La culpa de todo es de Joan Manuel Serrat, no es de Yoko Ono. Él es el culpable de que haya gente que se haya enamorado y desenamorado, que hayan discutido al separarse y negociar quien se lleva qué discos. Es culpable de la turra que le dieron unos padres a sus hijos poniendo los discos en casa o las cintas en el Simca 1200 camino del pueblo.

Serrat es el culpable de que nos sepamos de memoria versos de Hernández o Machado y de que defendamos la alegría con Benedetti.

Es culpa de Serrat que Penélope Cruz no se llame Toñi Cruz, que tampoco estaría mal, pero no es.

Creo que Serrat es también responsable de toda victoria del Barça y de toda derrota y de que toda infancia se resuma en una colección de cromos o en un barquito de papel en una alberca, que es el mar. 

Vivimos en un mundo en que las culpas y los vicios van a menudo de la mano. Será una cuestión judeocristiana o algo de eso. Serrat siempre nos ha enseñado que la frontera entre una y otra cosa es borrosa.

Serrat es culpable, entre otras cosas, de que nos levantemos temprano pensando que va a ser un buen día – o no- y que fumemos un cigarro en la cama valorando la posibilidad de que hay que repintar el techo.

En la Axerquía nos dimos cita mujeres y hombres de cien mil raleas, de toda condición, repetidores y novatos, padres con hijos, madres con cuñados, primos con primas…

Todos y todas con la mirada vidriada de los que tenemos el vicio de escuchar a Serrat.

3.500 personas se convocaron para escuchar a Serrat y a su impecable banda liderada por los arreglos y teclados de Ricard Miralles y Josep Mas “Kitflus”, más David Palau, Vicente Climent, Ray Ferré, Juan Miguel Pérez y Uixi Amargol a la guitarra, las bases rítmicas, vientos y cuerdas.

Sonido justo y elegante para que Joan Manuel arrancara con Dale que dale, continuase con Mi niñez, El carrusel del Furo, El romance de Curro el Palmo y fuera desgranando un repertorio imbatible: Señora, Cançó de bressol, Algo personal, Pare, Hoy puede ser un gran día, Es caprichoso el azar (a dúo con la voz de Uxía, que abandonó el violín para cantar esa hermosa canción de amores azarosos)…

Serrat tuvo tiempo para dar explicaciones sobre las canciones y el propio oficio de cantar, citó a Neruda cuando el poeta decía que recordar a Miguel Hernández era un “deber de España, un deber de amor” y atacó “Las nanas de la cebolla” del poeta cabrero. Y 3.500 personas en La Axerquía callaron, no le dieron ni un sorbo a la cerveza ni encendieron un cigarrillo en esta noche tibia de domingo. Era liturgia.

Llegó Machado y sus Cantares y su Saeta y, al rato “se acabó la Fiesta”.

La última es siempre la que espera: Penélope. La más grande esdrújula jamás cantada.

Ah, bueno, también cantó Mediterráneo porque si no la canta, el público entregado se hubiese tirado al río al cantor desde el pretil del Puente Romano.

Tras dos horas de concierto, por los vomitorios del teatro al aire libre de septiembre, desfilaban esos hombres y mujeres de cien mil raleas, muchos de ellos con los ojos enrojecidos.

Ahora les toca aguantar, con elegancia, “el mono” del vicio que el tiempo les regaló. 

Escuchar a Serrat es vicio y virtud. Damos gracias eternas por ello.

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