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Las miles de telas de la deshonra: así convirtió la Inquisición la Mezquita de Córdoba en un libro de apellidos malditos

Reconstrucción de cómo se colgaban los sambenitos en la Mezquita de Córdoba.

Juan Velasco

25 de octubre de 2026 19:57 h

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Imagine el lector el Patio de los Naranjos de la Mezquita de Córdoba hacia 1620. Olvídese del trajín de turistas y guías, de sus muros tapiados. Imagine las galerías que lo rodean cubiertas, de arco en arco, por hileras de paños amarillos separados por líneas negras. Unos llevan una gran aspa roja; otros, llamas. En cada uno, un nombre, una ciudad y un año. Imagine, en fin, que son unos 4.000 y que cualquiera, solo con pasear, puede leerlos: es el libro abierto de apellidos malditos de toda una ciudad.

Esa imagen es la que han reconstruido Cloe Cavero de Carondelet y Yonatan Glazer-Eytan, ambos investigadores de la Universidad de Princeton, en Infamy within Sight: Making and Unmaking Sambenitos in the Early Modern Iberian World. El trabajo, publicado en Renaissance Quarterly en 2024, ha sido distinguido con el William Nelson Prize de la Renaissance Society of America.

Los autores cuentan a Cordópolis que, a su juicio, el jurado del premio ha acabado valorando su ambición geográfica y cronológica, ya que es un trabajo que va de Córdoba a México y a Goa. “Uno de nuestros objetivos principales fue precisamente el no quedarnos sólo en analizar casos interesantes o curiosos, sino en ir de lo particular a lo general, y reconstruir de la forma más completa posible un fenómeno de enormes dimensiones que llegó a afectar profunda y dramáticamente a todos aquellos que vivieron en los diferentes territorios de los imperios español y portugués”, explican Clavero y Glazer-Eytan, que descubrieron el caso de Córdoba a través del trabajo del historiador cordobés Rafael Gracia Boix y del catálogo de una antigua exposición sobre la Inquisición celebrada en Madrid, donde las increíbles pinturas de sambenitos de Córdoba fueron reproducidas por primera vez.

Sambenitos de Andrés Duarte, condenado en 1619 como judaizante, y de Antonia Gómez.

Del hábito al monumento de la vergüenza

De hecho, el trabajo parte de la misma noción de sambenito. Cuando uno escucha esa palabra, lo lógico es pensar en la túnica infamante que el condenado vestía en el auto de fe. Sin embargo, los autores de este trabajo muestran que esa fue solo su primera vida. Después, la prenda se despegaba del cuerpo y pasaba a colgarse en iglesias y conventos. Dejaba de ser un castigo para convertirse en un monumento, con una inscripción que decía quién era el condenado, de qué delito y en qué año.

En cualquier caso, el objetivo de la Inquisición era que la deshonra no se apagara con la persona. La normativa inquisitorial de 1561 ordenaba renovar los sambenitos viejos para que la memoria de la infamia de los herejes y de su descendencia no se perdiera nunca. De ahí que, la noción moderna parta de aquel rito: un sambenito es la reputación que a uno le cuelgan de por vida y que incluso pueden heredar sus descendientes.

Sin embargo, desde el siglo XVI, la normativa inquisitorial exigió que los sambenitos estuvieran a la vista de todos. Hacia 1600, los claustros de la catedral de Córdoba albergaban unos 4.000: un archivo público, abierto a cualquiera que quisiera consultar la deshonra de un linaje. Y, como las telas se pudrían con la humedad, el polvo y los insectos, la Inquisición las sustituyó por grandes paños, las “cortinas”, con decenas de sambenitos cada uno.

Los fue renovando década tras década. En Córdoba, esa política dio lugar a un volumen que los autores consideran coherente con el peso de la ciudad. Córdoba tenía tribunal inquisitorial, un poder episcopal fuerte y una historia de persecuciones contra judíos y conversos. “Lo cierto es que en Córdoba había Estatutos de Limpieza de Sangre en su catedral ya desde 1530. Sin duda, el caso de Córdoba es representativo de un grupo de ciudades destacadas en España y su imperio”, sostienen los autores.

Dibujo del cabildo de Granada hacia 1582, con anotaciones a mano sobre qué sambenitos se veían desde el altar mayor.

