Juan Gómez-Jurado: “El libro le tiene que gustar a la persona para la que lo escribo, y esa soy yo”

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Ha pasado de ser un autor de éxito, a convertirse en uno de los más reconocidos a nivel nacional. Un auténtico superventas, que ha roto por completo parte de los esquemas del comercio literario en España. De hecho, su penúltima novela, Reina Roja, acumula ya más de 67 semanas consecutivas en la lista de los más vendidos. Algo que se ve en muy contadas ocasiones. Y Loba Negra, la secuela, va en camino. Es precisamente la presentación de esta última, el motivo que trae a Juan Gómez-Jurado (Madrid, 1977) a Córdoba. Es un periodista al que desde siempre le picó la necesidad de contar historias. Pronto decidiría abandonar la actualidad y lanzarse a la ficción, con el propósito de rascar y extraer aquellas aventuras que guardaba en su cabeza. De hecho, como él mismo dice, "yo concibo las historias y los personajes, más como un proceso de desenterramiento, antes que de creación". Y a exhumar se dijo. ¿Y qué lugar eligió, una vez de vuelta en Madrid, para dar sentido a su imaginación? En efecto, la hospedería del Valle de los Caídos.

De su mente han brotado obras como Espía de DiosContrato con DiosEl emblema del traidor, La Leyenda del Ladrón, El Paciente o Cicatriz, las cuales han conquistado a más de cuarenta países y millones de lectores por todo el mundo. Incluso Hollywood planea llevar sus historias al cine. Eso sí, "llevo desde 2006 recibiendo ofertas y firmando contratos, y todos han sido un fracaso", reconoce él mismo. Su explosión definitiva llegaría en 2018, coincidiendo con la publicación de su penúltimo libro, y cuyo éxito viene auspiciado además (no sabemos hasta qué punto ha influido, pero sin duda le ha ayudado) por una notoria diversificación mediática. La tarea de escribir ha ido lidiando -y alimentándose- durante estos años con su participación en diversos espacios. Es así, y con la única pretensión de reírse, como surgieron los podcasts TodopoderososAquí hay dragones, en los que comparte protagonismo con el director de cine Rodrigo Cortés, y los cómicos Javier Cansado y Arturo González-Campos, con el que también comparte escena en Los Seriotes de AXN y Cinemascopazo.

El cine, el cómic, la literatura, la música o la historia son algunas de las ramas que tratan dichos programas, que se han ido convirtiendo en líderes de audiencia en sus respectivas plataformas. Y todo contra pronóstico, pues pocos apostarían que dos horas de debate sobre Roald Dahl o John Landis iban a reunir a más de 300.000 oyentes, o que una película de 1975 de Kurosawa (y en versión original) iba a conseguir llenar un cine en plena Gran Vía. Ahí es nada. Además, hace no mucho aceptó "el encargo más difícil del mundo", a manos de su propia hija, y se embarcó en la misión de convertir en una saga de libros las historias que le contaba antes de dormir. Y entre medias de todo, Juan Gómez-Jurado saca tiempo para atender a CORDÓPOLIS en el patio del Hospes Palacio del Bailío, en una charla de libros, cine, amigos y mucha vida.

PREGUNTA. Desde que se cerró la entrevista llevo dándole vueltas a cómo empezar. Y bueno, creo que voy a tirar por lo más sencillo. Aproximadamente desde hace unos tres años, su vida profesional ha sufrido un cambio brutal, al menos visto desde fuera. Un enorme crecimiento en todos los ámbitos. ¿Cómo está?

