Gabriel Núñez: “Boronía' es un capricho”

Gabriel Núñez. TONI BLANCO

Quedamos con Gabriel Núñez (Córdoba, 1967) en La Pérgola. El lugar lo merece. Después de una fuerte inversión de dinero que lo restauró para mejor aprovechamiento de la ciudad, permanece abandonado y dejándose pudrir desde hace un lustro. Una especie de metáfora no buscada de los últimos años de Córdoba y España: sociedades cabreadas, engañadas en una falsa prosperidad y en actual estado de derrumbe. Por eso nos citamos aquí con Núñez, porque el padre de Boronía, revista icónica de la modernidad cordobesa, está a punto de parir una nueva edición, la sexta de su segunda etapa, que llevará el nombre de Te lo juro por la crisis y que en buena medida se vertebra con el trabajo de Cristóbal Ruiz. Este guionista, bregado en la televisión, ha destilado como como escritor y dibujante un bestiario psicológico de políticos, banqueros, periodistas y nobles, retratados todos a chorro de bilis y paleta gráfica. Junto a su trabajo, otros muchos colaboradores aportan su particular visión del rumbo que ha tomado el país.

Gabriel Núñez vive a caballo entre Córdoba y Madrid, donde reside. Pero es en la primera ciudad donde se encuentra el grueso de los lectores de Boronía y la mayoría de quienes están aportando sus ayudas para que la próxima revista logre ver la luz. Muchos de ellos son, también, quienes devoraban la publicación en la primera etapa de la cabecera, cuando a finales de los ochenta comenzó a contarle a los cordobeses -y a los que no lo eran- que en su ciudad también se hacían cosas que molaban.

Pero empecemos por el final...

PREGUNTA. ¿En qué punto estamos con la próxima revista?

RESPUESTA. Estoy más relajado. Ha sido un número que se ha prolongado tanto, que he tenido momentos en los que pensaba realmente que no se podría editar. Luego nos metimos en este lío del crowdfunding que, sin decir que me arrepienta, sí reconozco que ha confirmado algunos de los prejucios que yo tenía con respecto a Internet y la eficacia de las redes sociales para este tipo de pequeñas empresas y proyectos. Al final, hemos podido solucionar el tema de una manera un poco rara pero va a salir y tendremos la revista. Pero en Córdoba me he dado cuenta de que, con el viejo método de ir viendo gente de bar en bar, he conseguido más, de una manera más agradable; y con mucha menos inversión de tiempo, dinero y trabajo. De una manera más grata. Casi sobre la marcha hemos decidido poner unos pequeños logos comerciales de patrocinadores en la parte de atrás, la contraportada de este número, con los negocios de amigos y junto a los nombres de los mecenas. No queremos que haya grandes marcas ni instituciones pero un restaurante o un bar o un hotel o un hostal de algún amigo sí nos apetece. Les propusimos que en vez de 24 euros, que es lo que está poniendo la gente por tener la revista, pusiesen 100 euros a cambio de cuatro o cinco revistas para que las tengan a su disposición en el establecimiento. Y también les sacábamos esa micropublicidad. En seguida me encontré muchos sitios que me dijeron que sí y eso es la garantía de que este número va a poder editarse.

Ha sido un número que se ha prolongado tanto, que he tenido momentos en los que pensaba realmente que no se podría editar

P. ¿Cómo habéis planteado la financiación?

R. De muchas maneras que nos parecían más saludables y menos capitalistas. En el fondo, no deja de ser una precompra de la revista. Pero ha habido cierto tono de mecenazgo porque ha habido gente que no ha puesto 24 euros, sino 50 o 100 o 150 para recibir una sola revista. Todos son apoyos y sin esa precompra de la revista no nos atreveríamos a lanzarla ahora, debido el riesgo de quedarnos con 200 o 300 números sin vender. Pero he notado mucho el espíritu de la gente. Es decir, ni los que han puesto esa pequeña publicidad ni los que han comprado la revista están planteándose si vale o no 24 euros o si la publicidad tendrá una determinada repercusión en impactos...

