este país tiene muy mala suerte.

P. Alguno diría que tiene lo que se merece.

R. Claro, me refiero a esa mala suerte. Tenemos unos gobernantes con un nivel de ignorancia y de incapacidad de gestión… A mí me pasa lo que al replicante de Blade Runner: “He visto cosas que vosotros no creeríais”. Es un problema de percepción.

P. ¿Ah sí? 

R. Vivimos en el Mediterráneo. Hay dos grandes áreas geoculturales en Europa que, de alguna manera, se corresponden también con lo religioso: el mundo protestante/el mundo católico. Y, al mismo tiempo, el mundo anglosajón y el mundo latino-mediterráneo conforman dos maneras de ver el mundo y de entender el patrimonio. Por ejemplo, ¿por qué Shakespeare sigue produciendo contemporaneidad y Cervantes no? Siendo los dos hitos y cánones literarios. Tú ves a Shakespeare en el cine, en el teatro, revisitaciones… 

P. De hecho, en unas semanas se estrena una nueva versión de Macbeth dirigida por los Hermanos Coen y con Denzel Washington. 

R. ¿Ah sí? Madre mía. Pues eso digo.

P. No recuerdo la última vez que vi una obra de Cervantes.

R. Porque tenemos una visión muy cerrada de la historia y el patrimonio. Somos muy reverenciales, muy rituales… Todo tiene que ser como fue y todo tiene que ser como nos han dicho que fue. Y el patrimonio es algo que está cambiando constantemente sin perder su vitalidad y su raíz. West Side story es Shakespeare en estado puro. Y es maravillosa. ¿Por qué no podemos encontrar eso en Cervantes? 

P. Solo sabemos recrear una y otra vez El Quijote.

R. ¿Por qué la Mezquita, siendo tan importante, no puede inspirar, no de una manera replicante o mimética, sino a través del estudio perfecto de su ecosistema arquitectónico en relación con lo que hoy en día llamaríamos arquitectura sostenible? Es decir, mediciones de la temperatura, del grado de absorción de las cubiertas, de la luz y cómo funciona a lo largo del día… Es decir, como, de alguna manera, comentó en su momento el primer ministro británico, Harold MacMillan, que dijo: “Hay quien ve el pasado como un sofá, yo lo veo como un trampolín”. Esa es mi visión, el pasado es un trampolín y Córdoba tiene muchos trampolines. Los molinos, el río, la Letro, la Mezquita, Medina Azahara… No solamente el pasado es lugar de contemplación y lugar de ocio. 

P. De hecho, en esta ciudad, muchas veces, el Patrimonio es una losa que tapa muchas veces la posibilidad de salir de lo canónico.

R. Pero qué enseñanza esa, ¿no? Hoy le he estado comentando a Ricardo de la Llave, que he ido a verlo y a presentarle el proyecto para que se implique y forme parte de la asesoría, y le decía: Imagínate que la Mezquita, en vez de explicártela como te la explican, hacemos una deconstrucción -perdón por el palabro-. Y hacemos que de la Mezquita, en función de sus materiales y sus técnicas, es decir de la sabiduría Mezquita, salgan líneas y vamos conectando los materiales con los lugares y los espacios donde estaban los oficios. Y, en lugar de dirigirnos hacia la Mezquita, salimos de la Mezquita y nos dirigimos hacia la ciudad y la conectamos con la Córdoba que dio origen a la Mezquita en su dilatado proceso de construcción. Bueno, esto daría lugar a un mapa de la Córdoba musulmana de aquellos momentos extraordinario, pero un mapa de la gente, de los oficios, de los caminos, de las circulaciones y los procedimientos. Porque la Mezquita es eso: la cristalización de una cultura técnica determinada que la simboliza en un edificio religioso. Así que tendríamos una Córdoba diferente.

P. Hay tarea.

R. Sí. Pero Andalucía es una región innovadora. Eso hay que repetirlo. Y Córdoba también lo es. Lo que ocurre es que, cuando contamos Andalucía, nos basamos en el estereotipo de los que nos visitaron, en cómo nos veían los que nos visitaron. Pero, los que nos visitaron en el siglo XVIII, y especialmente los viajeros románticos del siglo XIX, nos veían como ellos nos querían ver. 

P. Eso sigue ocurriendo.

R. Efectivamente, ocurre todavía ahora con el turismo. ¿El turismo es capaz de captar la esencia de las ciudades? No. Va a los lugares que ya están prefigurados y forman parte de los itinerarios. 