RESPUESTA. Yo, bien (risas). Yo, bien, podría estar peor. No lo sé, es una pregunta que me hacen muy a menudo. Es curioso porque… es cierto que, sobre todo, el contacto con mis compañeros en Todopoderosos ha hecho que, entre los cuatro y a partes iguales, pero sobre todo sus partes (risas), hagamos un podcast muy bonito y que escucha ya pues medio millón de personas y que es muy bestia. Y no sé en qué medida, el contacto con ellos ha ayudado a mejorar mi forma de escribir, o a que sea más…(hace una pausa). Más divertida, con un sentido del humor más ácido…

El otro día, bueno ayer (la entrevista se realiza el jueves 13 de febrero), estábamos haciendo un programa sobre Berlanga, y nos dábamos cuenta de que su vida había cambiado desde que conoció a Azcona y todas sus películas, a partir de ahí, son distintas a lo que había hecho antes. Yo creo que hay personas que te cambian y que hacen que tu vida sea mejor, más interesante, más divertida, más entretenida. A mí el contacto con mis amigos me ha ayudado mucho a afinar las cosas que yo quería hacer. Y a sentirme bien por dentro, también, así que… no sé si era la respuesta que querías.

P. Decía lo de empezar por lo más sencillo también porque me da la sensación que su estilo se ha depurado, pero en el sentido más literal. Y eso se ve en Loba Negra. Una evolución en la que el narrador apenas está presente. Los personajes son todo.

R. ¡Eso es lo que tú crees! (risas) Pero es al revés. Hay un enorme esfuerzo que se ha puesto para generar en ti esa sensación, pero en realidad hay seis voces narrativas distintas que se están combinando en la historia. Y tanto Reina Roja como Loba Negra han sido retos técnicos muy, muy difíciles, muy, muy complejos. Entre otras cosas porque machacan muchas de las reglas que se suponen que son las pertinentes al thriller. Hay una serie de cosas que se suponen que no se deben hacer nunca. Y creo que las he hecho todas, menos una o dos.

Y bueno, me parecía muy divertido que, en esta historia, se pudiera hacer algo novedoso y distinto. Pero claro, no se podía notar, porque, si hay algo que a mí no me gusta, es que sea demasiado patente el artificio. Entonces, me esforcé mucho en eso, en que todo fuera lo más natural posible, sencillo posible, transparente posible y engañosamente sencillo. Entonces, bueno, pues es divertido que me digas eso de que el narrador no está.

P. Pero hablo de una sencillez que…

R. No, no, no. Si no me parece mal, en absoluto. Significa que he hecho muy bien lo que quería hacer (risas).

P. Me refiero a una sencillez que no quiere decir, por supuesto, que sea fácil de hacer. Pero tenemos esos dos puntos enfrentados. El de Reina Roja o Loba Negra, y el de La Leyenda del ladrón, por ejemplo, donde la descripción ahonda al máximo. La descripción del lugar, del ambiente, de la trama…

R. Sí, claro, pero porque son historias distintas. Al final, como escritor, la lección más importante que yo he aprendido, o que me han enseñado los libros, es que lo más importante de todo es la historia. Mucho más importante que quién la va a leer, cómo se va a publicar, cuánta gente lo va a leer o que tú quedes bien o mal, o regular. Lo que tienes que hacer es ponerte al servicio de la historia. Porque si te pones al servicio de la historia estás haciendo bien tu trabajo. Y si estás haciendo bien tu trabajo, luego la gente te lo agradecerá, lo lean más o menos. Entonces, bueno, cuando tú escoges una historia, de repente en esa historia te tienes que atener a cuál es la mejor forma de contarla. Y si no caben florituras, pues no caben. O si quieres hacerlas, pero quieres esconderlas de alguna forma, pues tienes que esforzarte más. Todo es muy difícil de contestar en cuatro o cinco frases.

Simplemente es que, en cada instante, tú te planteas: ¿esto es pertinente o no es pertinente? Y ya está.

Yo concibo las historias y los personajes, más como un proceso de desenterramiento, antes que de creación

P. ¿Han cambiado su vida Antonia Scott y Jon Gutiérrez?

R. (Respira profundo) Sí, supongo, no lo sé. No sé si han cambiado mi vida, pero, desde luego, me alegro mucho de que hayan aparecido en ella. Aparte, eh…esto es muy complicado de explicar, pero yo concibo las historias y los personajes, más como un proceso de desenterramiento, antes que de creación.