P. Lo hacen porque es Boronía.

R. En efecto. Porque es Boronía y porque quieren ayudar a que salga y tener esa última revista.

P. ¿Pero va a ser la última Boronía?

R. Sí, después de lo que escribió Aristóteles Moreno no me queda más remedio (risas). Pero sí, de momento va a ser la última. Aunque también lo iba a ser aquella que editamos hace más de 20 años y tras dos décadas volvimos. Pero no creo que pase tanto tiempo porque yo ya no estaré en condiciones.... El caso es que sí necesito saber que esta es la última de esta etapa. Ahora necesito pensar en un nuevo proyecto que acaba de salir y que se llama El estado mental, una revista en la que me han dado un espacio que no sé si conservo porque al dedicarle tanto tiempo al crowdfunding y a la edición de este último número de Boronía no he podido estar presente en este primer número. Espero estarlo en el siguiente o en el tercero porque ahora mismo me motiva mucho más plantearme temas para esta nueva revista de El estado mental. Llevo muchos años preparando conciertos de otros, discos de otros, revistas mías pero coordinando el trabajo de otros. Ahora tengo muchas ganas de ponerme a mostrar cosas propias. Mi parte en El estado mental sería una serie de reportajes sobre vivencias mías que se complementarían con entrevistas.

P. ¿Por ejemplo?

R. Yo qué sé... mi experiencia en la sanidad privada cuando me operaron del riñón, acompañada de una entrevista a un doctor del clínico. Una cosa más narrativa que es, en fondo, lo que yo he hecho siempre: escribir. Oye creo que todo esto... parece más que esté hablando con un amigo.

P. Tú habla, las entrevistas estas las hacemos así, en plan charla.

R. Tú habla y arrepiéntete luego, ¿no? (risas).

P. Exacto.

R. Bueno, pues el caso es que sí, que tengo ganas de atreverme a ser un poco más periodista y escritor en vez de coordinador, editor, promotor, productor, organizador, director...

P. ¿Volver un poco al principio?

R. Quizás es eso, quizás es volver al gusto de contar cosas y contarlas desde mi puente de vista. No hacer artículos pajoleros ni el clásico diario, sino ponerte en la posición de ofrecer una mirada personal de determinadas cosas. Y tengo muchas ganas porque estoy en un momento de estupefacción y preocupación cercano al pánico con todo lo que está pasando. Será un ejercicio muy parecido a este último número de Boronía: entre la responsabilidad y el berrinche. Sí, me apetece hablar de la sanidad o de la cultura, la industria, el mundo editorial o Internet desde mi punto de vista.

Tengo ganas de atreverme a ser un poco más periodista y escritor en vez de coordinador, editor, promotor, productor, organizador, director...