Uno va a buscar trabajo y ni el conocimiento ni el título de la universidad son garantía de nada

P. Igual que cuando venían los viajeros románticos a hacerse la foto en Córdoba como si fuera la puerta de Oriente.

R. Claro, eran las referencias que les daban sus amigos y, de alguna manera, venían a comprobar el Oriente domesticado. Porque, Andalucía, desde su punto de vista, era un Oriente domesticado. O doméstico, también podría ser. Porque claro, Andalucía era un Oriente que no era peligroso. Lo peligroso realmente era ir al Oriente de verdad, viajar desde Berlín a Rusia, atravesar los Urales y las estepas, o viajar a Mongolia. En Andalucía, a fin de cuentas, había menús, había posadas, había diligencias y había policías.

P. Me resultó muy llamativo que el otro día, al hablar de patrimonio industrial, te retrotraíste mucho en el tiempo. Cuando uno habla de la industria, no sólo habla de la fábrica que humea, sino que se puede hablar de un periodo tan desconocido como es la esclavitud en Córdoba.

R. Claro. Si ahora se le pregunta a la gente cuáles eran los oficios de la mujer en la Córdoba romana, pues no sé si son capaces de decir alguno. Dirán que era madre, que estaba en la cocina… Pero había oficios que desempeñaban las mujeres. Y que dependían de si eran libres o esclavas, de si era un liberta o una patricia. Por ejemplo, había mujeres que regentaban negocios, que estaban en las tabernae, que eran los comercios de entonces; mujeres que hacían cerámica; que participaban en el desarrollo de la industria de la construcción en las ladrilleras de entonces; en actividades relacionadas con la medicina, especialmente en las relacionadas con el parto y la atención ginecológica de la mujer; también tenían mucho que ver con los cuidados de belleza, la cosmética, el ornato y el maquilaje; pero también las encontramos en el mundo textil, en el tejido, los tintes, la confección de prendas... Es decir, que la mujer no estaba fuera de lo que eran los oficios tradicionales. Bueno, pues todo este análisis diacrónico que hacemos en relación con la industria de Córdoba nos va a servir para iluminar esos grandes vacíos que hay en torno a personas o colectivos a lo largo de e la historia, y que va a lograr algo parecido a lo que decía el sociólogo Ricard Sennett en su libro sobre el East Village de Nueva York: ver a Córdoba hecha de carne y de piedra.

P. Y además, Córdoba te da ese juego, ¿no? Pocas ciudades hay que hayan brillado con tanto esplendor en épocas tan distintas.

R. Es que llegó a tener un millón de habitantes en la época califal. Bibliotecas, baños… O sea, era la cosmópolis de entonces, con viajeros y gente que venía de distintos lugares. Un lugar de encuentro, un lugar de conflictos también. Es decir, no hay que entender la historia como un espacio donde sólo se producen actitudes positivas. Porque, cuando se habla de la Córdoba de las tres culturas y se propone como paradigma, ojo, tampoco podemos caer en la idea de que las tres culturas tenían las mismas herramientas o los mismos dispositivos de poder en la vida pública de Córdoba. Eso es una ficción que no se corresponde con los equilibrios de poder que había en cada momento entre religiones, culturas, etnias y clases económicas. Que fueron y siguen siendo, como siempre, conflictivos y dependientes de la tolerancia. Pero, claro, aquello no era el país de las mil maravillas. 

P. Es que aplicar, desde el presentismo, la idea de igualdad a aquella época es un error, tanto para lo malo como para lo bueno.

R. Claro. Es como el debate de cuál es la primera Córdoba. Nunca hubo una primera Córdoba. Es como el debate del primer humano. Nunca hubo un primer humano. El buscar un origen concreto en un momento determinado. 

P. Pero haber, hay un origen.

R. Yo, cuando viajo de vuelta a Sevilla, me gusta volverme por la antigua carretera que va por la orilla derecha desde Peñaflor hasta Sevilla y que por la noche es espectacular, porque es una constante y continua vía láctea, llena de pequeñas estrellas en torno al Guadalquivir que se iluminan por la noche. El valle del Guadalquivir, ese río industrial, que desgraciadamente no ha podido ser un río navegable entre Córdoba, Sevilla y Sanlúcar de Barrameda. Realmente el debate en torno a la primera Córdoba está ahí. Aquí habían distintas poblaciones, distintos asentamientos, y en función de los descubrimientos arqueológicos nos dan una datación un poco más antigua o un poco más moderna. Pero convivieron distintos asentamientos en una época un tanto dilatada e importante, que evidencia que Córdoba está formada a partir de distintos núcleos. No hay uno exclusivamente que digamos: éste es el origen de Córdoba.