P. Ya estaban ahí.

R. Claro. Es como si tú ves trabajar a un paleontólogo o a un arqueólogo, como los que han sacado esta casa romana que está ahora bajo nuestros pies. Que no sé si la has visto.

P. Sí, sí.

R. Y todas esas piedras ha habido que quitarlas despacito. Tú no puedes utilizar un martillo neumático para sacar esa casa romana, tienes que ir poco a poco. Es un trabajo de meses, incluso de años, hasta que tú vas sacando la tierra y vas haciendo que aparezca lo que tiene que estar ahí. No puedes forzarte a crear cosas que no estuvieran previamente. 

P. Hay algo que…

R. No me estoy explicando muy bien, pero yo me entiendo (risas).

P. Hay algo que me parece muy curioso y que le he visto alguna vez comentarlo en redes sociales. Una novela cuesta años de preparación. Hay muchísimos años de trabajo para escribir un libro como éste, pero luego se lee en un día. No sé si esto genera más un sentimiento de satisfacción o es un poco frustrante.

R. Bueno, es un poco de todo. A mí me frustra cuando se enfadan conmigo -"es que los escribes muy cortos"-. Y digo, no, tú los lees muy rápido, que no es lo mismo. Pero, efectivamente, ha sido mucho trabajo el que tú tienes que hacer para decidir que ahí no va un adjetivo, o que sí que va, o que la construcción morfológica no era la adecuada, porque no estabas añadiendo el sentido del humor en determinado sitio. Entonces, es como una búsqueda constante, casi frase a frase.

Y eso, normalmente, es un trabajo que pertenece más al escritor literario, que al de thriller. Y, sin embargo, a mí me divierte mucho hacerlo dentro de este género. Si escribiera a la americana, lo haría muchísimo más deprisa. Tardaría mucho menos, porque sería un lenguaje funcional, con un narrador omnisciente puro. No tendría que hacer tanto trabajo. Pero no sería feliz, porque no obtendría los mismos resultados, tampoco.

No puedes forzarte a crear cosas que no estuvieran ahí previamente

P. Después de un éxito tan brutal como Reina Roja, ¿se sentía más presión a la hora de publicar?

R. Yo que sé (risas).

(Se toma una pausa)

Eh, no, porque, afortunadamente, ya tenía escrita Loba Negra cuando Reina Roja explotó. Entonces, para mí fue…(hace otra pausa), un proceso mucho más paulatino que, probablemente, para mucha gente. A veces cuesta mucho más gestionar algo de este tipo, un éxito tan bestial. Llevamos 400.000 personas ya, que se dice pronto. Pero no, no, no tengo ninguna presión porque, en realidad, lo único que tengo que hacer…bueno, sí, tengo presión. Tengo presión a ratos, otros ratos, no. Pero el 90% del tiempo, lo que pienso de verdad es en que el libro le tiene que gustar a la persona para la que lo escribo, y esa persona soy yo. Porque, ése es realmente el trabajo del escritor, escribir el libro que tú querrías ver en las estanterías, no el que alguien te haya dicho que va a ser un éxito. No, es el libro que tú intuyes de alguna forma que es importante para ti y que tiene que estar ahí.

Y luego tienes la desgracia de que tú mismo no lo puedes leer, porque nunca volvemos a releer nuestros libros, o, por lo menos, muchos de mis compañeros no lo hacen. Yo, el primero. Solo mientras lo escribes, luego ya te tienes que olvidar de él.