P. Volvamos, ahora sí, al principio de todo. ¿Cómo explicarle a alguien qué era Boronía?

R. Resumiendo, Boronía es un capricho. Un capricho bien hecho o que se intenta hacer bien. Un capricho necesario. Hace veintitantos años, cuando comenzó, Boronía era un fanzine como había tantos otros. Lo que pasa es que, quizás por ambición o por ingenuidad, queríamos hacer un fanzine más bonito que los que habíamos hecho en el instituto con fotocopias y grapas. Queríamos hacer algo que se pareciera un poco a los que en los ochenta eran nuestras referencias: Ajoblanco, El Europeo, Sur Express o La Luna de Madrid. Y en el fondo, lo que nos movía era lo que te comentaba antes: las ganas de contar cosas. Boronía, aunque se ditribuia en Córdoba nació en Madrid donde mi mejor amigo y yo estamos estudiando. Allí conocimos a mucha gente y teníamos ganas de contarlo en Córdoba. Los personajes que nos cruzábamos, los conciertos a los que íbamos, las exposiciones que visitábamos. Pero a la vez, teníamos ganas de contar en Madrid lo que en Córdoba hacían nuestros amigos diseñadores, músicos, dibujantes... No había Internet y Boronía era una especie de boletín de la movida cordobesa en Madrid y de la madrileña en Córdoba. Y también era un instrumento para que yo me obligase a escribir y para que Pablo Gallego, mi amigo con el que empecé, se obligase a diseñar o a dibujar cómics, que era lo que le gustaba. Y muy pronto se dio otra cosa que es marca de Boronía desde primera hora: la presencia de muchos amigos que participaban y nos ayudaban. Sabíamos que no podíamos competir con esas revistas que eran nuestro modelo porque no podíamos hacer ni sus tiradas ni creíamos que un lector comprase Boronía en el quiosco si al lado tenía Ajoblanco. Y por eso, decidimos hacerla gratuita. Una tendencia que luego con los años se impuso pero de la que nosotros fuimos pioneros. Nos financiábamos con publicidad y de la misma forma que se ha hecho ahora también, yendo directamente a los sitios. Íbamos a Disco Tres, a dos tiendas de ropa moderna que había, al Magazin o al Contrato Latino a pedir que se anunciasen; yo iba a las tiendas de amigos de mis padres a pedirles algo de pasta para poner publicidad y poder financiar la revista con eso.

Estoy en un momento de estupefacción y preocupación cercano al pánico con todo lo que está pasando

Aquello trajo bastantes críticas despectivas porque nos decían que si no le poníamos un precio a lo que hacíamos devaluábamos nuestro trabajo, pero entendíamos que esa era la única manera de llegar al público. Y de hecho, en el año y poco que duró la primera etapa de Boronía crecimos un montón porque, por ese sistema, la gente se llevaba muchas revistas y la difusión llegaba a ciudades como Valencia, Zaragoza... Y en el tercer o cuarto número estábamos en una decena de ciudades con puntos de reparto bastante distinguidos. De hecho, creció tanto que, tras los seis números del primer año, nos dimos cuenta de que o nos profesionalizábamos o ya no tenía sentido seguir. Porque esto demandaba mucho tiempo y cada número lo queríamos hacer mejor que el anterior. Así que paramos. Una parada que duró 20 años. Pero estuvo muy bien porque yo estaba estudiando Sociología, Pablo Gallego Educación Física, Esther Casado estaba haciendo un montón de cosas y con Boronía nos fuimos definiendo un poco todos por dónde íbamos a tirar después.

P. Porque podíais estar jugando un poco, pero el producto era muy serio.

R. Era serio porque nos gustaba hacerlo bien y éramos exigentes. También tenía el aspecto de serio porque contábamos con un amigo que tenía un Macintosh y aquello nos permitía no hacer textos a máquina y cuadritos hechos con Rotring como se usaba hasta hace no tanto. Le dábamos otra presencia y hay diseños de ese tiempo que son entrañables de lo malos que son pero en los que se ve una intención de darle un respeto al contenido. Hacer revistas como las que hicimos entonces o ahora y poner el cuidado de la edición y todo eso es una manera de decir oye, detente, échale un ojo tranquilo a esto, disfrútalo. Y eso es algo que se ha perdido un poco.

'Boronía' era una especie de boletín de la movida cordobesa en Madrid y de la madrileña en Córdoba

P. ¿Cuando entraste en el máster de El País ya habías hecho Boronía?

R. Sí. Mi trayectoria profesional es como yo: caprichosa, errática y, sobre todo, inconstante. Muchas circunstancias la han definido. Entré en el máster de El País y fue un curso muy útil, sobre todo comparado con la experiencia previa en la Universidad. Aquella era una época en la que estar en el máster era casi una garantía de tener trabajo seguro al final. Los préstamos que se daban para pagar el máster se concedían porque los bancos sabían que los ibas a pagar con toda seguridad por eso. Casi todo el mundo de mi promoción salió colocado en algún puesto de trabajo. En mi caso, fue en un programa de Pepe Navarro que pagaba muy bien pero que no era lo yo que quería. Y en cuanto pude, empecé a colaborar con esas revistas que eran la referencia de Boronía unos años antes: Ajoblanco, El Europeo donde, con mucho pudor y algo de caradura, fui a decirles que quería escribir. Pero fui cogiendo complejo de gafe porque allí donde entraba la revista cerraba: El Europeo, El Gran Musical, Ajoblanco... Se ve que era una especie de profecía.