No podemos consentir tener una generación de jóvenes perdida

P. Y más allá de lo que siempre fue Córdoba, una despensa de imperios, ¿en qué destacaba Córdoba a nivel industrial o preindustrial?

R. Desde luego en todo lo relacionado con la industria de la construcción. Es decir, llegar a tener una ciudad de un millón de habitantes no se consigue por arte magia, como dicen que se construyó el acueducto de Segovia, eso de que lo construyó el diablo en una noche. Córdoba no se construyó en una noche. Así que yo resaltaría todos los oficios relacionados con la construcción en todas sus facetas. Hoy en día, la industria de la construcción tiene mucha potencia y mucha subsidiaridad, donde, a parte de los materiales típicos de cimentación, estructuras, cubierta e interiores, está el mundo del mobiliario, la decoración, el equipamiento, la vajillas… Es decir, dar cobijo a un millón de habitantes requiere un taller que esté fabricando constantemente y reponiendo constantemente. Y, a partir de él se constituyen pequeños talleres familiares, hasta los barrios gremiales, que fabrican a escala mucho mayor. Luego, por tanto, ese sería uno de los núcleos importantes y que además ha generado, desde el punto de vista estético, maravillas como los trabajos en madera de taracea, los trabajos en cuero o los trabajos en joyería. Todo esto formaba parte del ajuar personal de cada uno de aquellos habitantes en función de su clase social.

En segundo lugar, el mundo agropecuario. El mundo de la agricultura y la ganadería y su relación con un río rico, en el cual se pescaba y servía de canal de distribución en torno a las poblaciones cercanas y también hasta Sevilla. Pero, esa gran despensa del valle medio del Guadalquivir, conformada por las terrazas, por los cerros y por las llanuras aluviales que hay en torno a los meandros del Guadalquivir, tenían una riqueza y una productividad extraordinaria. Tanto de productos de regadío, con un sistema de irrigación muy sofisticado, especialmente de manera intensiva a partir de la época islámica -que son quienes lo desarrollan-, aunque también antes. Y luego, el mundo del secano, el mundo de la campiña, que se va dirigiendo hacia el sur, y que proporciona los cereales, las leguminosas. Este sería el segundo gran núcleo.

Y, si tuviéramos que identificar otro núcleo, serían los servicios. Córdoba ha sido siempre, en la época romana y en la época islámica, capital administrativa. Es decir, aquí se producía poder. Y había, por tanto, juristas, personal especializado, técnicos, los primeros abogados… Y toda una serie de funciones, que hoy día llamamos trabajos liberales, como son la medicina, las matemáticas, la astronomía, etcétera, etcétera, que conforman una Córdoba no muy distinta a la Córdoba de ahora, con la distancia del tiempo. 

P. Claro, con la diferencia de que entonces era una potencia preindustrial y ahora, de eso sólo queda un dominio, acaso, en el mundo de la joyería.

R. Pero eso es un problema andaluz y español. Desde los años 80, España sufre un mal llamado proceso de reconversión industrial que, en realidad, fue un proceso de desmantelamiento industrial. España se ha ido convirtiendo en un país terciario donde el sector secundario cada vez tiene menor importancia desde el punto de vista del PIB nacional, como del PIB regional o el PIB cordobés. Eso empieza a ser ya una marginalidad en las ciudades importantes, donde los servicios, el turismo empieza a absorberlo todo. Es una grandísima equivocación. Ahora mismo, Macron, estemos o no estemos de acuerdo con él, va a llevar a cabo un proceso de reindustrialzación en Francia donde el primer aporte es de 35.000 millones de euros. En la capital económica de Brasil, que es Sao Paulo, yo he oído al presidente de la Confederación de Empresarios decir que hay que reindustrializar Sao Paulo porque el Pacífico nos está comiendo el terreno. Entonces, algo que en Alemania, Francia y el norte de Italia tienen claro, ¿por qué no tenemos claro que hay que reindustrializar España con un 35 o un 40% de desempleo juvenil?

P. Y fíjese que, con esto de la pandemia, se llegaron a oír los cantos de sirena de la reindustrialización, que duraron menos que los aplausos a los sanitarios. 