P. ¿Por qué el thriller?

R. Porque es muy divertido. El thriller es maravilloso; muere gente, y va a toda velocidad (risas). He repetido muchas veces que me parece una metáfora perfecta del siglo XXI, porque sus normas tienen que ver mucho con nuestro estilo de vida actual. Ese peligro físico, el peligro social y el reloj en contra. Pero no porque lo haya repetido muchas veces tiene menos valor, quiero decir: hoy en día, vivimos casi al borde del abismo a diario, solo tienes que asomarte a los titulares de los medios de comunicación, para darte cuenta de que, si no es el coronavirus, será la crisis con Cataluña, y si no los inmigrantes, y si no el ascenso del fascismo, lo que acabará con nosotros. No se puede pasar de la primera página del periódico, sin haber asistido a cinco fines del mundo. Y ese ritmo de vida, esa inmediatez absoluta, esa tiranía absoluta de la inmediatez que pretenden imponernos, solo se puede combatir desde la ficción. Yo creo que la ficción tiene una gran capacidad regeneradora y salvadora. Entre otras cosas porque te obliga a pararte a analizarla. No es un tuit, no es un titular. Es algo en lo que tienes que depositar peso y esfuerzo, porque si no, no vas a obtener nada a cambio.

P. Le he escuchado decir alguna vez que la novela de género está infravalorada, en este caso el thriller.

R. Bueno, pero eso es constante. Desde hace…puff, ¿cuántos años? No lo sé, te podría poner decenas de ejemplos de grandes libros que, en principio, fueron novelas de género y que nadie consideraba que tuvieran ninguna calidad.

Si escribiera a la americana, lo haría muchísimo más deprisa, pero no sería feliz

P. En el caso que yo recuerdo lo comentaba con Drácula, de Bram Stoker.

R. Con Bram Stoker lo he dicho, sí. Y podría decirlo de muchos más. Por ejemplo, Dickens prácticamente escribía solo género. Y luego pasa el suficiente tiempo, y el género se convierte en literatura. Y por no decir Cervantes.

Y no es que me esté comparando yo con ellos, en absoluto. Pero sí que puedo hablarte de gente más cercana a nosotros, como Stephen King o Arturo Pérez Reverte, que son cada uno en su campo cumbres del género y de sus capacidades. Escritores absolutamente asombrosos, que simplemente por el hecho de que están escribiendo algo que tiene espías o vampiros, de repente son calificados como escritores menores. Por un forma casi natural, es que el sistema se protege a sí mismo. Es casi normal pensar que, una persona, si además de tener éxito, tiene calidad, tendría demasiadas cosas (risas).

Entonces, es lo mismo que me pasa a mí, que mido 1,70, cuando veo a una persona que mide 1,85 o 1,90, me consuelo diciendo: tiene que tener muchísimos problemas de espalda (risas). Y así uno consigue dormir por las noches.

P. Se podría, aunque desde el punto de vista de la literatura, extrapolar este debate al que se ha abierto recientemente en el cine, con las posturas de Scorsese o Coppola en lo relativo al cine de Marvel.

R. Es que Scorsese o Coppola son dos genios, pero también seres humanos. Y, como seres humanos, están dispuestos, o tienen todo el derecho del mundo a decir una tremenda gilipollez, como esas declaraciones que hicieron en su momento. Lo cual no hace ni un ápice menos válido sus inconmensurables capacidades artísticas.

P. Me parecen curiosas estas declaraciones, no solo de ellos, sino el debate que hay y que defiende que, entre las plataformas y Marvel, se va a acabar con el cine.

R. Ya…

P. Todo ello cuando no se tiene en cuenta el crecimiento que supuso para el cine la época del auge de los videoclubs, por citar un ejemplo. Ese cine tan comercial y palomitero.