P. ¿Profecía de qué?

R. De todos los negocios que yo he puesto y que han resultado ser especialmente catastróficos. A ver, yo escribía fundamentalmente de música, por la que siento pasión y se me ocurrió la feliz idea de montar un sello discográfico con el que acabé de arruinarme y de destrozarlo todo...

P. Joder. El Hombre Tranquilo.

R. Producciones El Hombre Tranquilo. No le puse el nombre por la película de John Ford, que no me gusta -aunque sé que eso no se debe de decir- pero sí me gustaba el nombre y la intención, contraria a la realidad, de describir mi objetivo a conseguir: ser el hombre tranquilo. Y me gustó mucho el logotipo que hizo Pablo Gallego: un tipo con un sombrerito, montado en una bici y silbando. Una imagen que me decía "a eso hay que llegar". Pero en fin, aquello fue un desastre. Todo el mundo creía todavía que la música era un negocio seguro, como la gente que te dice que montes un bar. Pero vamos, yo no monté la productora como un negocio seguro porque lo hice de una manera muy humilde, en plan de sacar un solo disco y dedicarle mucha atención -cuando eso es lo peor que puedes hacer-. Lo único que aprendí es todo lo que hice mal. Fue un poco lo de siempre: algo muy de corazón, muy de insistirle a Álvaro Tarik que era uno de mis mejores amigos que volviese a publicar un disco. Y al final, aquello fue un desastre apoteósico. Tengo dossiers enteros de críticas maravillosas, "lo mejor del año, lo mejor de la temporada" y no vendimos nada de nada. Y claro, si no vendes una revista es una putada, pero no vender un disco, con un artista detrás, que lo tienes que defender, es pasar muy mal rato. Como autor creo que yo no hubiese sabido asimilar fracasos de ese tipo.

Mi trayectoria profesional es como yo: caprichosa, errática y, sobre todo, inconstante

P. De todos tus fracasos, ¿cuál es tu favorito?

R. Yo me quedo con Boronía. Es la que ha tenido más continuidad. Estoy muy contento de los discos que produjimos, me gustó mucho empezar a hacer conciertos en Córdoba en una época en la que casi no se hacían; ingenuamente pensé que se podía crear aquello que se llamaba cultura del directo. Pero vamos, aquí te encontrabas que mucha gente iba a un sitio y si había música en vivo casi le molestaba. Lo bueno es que me lo he pasado bien en cada cosa que he hecho y bueno.. Produje el On the radio, de Tarik y la fábrica de colores, o los libros de Morente... Eso te deja cierta satisfacción, no desde luego como empresa o como negocio, sino como algo que has ayudado a crear.

P. Hace cinco años, cuando volvió Boronía lo hizo a lo grande. Un objeto de lujo, casi. Eso debía de ser un riesgo económico.

R. Sí. No era un proyecto fruto de una intención empresarial o de una estrategia de mercado. Y eso tiene su lado bueno y su lado malo. Para mal porque, si teniendo una estrategia definida ya es muy fácil cagarla, sin tenerla estás predestinado a que la cosa se tuerza. Y para bien porque estar al margen de lo empresarial te permite hacer lo que te da la gana. Por eso te digo que Boronía no deja de ser un capricho. Cuando yo vi aquel primer número de la nueva etapa también me impactó. Yo lo tenía en mi cabeza y en mi ordenador, pero cuando recibes eso, que pesaba un kilo, con ese tamaño, te dices: "¿Y esto hemos hecho? ¡Esto es una pasada!". Pero hay que tener en cuenta que ese número se hizo en 2009. La cosa económica estaba empezando a estar mal pero no tenía nada que ver con lo que pasó después.