R. Claro. Ese es el error. Y tenemos una piedra de toque en cuando se piensa en reaprovechar el patrimonio industrial. Para las fábricas que quedan abandonadas en Andalucía su principal destino son centros culturales, artísticos o educativos. Algún centro de servicios municipales… Pero, las fábricas que cierran, deberían ser fábricas de nuevo. ¿En qué sentido? En el que hay una disociación extraordinaria en España entre lo científico-técnico y lo humanístico-artístico. Y esa fractura es uno de los mayores errores que comete nuestro país. Hay que unificar de nuevo y sobre todo explicarle a la gente que, lo mismo que cultura es pintura, música, escultura, la danza y las artes, cultura también es la física, las matemáticas, la química y la biología. Es decir, tenemos que llegar a una conciliación de esos dos ámbitos que se han separado, y volverlos a unificar en una teoría que Edward Wilson, creador del término biodiversidad, denominó como “consiliencia”. La consiliencia es volver a unificar esos dos ámbitos que se han ido separando. Y ahí es donde tenemos que trabajar. 

Estamos desechando infraestructuras que costaron esfuerzo, trabajo y dinero pensando únicamente en el turismo verde

P. ¿Evitando repetir qué errores?

R. Pues por ejemplo en Sevilla tenemos la fábrica de artillería. 22.000 metros cuadrados de fábrica de artillería no sólo deben servir para hacer un Centro Cultural Matadero 2. Que es muy interesante, pero que va dirigido a las élites burguesas, para que vean un poco de danza, un poquito de cine, un poquito de música…

P. Estamos repitiendo modelos que no necesariamente responden a lo que demanda la ciudad, sino a una idea de éxito que no tiene por qué ser replicable.

R. Es lo que llamamos efecto Guggenheim. Llegó un momento en que todos los alcaldes querían un Guggenheim, de cómo aquel museo convirtió a Bilbao en una ciudad de servicios. Lo curioso es que incluso Frank Gehry dijo cuando le llamaron para el aniversario de los 20 años: “Reconozco que Bilbao ya no me gusta”. Porque había perdido lo que era Bilbao. 

P. Bueno, eso es también el efecto Guggenheim.

R. Es un problema muy común. Las ciudades tienen que volverse a repensar. El silo de aquí, el silo de cereales de Córdoba, debería convertirse en un espacio de producción e investigación agroalimentaria relacionada con el valle medio del Guadalquivir. Es muy interesante como depósito de arqueología, y yo podría proyectar allí ahora mismo con lo que tiene un almacén de tiempo, pero a mí lo que me gustaría es que se convirtiera en un dispositivo para reubicar los aspectos relacionados con la innovación. Y, en este sentido, sabemos de la importancia de la Facultad de Veterinaria en Córdoba, sabemos que Córdoba es puntera en investigaciones que tienen que ver con la bioagricultua. Bueno, pues ese sería un dispositivo perfecto para unificar los distintos grupos de investigación y las distintas líneas con gente joven que sacase proyectos pioneros hacia adelante. Pero claro, tienes que dar un paso y ponerte, no a hacer pasado, sino a hacer futuro. 

P. Entiendo que usted no se creyó lo de la posibilidad de la reindustrialización. 

R. No. No me lo creí porque no es cierto.

P. ¿En ningún sitio de España?

R. Andalucía tiene en el valle del Guadalquivir unas posibilidades enormes. De los tres mejores algodones del mundo, podemos hablar del valle del Indo, del valle del Nilo y del valle del Guadalquivir. ¿Cómo es posible que Andalucía haya desmantelado las dos grandes fábricas que tenían relación con la confección, el tejido y el hilado, que eran Intelhorce en Málaga e Hytasa en Sevilla? ¿Ahora mismo, el algodón qué hacemos? Lo vendemos fuera y compramos diseño. Ése es el país al que nos aboca realmente la falta de industrialización y de perspectiva en torno a las posibilidades que ofrecen los recursos naturales de Andalucía que son muchísimos.

¿Por qué la tecnología de control de gestión y fabricación de invernaderos del Poniente almeriense se compra en Holanda? Aquí producimos tomates, pero la tecnología para producirlos la compramos fuera. Andalucía tiene un problema y tiene que tener un proceso de reindustrialización. Evidentemente, no de reindustrialización clásica, sino sabiendo que vivimos ya en la cuarta revolución industrial. Que ya no es la revolución de los microchips, que esa fue la tercera, sino una cuarta revolución que es virtual y fundamentalmente de conocimiento. Es una revolución de redes y completamente diferente. Y por eso es por lo que tenemos que apostar, por una revolución de nuevos sectores.