R. Bueno, tú te acuerdas de eso, y podemos hacer prácticamente una por década, hasta llegar al inicio del cine. Constantemente se ha dicho que este nuevo género que todo el mundo apreciaba, iba a acabar con todo lo demás. Siempre, siempre. Y luego, se cambia, hay una nueva moda y, de repente, se empezará a decir lo mismo de lo siguiente. Y, a lo mejor, la gente a la que nos gustan mucho las películas de Marvel, dentro de 30 años estamos diciendo pues este cine de bailarines rumanos va a acabar con el cine auténtico (risas). No, no es real. Solo es cortoplacismo. Si tú miras hacia atrás, esto ha pasado siempre. Con los musicales, con el wéstern, con el sonoro. Charlot era una amenaza para el cine (risas). Pasa siempre.

El propio Cervantes escribía en El Quijote que las novelas de caballeros eran una amenaza para la auténtica literatura. Y fíjate. Así que, no, esto es simplemente la nostalgia que es uno de los grandes enemigos de la capacidad de análisis de la cosa cultural.

Vivimos casi al borde del abismo a diario; solo tienes que asomarte a los titulares de los medios de comunicación

P. También se defiende que este cine más comercial genera cierto adoctrinamiento, cuando yo creo que el cine de autor es mucho más elitista.

R. Yo he defendido siempre eso también, pero vamos a poner un caso mixto. Bong Joon-ho acaba de ganar el Óscar. Cuatro Óscar ha ganado su película Parásitos, que es una película, por cierto, muy comercial, aparte de ser cine de autor. Pero si tú ves The Host o Snowpiercer, son dos obras clásicas, una del terror y la otra de ciencia ficción, ambientada en un futuro distópico, que son obras maestras del cine. Y Memories of Murder, su primera película, en 2003, fue una auténtica revolución, precisamente por ese estilo tranquilo que le estaba incorporando al género del thriller. Y que era heredero, en muchas cosas, del cine americano, pero que glorificaba, o que ascendía a sitios nuevos que había conseguido a través del tempo.

Hubiera sido muy sencillo quitarse de un plumazo a Bong Joon-ho, diciendo: es que es un tío que hace thriller, o es que es un tío que hace pelis de terror. No, en realidad es un contador de historias e intenta hacerlo lo mejor que puede. Y, hoy en día, yo empiezo a escuchar a los estudiantes de cine, que se acercan a él y de repente lees cosas que escriben en Twitter y demás. Lo descubren ahora, claro, 17 años después de que viéramos su primera película. "Qué genio del segundo término", "cómo mueve la cámara", "qué genio del movimiento". Y claro, ¡eso ya estaba ahí! Lo que pasa es que, como había un monstruo, o como era un tren en un futuro distópico, pues no os habéis parado a mirar.

P. Volviendo a la literatura, posiblemente mucha gente piensa erróneamente que una novela, por el simple hecho de ser ficción, no requiere documentación. Eso es completamente falso. ¿Cómo es su caso?

R. Pues es un curro bastante importante, porque supone que, cuando te mueves en un universo físico, y eres tan minucioso como yo con las descripciones, aunque utilice muy pocas frases, a lo mejor, no me puedo equivocar. No me gustaría equivocarme, porque me da seguridad. Cuando sé que…claro, es que no puedo entrar en detalles. Pero cuando estoy describiendo una escena muy concreta, en la que está ocurriendo algo extraordinariamente físico y, a lo mejor, hago que el tiempo vaya mucho más despacio para poder recorrer, junto con el lector, esos segundos, porque van a ser una experiencia diferente, quizá más cercana a una técnica cinematográfica. Ahí no me puedo equivocar, para estar cómodo, para estar seguro, tengo que saber que lo que está pasando y lo que estoy describiendo es científicamente correcto. Pues eso a lo mejor lleva un mes de trabajo, de buscar gente, gente que te ayude, conversaciones. Luego, además, los físicos, los criminalistas, son muy dados a hacerlo todo muy prolijo, muy llevado todo a su terreno. Y yo siempre les digo que así no se puede escribir (risas). Así, cómo tú me lo has contado, esto no se puede escribir. Y, a lo mejor eso, diez folios hay que resumirlos en tres párrafos. Pero tres párrafos buenos.