P. Sí es un número más vinculado con la etapa económica anterior.

R. Pertenece a esos años en los que no queríamos darnos cuenta de lo que venía.

P. La época de los brotes verdes, ¿te acuerdas?

R. Sí, ya había brotes verdes. Siempre ha habido. Antes de la misma crisis había, incluso (risas). En fin, con ese número nuestro único apoyo era el recuerdo que algunos aquí en Córdoba guardaban de de nuestro prestigio. Eso y la trayectoria profesional de los que estábamos en ese número.

Me lo he pasado bien en cada cosa que he hecho

P. ¿Por qué volvió Boronía?

R. Empezó siendo una excusa para, después de 20 años, juntarnos, dar una fiesta y tomarnos unas copas. En ese momento se pensó en hacer una antología porque algunos guardábamos números. Incluso apareció gente que guardaba toda la colección y, bueno, eso te sube mucho el ego y te hace cometer locuras como la que hicimos. Así que de una antología pasó a ser algo más, añadiendo contenidos que nos apetecía hacer sin tener tampoco muy claro su nexo de unión. Queríamos ver qué era lo que se estaba haciendo y qué quedaba de los que se había hecho hacía 20 años. Y quedó un número muy sólido. Pero a pesar de la excelente impresión que dimos, para el siguiente número -que fue menos de un año después- tuvimos mucho menos de la mitad de publicidad que en este. Creíamos que si habíamos conseguido, de la nada, suficiente publicidad para editar 3.000 ejemplares del primer número, 1.000 de ellos con un CD, junto a una presentación de la hostia donde está ahora el Mercado Victoria, no tendríamos problemas en conseguir financiación para el segundo Boronía. Pero para nada fue así. Todo lo contrario.

Incluso apareció gente que guardaba toda la colección y, bueno, eso te sube mucho el ego y te hace cometer locuras como la que hicimos

P. Empezó la crisis.

R. O lo que sea que ha pasado en este país... Desde luego empezó a haber menos dinero. Ya teníamos claro que no íbamos a contar con el dinero que las instituciones habían puesto para la publicidad del primero porque nuestra propia relación con ellas no era muy buena. En ese número anterior había, por ejemplo, una página de publicidad de la Capitalidad Cultural y tres artículos supercríticos con la candidatura. Sabíamos que eso iba a acabar ocasionando el desencuentro que siempre ha tenido Boronía con las instituciones y que, de hecho, hemos buscado de alguna manera. Lo que menos me gustó de aquella primera edición fue que decidí poner toda la publicidad concentrada al principio y mucha gente que la veía se encontraba de entrada con la Junta, la Diputación, la Capitalidad, el Ayuntamiento... y la revista parecía un vehículo oficial. Es cierto que eso se acababa en cuanto leían el editorial o cualquier artículo de opinión de los que teníamos. Pero igual sí que cometí un error ahí.

P. Aquel número traía a Vicente Amigo en la portada. El flamenco ha marcado a la revista, sobre todo la figura de Morente.

R. Es curioso porque ese legado es el que menos me gusta; esa relación tan cercana entre el flamenco y Boronía, cuando no es una revista de flamenco. Pero evidentemente da esa impresión. Y de hecho, después de sacar a Vicente Amigo en portada y de tener a Morente en el segundo número, decidimos hacer un especial para agotar en ese número el flamenco como elemento inspirador a partir del cual se pudieran hacer otras obras artísticas. Por eso le dimos ese contenido al segundo: gente lejana al flamenco que se acercaba al mismo desde otros puntos de vista. Pero como se murió Morente pues... La historia natural que pretendíamos que tuviera Boronía empezó a desviarse. Lo hicimos con muy poca publicidad porque no queríamos que se pensase que queríamos aprovecharnos de la muerte de Morente. Era todo lo contrario. Y ya todo coincidió con los años más críticos y los gastos de edición eran ya muy grandes: un número lo hicimos con tinta de plata sobre un fondo negro, otro número con obras de artistas muy buenos, como Barceló, al que intentamos que casi pareciese un catálogo. Y también nos metimos en la vorágine de promocionar aquello; de moverlo para recuperar parte de lo que se había invertido y, sobre todo, para difundirlo. Porque los habíamos hecho en memoria de Morente. Así que nos metimos en la gira con Pepe Habichuela y en cosas que yo ya no sabía controlar, como era la promoción de conciertos y todo eso. Además, Morente tenía muchos seguidores pero también detractores y tuvimos pinchazos, como en Sevilla y en Jerez.