P. ¿Cuáles son esos sectores?

R. Fundamentalmente todo lo que tiene que ver con la biología, todo lo que tiene que ver con el espacio y todo lo que tiene que ver con el territorio.

No me gusta el término España vaciada, prefiero España desarticulada

P. ¿Por dónde empezaría a reindustrializar Andalucía si mañana le llamara Juanma Moreno y le encargara esta tarea?

R. Pues empezaría por donde empezamos todos los científicos, por hacer experimentos. Yo no tengo ninguna varita mágica y ningún científico podría decir que tiene una varita mágica porque entonces no sería un científico, sería un mago. Yo no soy un mago, soy una persona con capacidad de análisis y, además, de análisis comparativo. Porque uno de los problemas de este país es que se hace poca historia comparada. Y no eludo la pregunta: si tuviera que empezar, llevaría a cabo un proyecto para el que tengo hasta el nombre. Se llama Lab-AIDEI, es decir, Laboratorios de Activación e Innovación en Antiguos Espacios Industriales de Andalucía. 

P. Sí que me está contestando, sí.

R. Cogería cuatro experimentos ubicados en los dominios geográficos que tiene Andalucía: en el medio urbano, en el medio litoral, en el medio de sierra y en el medio del valle. Y, en función de las distintas escalas, aprovecharía antiguas instalaciones industriales, que son resiliencia, que son inteligencia en el territorio y que ya no generan más CO2, porque reciclamos los antiguos edificios, y los pondría en experimentación esos lugares. ¿Con qué? Pues haciendo un diagnóstico y viendo cuáles son las fortalezas y potencialidades del sector circundante a ese lugar. Y así pondría en marcha cuatro proyectos de reindustrialización de la cuarta revolución industrial. Y luego, si mediante la observación y la comprobación de resultados, vemos que esos proyectos tienen éxito, empezamos a generalizarlos. Es, sencillamente, el método científico a la hora de llevar a cabo un replanteamiento y la reindustrialización de Andalucía. 

P. ¿Podemos ser algo más específicos?

R. Claro. Te pongo un ejemplo. Hace 15 o 20 años, la Consejería de Obras Públicas de la Junta de Andalucía puso en marcha uno de los inventarios patrimoniales más importantes que se han hecho en el mundo, y desde luego en Europa. Fue el Inventario de Haciendas, Cortijos y Lagares, donde Córdoba tiene un estudio aparte, de la gran investigadora Gema Florido. Y este inventario evidenció que Andalucía tiene un patrimonio excepcional en torno a esas tipologías que ademas son muy diferentes, porque no es lo mismo el mundo de la sierra que el del valle, ni es lo mismo Málaga que Almería o Huelva. De allí salieron aproximadamente unas 4.000 construcciones de interés, de las que, se hizo una selección según la cual quedarían unas 1.400 piezas repartidas por el territorio andaluz. Y esas 1.400 piezas son lo que en los siglos desde el XVI hasta el XVIII se decía de Andalucía, que era uno de los territorios europeos con mejor vertebración territorial de Europa.

¿Por qué? Porque había conexión entre la gran ciudad, la ciudad media, la pequeña ciudad y el espacio rural, a partir de las explotaciones. Ese tejido, ese mundo, que ahora mismo está en abandono o se dedica a bodas, bautizos y comuniones, está formado por lugares excepcionales para llevar a cabo experimentos relacionados por la innovación, y ahí habría unos programas donde impulsar proyectos que llamaríamos Vivir y trabajar o Vivir e investigar o Vivir y comerciar. Es decir, llevaríamos a cabo sistemas híbridos, donde solucionar los problemas de residencia, que es un mal endémico de España, y al mismo tiempo, realizar labores compartidas con investigación, artesanías, nuevas tecnologías o sistemas cooperativos de comercio en una economía que cada vez tiende a ser mucho más horizontal. Yo, si a mí me dieran el poder, pondría en marcha de nuevo la industria en Andalucía. Evidentemente, me estoy viniendo arriba, pero es que me parece una pérdida de recursos lo que ocurre con Andalucía.

Tenemos la posibilidad de que Europa no se convierta en un museo para gente que viene de Oriente

P. Aquí en Córdoba tenemos ejemplos tremendo de patrimonio industrial infrautilizado, como puede ser el Guadiato.

R. El valle del Guadiato es una lástima. Tiene un potencial extraordinario, está comunicado ahora estupendamente con Córdoba y es uno de los entornos naturales más bellos que uno puede encontrarse. Y conectado con Los Pedroches, que tiene este sistema de dehesas mesetario, con esas llanuras altas. Pues ese es un mundo para el que es necesario, no solo el transporte por carretera, sino revitalizar la antiguas líneas de transporte ferroviario. 