La ficción tiene una gran capacidad regeneradora y salvadora

P. En su caso, llama la atención que son historias muy localistas.

R. Me hacía mucha gracia que, cuando escribí El Paciente, me decía la gente: ¿y por qué lo has ambientado en Estados Unidos?, y decía yo: porque es donde la historia tocaba. Y ahora me decís, ¿por qué lo has ambientado en Madrid o en Andalucía?, éstas dos últimas. Pues porque era donde tocaba. Porque la historia solo se podía contar en el sitio donde la estoy contando yo, y, entonces, tienes que adaptarte para captar la esencia del lugar donde estás. Sobre todo, cuando tu pretensión es mantener al lector sentado al borde del asiento, y con los puños crispados sobre el libro. Y que lea lo más rápido posible, porque esté deseando saber qué va a pasar. Entonces, cuesta mucho más hacer eso en poco espacio que hacerlo en mucho.

Tardaríamos cinco minutos, probablemente, en escribir un folio acerca de este patio, en describirlo. Pero posiblemente todo un día en encontrar una frase, una única frase que lo describiera a la perfección.

(Hace una pausa de unos segundos)

Probablemente sería limones y putos pájaros. Eso es lo que había en aquel patio (risas).

P. Es de sobra conocido que se exilia a escribir a la hospedería del Valle de los Caídos, ¿cómo es su rutina en esos meses?

R. Pues me levanto, escribo y me acuesto. Es que es básicamente eso (risas). No hago nada más. Salvo las pausas para comer y bajar al gimnasio. No hay otra.

Muchos jóvenes me preguntan: ¿cómo puedes hallar la inspiración o cómo puedes encontrar el hueco o la paz mental necesaria? Les digo, siéntate y ponte a trabajar, porque eso es básicamente la tarea de mi profesión. Y, como todas las profesiones, no depende de lo artístico, de la inspiración, de lo que de verdad depende es de que te dejes el culo contra el asiento y los codos contra la mesa. Y eso es así. Una novela son 1.200.000 pulsaciones. Eso es lo que se publica. A lo mejor, probablemente, tú has tenido que dar cerca de dos millones de pulsaciones, entre lo que quitas y pones. Son dos millones de veces haciendo así (golpea la mesa con la yema del dedo). Cuenta hasta dos millones (sigue golpeando). Y mira el tiempo que te lleva. No sale solo. Tienes que estar sentado para que salga.

P. Y hay que darle sentido, encima.

R. Además.

La nostalgia es uno de los grandes enemigos de la capacidad de análisis de la cosa cultural

P. Se marca un número de palabras a diario, según tengo entendido.

R. Sí, sí. Esto me hace gracia que no me lo preguntéis más, porque a mí me parece que sería lo primero que preguntaría alguien. Y claro, por lo mismo de antes, los escritores no tenemos horario. Lo que tenemos es disciplina mental interna, que es lo que nos ayuda a seguir trabajando.

Hemingway, cuando estaba en Cuba, escribió unos cuantos diarios en los que iba anotando el número de palabras que hacía todos los días. Y él, por ejemplo, que se había puesto un objetivo de 500 palabras diarias, que ya te digo yo que es de vaguetes eso. Si se quería ir un día a pescar, apretaba el culo y los dos días anteriores hacía 700 u 800 para tener un día libre y terminar a tiempo. Es que es eso. Profesionalidad.

P. Imagino también que antes debe haber un trabajo de campo y de biografiar a los personajes.

R. Sí, claro. Pero eso es un trabajo que ocurre, casi todo, previamente en el interior de tu cabeza, y en las cosas que te van ocurriendo en el día a día. Que, de repente, pues oye, se te ocurre algo y lo anotas en el teléfono, tomas una nota, o en la libreta si la tienes a mano. Y eso acabará, a lo mejor, incorporado al libro.