Lo que menos me gusta es esa relación final tan cercana entre el flamenco y 'Boronía', cuando no es una revista de flamenco

P. ¿Qué factura pasó esa etapa?

R. Sobre todo la del hartazgo. Ahora se ha hecho un homenaje a Morente en Madrid y, aunque he participado de alguna manera, veo que el postmorentismo, aunque yo haya sido uno de los culpables, me ha superado un poco. Necesito cerrar eso, sobre todo para darme el gusto de poder escuchar a Morente sin todos esos condicionantes encima. Creo que la peor factura es que en todo este proceso ha habido otros muchos proyectos que me interesaban y que he ido dejando aparcados por esta y otras circunstancias.

P. Pero con el último número decides dar un giro radical.

R. Lo de la crisis era uno de esos proyectos que te digo que estaban presentes. Empezó simplemente por la relación que yo tengo con Cristóbal Ruiz y por la empatía con los textos que él está escribiendo sobre esta situación. Nuestras ganas de dar un porrazo en la mesa, protestar y decir que todo esto nos parece una mierda. Tengo ganas de que dentro de 15 años alguien vea esta revista y recuerde quiénes tuvieron la culpa o facilitaron y fueron cómplices de que las cosas estén siendo como están siendo. Parece un giro radical pero Morente también era una cantaor que elegimos por algo, porque se salía, y si en el número cero tienes publicidad de las instituciones pero te metes con ellas es porque existe un espíritu que yo creo que está más o menos presente en todos los números. Tal vez en el próximo Boronía, por estar centrado en la crisis, es más evidente. Y todo es también por lo que te decía al principio de la entrevista: esa sensación de estupefacción, de cómo hemos sido capaces de ir asimilando y permitiendo todo lo que está pasando. Esta docilidad ciudadana me hace pensar que, por un lado, tenemos los que nos merecemos. Porque somos capaces de salir a la calle para festejar que nuestro equipo gane un título pero no somos capaces de reclamar lo que nos pertenece o lo que nos están quitando. Por eso creo que lo tenemos bastante crudo. Sé que es muy difícil enfrentarse y no sé cuáles son las vías para hacerlo, aunque algunas me parecen adecuadas como los escraches, o las plataformas de afectados por las hipotecas. Todo eso me parece muy bien, pero me sigue pareciendo poco. Y encima, estamos todos sometidos a una gran autocensura, ya no solo con lo que escribes sino con lo que piensas y lo que quieres decir, como si estuviésemos haciendo apología del terrorismo o algo así.

Veo que el 'postmorentismo', aunque yo haya sido uno de los culpables, me ha superado un poco

No entiendo, por ejemplo, que no haya una insumisión fiscal generalizada, mientras los que tienen pasta están usando la sicavs y recibiendo amnistías fiscales. No entiendo que algo como la prohibición de fumar no echase a la gente a la calle. Y eso que yo no fumo pero a mí me dio muy mala espina. Parece una tontería y es más, había razones para la prohibición, pero que te digan que algo que se podía hacer de repente y que no pasase nada, me pareció un síntoma muy malo. Porque hoy te dicen que no puedes fumar pero mañana te dicen que no puedes estar en tu casa o no puedes trabajar o ir a la seguridad social. Existe un interés en empobrecer a la sociedad y a los países para convertirlos en nuevos esclavos. Y quizás ya lo éramos antes, aunque pudiésemos irnos de vacaciones, comprarnos una moto y tener una casa, pero ahora ya lo han hecho evidente. Ahí está la génesis del último Boronía.

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