P. Algo que hoy parece una utopía.

R. Claro. Ahora mismo, las vías verdes son interesantes, pero antes de plantear vías verdes, yo plantearía si por ahí puede volver a pasar el ferrocarril. Es que estamos desechando infraestructuras que costaron esfuerzo, trabajo y dinero pensando únicamente en el turismo verde.

P. El caso del tren en España es muy paradigmático. Porque ha pasado de ser un eje vertebrador a convertirse en un artículo de lujo para turistas que pueden pagarlo. Es que hoy hay gente que no puede permitirse coger un AVE. 

R. Imagínate cómo eran antes las estaciones en los pueblos y las ciudades. Imagínate cómo era antes el paseo de la estación. El paseo de la estación eran calles y avenidas pensadas desde el punto de vista urbanístico para albergar árboles, lineales, eran bellísimos… Una ordenación increíble. Y la estación causaba un impacto enorme e inmediato a su alrededor, puesto que comenzaba a aparecer todo un conjunto de industrias relacionadas con los talleres, el almacenaje o el comercio. No hay nada más que ver la cantidad de harineras o de silos que hay en torno al sistema ferroviario español. ¿Por qué? Porque, desde el punto de vista logístico, siempre estuvo claro que la vertebración del territorio y la ecuación de economía de costes y relación con la disponibilidad de un transporte cercano era muy clara. 

Lo que hay que preguntarse es por los impactos que tiene el turismo en el medio ambiente

P. Usted, sí es usuario del tren, ¿no?

R. Hoy en día estoy viniendo a Córdoba en tren. Son 45 minutos. Vengo trabajando, vengo pensando o vengo descansando. El tren que cojo, que es el que va a Málaga, va, no semivacío, sino lo siguiente. ¿Cuánta gente va de Sevilla a Málaga en coche y sale a las 7:00 de la mañana? Es decir, hay una infrautilización. Y hace falta también una pedagogía del transporte ferroviario. Y, al mismo tiempo, darnos cuenta que el transporte ferroviario sigue articulando poblaciones y sigue manteniendo el contacto. Por ejemplo, ahora se habla de la conexión Sevilla-Évora-Lisboa en tres horas y media. Todo el suroeste andaluz, Córdoba también está en ese cuadrante, se conectaría con la capital de Portugal. Y, Córdoba, junto con Sevilla, Huelva y Cádiz, es decir la zona suroccidental de Andalucía, sus lugares naturales son África y son Portugal, y lo tenemos desaprovechado. 

P. Yo personalmente creo que el desmantelamiento del tren ha sido una de las cosas que más daño ha hecho a algunas zonas rurales.

R. Sí, cuando se habla de la España vaciada… Bueno, a mí no me gusta el término España vaciada, prefiero España desarticulada. Porque el vaciamiento es un consecuencia de una causa, y la causa es la desarticulación. Es decir, la falta de visión de los políticos para con el mundo rural ha sido enorme. Para la gente, el mundo rural es eso que decía Cortázar, ese sitio donde los pollos andan libres y no están asados. Claro, la gente ve el mundo rural de fin de semana, como un lugar donde hacer paella y un poco de senderismo. Y el mundo rural es una cultura auténtica, una gran cultura. Y sin embargo, todas las políticas españolas están concentradas en las grandes aglomeraciones de la periferia española de costa y los grandes núcleos de interior, formados en torno a las ciudades. Básicamente Zaragoza, Madrid y poco más, un poco Valladolid, Vitoria y, al sur, Sevilla. 

P. Ahora, fíjese, acaba de surgir una fuerza política de este ámbito.

R. Es que el mundo rural ha estado fuera de foco desde hace mucho tiempo en las llamadas políticas de sostenibilidad. Y eso a pesar de que, sin el campo, sin el mundo rural, las ciudades no pueden vivir. 