P. Otra de las características en sus novelas es la importancia que tienen los personajes femeninos.

R. (Lo piensa) Sí, pero no es algo que sea buscado, simplemente son los personajes que sirven a la historia en cada momento, y que la hacen más interesante. Con unas apuestas más altas. Que el conflicto sea mayor. Entonces, esto ha pasado últimamente, sí. Pero, insisto, no es ningún tipo de toma de postura, en absoluto. Es simplemente la manera en la que yo, de forma natural, veo que tiene que suceder.

P. No solo la escritura centra su tiempo, sino que participa en muchos otros sitios. Y es curioso porque en sus libros es cierto que siempre deja alguna píldora de humor, pero al final la base es el misterio, el crimen… Pero fuera de ese universo, el humor es una herramienta fundamental.

R. Eso es algo que me han enseñado mis amigos. Arturo González-Campos, Raquel Martos también, con la que trabajé en Onda Cero. El humor es el único camino. No es que sea un camino, es el único. Es que no hay más. Entonces, inevitablemente, la manera de afrontar la vida con sentido del humor, incluso aunque pasen cosas terribles a tu alrededor, es lo que te mantiene cuerdo y funcionando. Y ha acabado permeándose a los libros también, de alguna forma.

El humor es el único camino

P. Quiero que nos detengamos también un poco en Todopoderosos. Yo creo que el programa ha sido igualmente fundamental en este crecimiento que ha vivido.

R. Es lo que te he dicho al principio. Ese encontrarme con gente que sé que, cuando hablo con ellos, estoy en casa. Es lo que me hace sentir, no sé, más centrado en todos los ámbitos de mi vida. Yo les debo muchísimo. Hay gente que ejerce una influencia indiscutiblemente negativa. Y para eso hay un nombre, creo, psicológico, que se han inventado hace poco. Personas tóxicas o gente tóxica. Bueno, pues, mis amigos están en las antípodas de eso. Son lo contrario. Gente que, cuando te sientas a hablar con ellos, hacen que todo sea… Estoy buscando una palabra que no sea demasiado cursi y pedante.

(Piensa unos segundos)

Curativo. No sé si llamarlo así. Pero, en general, mejor.

P. Le pilló, además, en un momento complicado de su vida el inicio de Todopoderosos.

R. Sí, sí, fue un momento jodido. Si has visto la entrevista de Buenafuente, ya sabes lo que hay. Y después se murió mi madre, después mi padre, y yo seguía yendo a hacer el programa. Mi madre murió y yo fui a hacer el programa al día siguiente. Y es que no había ninguna otra forma de hacerlo, porque, en realidad, es también lo que ellos hubieran querido. Que esa ética del trabajo que me enseñaron se mantuviese hasta el final. Y mi padre, además, era un tío con muy buen sentido del humor, que se reía mucho. Y hasta el final también estuvo contando chistes.

Entonces, bueno, eso es una lección en sí misma. Pero, sobre todo, es un objetivo, porque, si hay algún sentido de la vida, que es muy difícil de encontrar, desde luego no va a ser una gran respuesta. O, por lo menos, no creo que esté a nuestro alcance encontrarla. Pero sí un montón de pequeñitas respuestas, un montón de carcajadas y un montón de huidas sin sufrimiento.

P. Sobre ese tema, siempre lo ha llevado desde la vertiente cómica, pero hay un momento en que lo intenta transmitir de un modo serio. Y me refiero a una publicación que hizo en sus redes sociales en diciembre del año pasado coincidiendo con su cumpleaños, que tuvo mucha repercusión.

