Quevedo destila su vitriolo en la ciudad de Góngora

Juan Echanove en el Gran Teatro | MADERO CUBERO

Francisco de Quevedo no se andaba con demasiadas tonterías cuando de Luis de Góngora se trataba. Llegó a comprar la casa de éste para darse el gusto de desahuciarlo. Así lo ha recordado este jueves Juan Echanove, actor que encarna en Sueños al escritor madrileño del Siglo de Oro que se hizo famoso en su tiempo por las estocadas verbales que intercambió con el cordobés. Unos dardos que no fueron óbice para que pasaran juntos a los anales de la literatura universal por sus respectivas obras artísticas.

Con un bigote, una perilla y unas greñillas plateadas, tan señoriales como cuidadosamente descuidadas -propias de la incipiente decadencia del siglo XVII español- Echanove se presentó ante los periodistas para dar una lección de historia, literatura y amor por el teatro en apenas 20 minutos de charla. Tiempo suficiente para ir y volver de la España de Felipe III y Felipe IV a la de la actualidad. “Cuando empezamos a preparar esta obra notaba que había semejanzas. Pero un año y medio después, asusta lo mucho en que se parecen los dos momentos”, destacaba Echanove.

Cuatro siglos de diferencia tampoco impiden que se mantenga el mismo vigor en unos versos que se asaetean con tanto vitriolo hoy como entonces. Y que se clavan en la frente de los espectadores como antaño lo hacían en la de los lectores. Todo eso estará presente en la obra que el viernes y el sábado se representa en el Gran Teatro de la ciudad de Góngora -ironías de la literatura y la escena- trufando la obra de juventud del escritor con pasajes claves de su literatura y momentos de su biografía.

“Quevedo sería hoy un periodista. Uno de esos odiado por muchos y necesitado por todos”, explicaba Echanove para contar el nivel de implicación del poeta en la actualidad de su tiempo. Una visión compleja y global que volvía inteligible en versos directos y claros como las líneas de una noticia bien escrita. Piezas que llegaron a molestar al valido del rey, el Conde Duque de Olivares, que mandó encerrar al escritor en el helado convento de San Marcos de Leon. Como -¿tal vez?- se haría hoy en día.

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