P. Eso ha sido otro de los mitos de la pandemia, el de que iba a haber un éxodo rural.

R. No lo ha habido porque no hay colegios, no hay médicos, no hay bancos ni cajeros automáticos, no hay servicios… Aunque hoy día hay gente que no necesita todo eso también. Permíteme un desvío: ha habido hace poco un encuentro sobre la universidad del siglo XXI, porque tenemos una universidad, como muchas cosas obsoletas, y ahora mismo la universidad como lugar de validación de conocimiento y como lugar de validación de profesión, pff… Es que, hoy en día, uno va a buscar trabajo, y ni el conocimiento ni el título de la universidad son garantía de nada. Te hablo de esto porque, la descentralización, ahora que se está hablando de esto, me parece estupenda. ¿Por qué tiene que estar todo en Madrid, Sevilla o Barcelona, cuando hay determinadas instituciones que, sin mermar su eficiencia se pueden trasladar a otros lugares y convertirse en dinamizadores de la vida regional o local?

P. Aquí en Andalucía, muy tímidamente, se han dado casos como el del Tribunal Superior de Justicia, que está en Granada. 

R. Y hoy en día, ¿para qué hacemos autovías o tenemos trenes de alta velocidad? Pues para que la gente viaje por ellas. Entonces, si se puede vivir en Córdoba y trabajar en Sevilla, o al revés, perfectamente. Tenemos que cambiar la mentalidad de una manera importante. Porque eso no significa perder arraigo, sino entender el mundo de una manera más abierta y flexible. 

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P. ¿Cuál sería su gran preocupación hoy en día?

R. Desde luego, el segmento entre los 20 y los 30 años. No podemos consentir tener una generación de jóvenes perdida. Y ahora mismo tenemos la oportunidad de evitar que toda una generación se pierda. 

P. Con esa perspectiva, ahí va una pregunta un poco puñetera, de las de susto o muerte: ¿qué hace más daño a largo plazo, una fábrica echando humo o una ciudad de camareros?

R. Bueno, hay una obra de un poeta y anarquista barcelonés de principios del siglo XX, que se llamaba Joan Salvat-Papasseit, titulada Humo de fábrica. Hoy ya sabemos que las fábricas son diferentes. Las fábricas tienen filtros y controles. Y lo que hay que preguntarse es por los impactos que tiene el turismo en el medio ambiente. El transporte, los aviones, la logística, los equipamientos… Hoy día podemos tener fábricas, de hecho las tenemos, que respondan a la cuarta revolución industrial. Realmente, todavía tenemos la posibilidad de que Europa no se convierta en un museo para gente que viene de Oriente.

P. Eso es lo que somos ahora mismo.

R. (Se encoge de hombros)

P. Ahora te vuelves a Sevilla que es el ejemplo claro de la terciarización.

R. Totalmente. Y mira que se lo hemos dicho. Yo ya no puedo decirlo más. Lo que pasa es que no tengo suerte. Mira, he tenido más suerte en Córdoba. Y no soy cordobés, ni soy sevillano, soy de Ciudad Real, vale. Pues no sabes cuántas veces me han dicho: “Usted es que no es de aquí” como una acusación. Yo creo que uno es de donde se implica o de donde trabaja. Y que aquel que quiere un lugar es tan de allí como el que ha nacido allí. Ya es lo que faltaba, que pidiéramos pureza de origen. 

P. Uno es de donde se empadrona, por resumir la peripecia.

R. Pues sí. Pero sobre todo, uno es de donde contribuye a la alegría y el bienestar de los demás. Yo he vivido en Cáceres, en Talavera, en Madrid, ahora vivo en Sevilla. Y fíjate, he estado en México en una ciudad que no te sonará, que se llama Manzanillo, que es el quinto puerto más importante del Pacífico. ¿Te puedes creer que estuve una semana y me contrataron para formar parte del equipo que hizo el plan director del centro histórico de Manzanillo? Yo me hice manzanillense, pero no porque sea una persona camaleónica que se disfraza, no, sino porque me entusiasma la gente, los lugares y ayudar a resolver los problemas. Creo que es para lo que sirvo.

Hay una disociación extraordinaria en España entre lo científico-técnico y lo humanístico-artístico

P. ¿Y dices que en Córdoba has tenido más suerte?

R. Bueno, puedo estar muy contento con este proyecto que tenemos entre manos de documentación del patrimonio de la industria en Córdoba. Porque tanto por la asociación de Patrimonio Industrial de Córdoba, como por mis colegas de universidad, como por el movimiento ciudadano y por la gente que estoy conociendo, es un proyecto que está despertando mucha ilusión y que creemos que va a ser una herramienta fundamental para descubrir las córdobas que viven invisibles en esta ciudad. 