R. ¡Pero yo no intentaba transmitir nada! Me limité a sacar una cosa más.

Yo les debo muchísimo a mis amigos

P. A sacarlo.

R. Sí, y de repente la gente dijo: "Espera, espera, que esto no era broma" (risas). Bueno, supongo, sí…

Es curioso porque ese día recuerdo que recibí mucho apoyo, mucho cariño y muchos chistes también. Y gente que me explicaba cómo debía sentirme. Y yo pensaba: hasta aquí hemos llegado. Como sociedad, es terrible que nos creamos en la capacidad y en el derecho de enseñar a otra persona cómo se tiene que sentir de sí misma, y sobre sus propias circunstancias. Y nos vale como metáfora de algo más terrible, mucho más profundo. Nos hemos acostumbrado tanto a exponer nuestra propia vida que ya nos parece natural comentar la de los demás. Pero no es lo mismo que comentemos un café con leche que nos estemos tomando aquí, que una situación en la que tú nunca te vas ver, ni que vas a ser capaz de enfrentar. Así que sí, ese día aprendí mucho también.

P. Reivindica mucho el papel de incentivar la lectura, y yo creo que el hecho de Todopoderosos o Aquí hay dragones puede parecer banal, pero yo admito que gracias a estos podcasts me cambió el chip completamente con las obras de Julio Verne o Roald Dahl, por ejemplo. Yo creo que aplicar ese trabajo a la educación sería una forma fantástica.

R. Mira, nosotros hacemos el podcast para reírnos. Es así como empezó. Un motivo de alegría el encontrarse con los amigos alrededor de…antes era con croquetas y con tallarines y ahora es con un micrófono, porque queda feo comer mientras te está escuchando mucha gente. Entonces, no tiene ninguna pretensión, más que hablar de aquellos amigos que encontramos por el camino, y cómo esos amigos te hacen mejor. Y por amigos me refiero a Berlanga, a Roald Dahl, a Verne, a Jodorowsky…y no sé quién elegiremos después. Y a Tarantino, y a Spielberg, y a toda esa gente de la que acabamos hablando. Porque, inevitablemente, cuando tú levantas un peso con otra persona… No sé si alguna vez has hecho una mudanza.

Afrontar la vida con sentido del humor es lo que te mantiene cuerdo y funcionando

P. La verdad es que no.

R. Pues es una experiencia que une muchísimo, y que solo se pide a gente muy cercana y lo suficiente ingenua para aceptar. Pero, cuando tú levantas un piano con otra persona por unas escaleras, acabas hermanándote mucho con esa persona. Porque a los dos os ha costado mucho llegar a un objetivo.

Escribir un libro, y leerlo, son trabajos compartidos al 50%. Y, al final, si tú lees a alguien, te acabas convirtiendo de alguna manera en amigo suyo. Al fin y al cabo, has estado escuchando su voz dentro de tu cabeza durante días, semanas, e incluso meses.

P. En este afán por incentivar la lectura, se ha embarcado también en la literatura infantil. No sé si por ser más partícipe aún de ello.

R. Pero eso es una obligación impuesta por mi familia. Quiero decir, que mi hija me dijo: "Y ahora vas a escribir para mí". Y dije yo, bueno, pues nada. Y no me quedó más remedio que aceptar, porque es así como pasa cuando tienes hijos, que ya no eres enteramente dueño de tu propia vida, ni de tus decisiones. ¡Y está bien que así sea! Me ha servido para aprender cosas diferentes. Y para esforzarme también en decir más cosas con menos espacio. Porque con los niños no te puedes equivocar tampoco.

P. No me he parado a contar cuántos pasos cumple, pero, a otra escala, tiene su pequeño viaje del héroe particular, se podría decir.

R. (Risas)

(Se toma una pausa)

Es posible, no lo sé. De todas formas, el viaje del héroe solo lo comprendes cuando terminas, así que vamos a dejar la contestación a esta pregunta pendiente a dentro de unos años. A ver qué pasa.

P. ¿Qué tiene ahora Juan Gómez-Jurado en la cabeza?

R. Si me preguntas con respecto a mis próximos trabajos, no te lo voy a decir. Así que, no sé qué decirte. Mira te voy a responder unas patatas fritas y una cerveza (risas).

Si tú lees a alguien, te acabas convirtiendo de alguna manera en amigo suyo

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