P. Denos un avance, un par de Córdobas invisibles.

R. Bueno, una es esa Córdoba de la que he hablado antes, la Córdoba en femenino, la Córdoba de las mujeres que a lo largo de la historia han vivido bajo un manto de invisibilidad pese a que han desempeñado un papel esencial, al 50%, en la vida cordobesa. Esa no es una Córdoba física, sino una Córdoba general ligada a la mujer. Y, en segundo lugar, la Córdoba de los de abajo, la Córdoba de los dramas sociales, la Córdoba como ese cuadro famoso de Julio Romero de Torres, Conciencia tranquila, en el que se ve el registro de la vivienda de un anarquista. Esa Córdoba que ha sido reivindicativa y ha luchado por los derechos sociales de la población. Entonces, no hablamos de Córdoba como entidad desde el punto de vista urbano, configuradas en torno a barrios, sino en torno a estratos, a capas. Hablamos de Córdoba como un gran pastel de hojaldre que, con distintas capas a lo largo del tiempo, ha ido construyendo la Córdoba actual. Y de esos estratos han ido desapareciendo algunos, otros han sido arrancados y otros han sido prohibidos. Esas Córdobas ocultas son las que, en un primer momento, queremos poner de manifiesto con este proyecto. 

Y una más: la Córdoba científica. Desde el principio, desde el principio, desde la romanización hasta el siglo XX, ha habido una constante importantísima de cordobeses vinculados a la ciencia. A la astronomía, a la física, a la química, a la biología, a la matemática… Y eso es algo que hay que reivindicar, porque esa Córdoba se cuenta de una manera anecdótica. Que si en la época de Al Andalus se inventaron las gafas, que si Fulanito miró los planetas. Y lo cierto es que Ibn Firmás se tiró desde La Arruzafa en el primer artefacto volador que surcó los cielos en occidente, probablemente en el mundo. Eso no es anecdótico, eso forma parte del ADN de esas Córdoba invisibles.

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P. ¿Y el patrimonio industrial cómo está de cuidado en Códoba? 

R. Bueno, si hablamos stricto sensu, hay que decir que Córdoba no vivió una industralización potente. Claro, desde Sánchez Peña y la llegada de los Carbonell, Córdoba no fue una gran ciudad industrial como lo fue, por ejemplo, Málaga. Málaga, en 1880 era la segunda ciudad industrial de España, detrás de Barcelona. El hombre más rico de España vivía en Málaga, que era Manuel Agustín Heredia, y tenía en Málaga sus fundiciones y sus fábricas textiles, e invertía en ferrocarriles. Pero Córdoba no tiene ese modelo y está muy vinculada a lo agrícola y a la minería y la metalurgia. Son los dos grandes sectores que podemos encontrar en los inicios de la industrialización cordobesa. Aunque luego, evidentemente, aquí también hay fábrica de gas para producir electricidad, llegan los ferrocarriles, aparcan los primeros talleres, va a haber fábricas de cerámica… Todo eso conforma un tejido que, aunque no sea de gran intensidad, sí que genera clases, lo que podríamos llamar un primer proletariado, que, influido por las ideas del primer anarquismo, culminará en una famosa manifestación en 1917, que llena las calles de Córdoba. Tengo que decir que yo no tengo todas las claves, es decir que este proyecto nos va a servir a los cordobeses para recomponer este gran puzzle de cómo ha sido el oficio, la artesanía y el trabajo en Córdoba a través de la historia.

P. Pues para terminar, ¿qué has aprendido de este país y de los españoles estudiando su patrimonio industrial?

R. Tengo una idea de España muy diferente. Para mí es muy importante saber que los pinsapos de la Sierra de Grazalema fueron descritos por un botánico francés. Que los franceses no solo venían a Andalucía a buscar ese Oriente doméstico-domesticado, sino que también venían a investigar. Que otro geógrafo francés fue el que trazó el primer mapa científico en el cual se incluía Andalucía. Que, por ejemplo, ingenieros de minas que vivieron en Almería fueron los creadores de la arqueología actual que hay en España, cuando descubren la cultura del Algar, Villaricos… No sé, Andalucía y España, si me haces la pregunta de que qué he aprendido: he aprendido a unificar de nuevo esa gran fractura cultural y formativo que tenemos los españoles entre ciencias y letras.

P. Si te fueras a una isla desierta como Crusoe, qué necesitarías para iniciar la revolución industrial.

R. Pues necesitaría un cuaderno y un lápiz. Con un cuaderno y un lápiz comenzaría a pensar el territorio, a dibujarlo y a tratar de entenderlo. 

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13 de noviembre de 2021 - 23:42 h
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