Un paisaje que hablaba a todos

Clavero y Glazer-Eytan subrayan que la catedral era también un eje de la vida social y urbana. Las telas del Patio de los Naranjos contribuían, dicen, a “configurar un paisaje visual hegemónico”, que materializaba la autoridad religiosa y el orden jerárquico del Antiguo Régimen. Por allí pasaban personas de todas las edades, estatus y niveles de educación, y todas recibían el mismo recordatorio de las desigualdades entre los cordobeses. Esa experiencia diaria alimentaba la exclusión.

No obstante, sostienen que, en el caso de Córdoba, la tensión entre sambenitos e imágenes de culto no fue tan pronunciada como en otros lugares . “Esto se debe a que, ya desde el siglo XVI, los sambenitos fueron relegados a los claustros, uno de los espacios más utilizados por la Inquisición para colgar sambenitos en todo el mundo hispánico. Los claustros eran especialmente convenientes para colgar sambenitos no sólo por su tamaño y por su accesibilidad, sino también porque no eran espacios tan sagrados como los interiores de los templos. Los claustros eran, así, un lugar de compromiso, donde la Inquisición lograba su objetivo de hacer plenamente visibles la memoria de los herejes, y los obispos lograban, por su parte, mantener la atención de los fieles en el culto de los santos”, detallan.

En otras ciudades, los sambenitos sí provocaron conflictos abiertos con los obispos. Uno de los casos más curiosos es el de Granada, donde el Cabildo se quejó de que distraían incluso al sacerdote durante la misa y de que los fieles daban la espalda al Santísimo para leer los nombres.

sambenito de Juan González Rubio, condenado en 1486, copiado en 1620 para la investigación de Rubio de Herrera.

El hombre al que las telas cerraron la puerta

Nombres como el del caso que acapara buena parte del interés del artículo, Juan Rubio de Herrera, a quien los autores consideran “emblemático para entender el enorme poder de la infamia en la sociedad del Antiguo Régimen”. ¿Quién era Herrera? Pues nació en Córdoba en 1579 y desde 1604 trabajó en Roma como agente de la Corona española. En 1619 consiguió del papa Pablo V una media ración en la catedral de su ciudad. Era un puesto modesto, pero estable y, sobre todo, de prestigio, porque se asociaba con la condición de cristiano viejo.

Entonces el Cabildo abrió una investigación de limpieza de sangre. Fue larga, de 1620 a 1625. Entre los 65 testigos, ocho hablaron de sambenitos. Un presbítero de setenta años declaró que unos ancianos de crédito le habían señalado, hacía unos treinta años, el paño del tatarabuelo de Rubio de Herrera, quemado por la Inquisición. El pintor Francisco Oliver, que había restaurado esas telas, afirmó que su conocimiento era indudable porque había pasado “por sus manos”.

El Cabildo no se fió solo de lo que se decía y practicó una “inspección por vista de ojos”: dos clérigos y un notario fueron al claustro y anotaron la fila y la columna de cada sambenito sospechoso. Después encargaron al pintor Agustín de Borja copias a color, certificadas al dorso por el notario. Las copias eran prueba judicial, y una de ellas, la de Isabel de Herrera, condenada en 1504, muestra un aspa naranja sobre fondo amarillo bajo una inscripción en letras negras.

A pesar de que Rubio de Herrera impugnó el procedimiento y logró que se repitiera en 1625, lo perdió. Los jueces le denegaron el puesto. Los autores señalan, sin embargo, que el sambenito tenía un límite: la distancia. En Roma, donde no existía nada parecido a los estatutos de limpieza de sangre, siguió presentándose como medio racionero de Córdoba hasta su muerte en 1641. Así lo dice su lápida.

Su caso, efectivamente, puede considerarse “un ejemplo de resistencia a las jerarquías e instituciones españolas del Antiguo Régimen”, según los autores, que describen Rubio de Herrera como “un hombre con ambiciones sociales y económicas evidentes” que vivía en un mundo muy desigual, donde el linaje tenía grandes consecuencias sobre la vida y oportunidades de la gente. “En aquella España, el tener antepasados judíos o musulmanes, o condenados por la Inquisición, manchaba la reputación de todos los descendientes, y podía llegar a inhabilitarte para ostentar muchos puestos de poder”, resumen.

Seis sambenitos de condenados entre 1490 y 1509 en la iglesia de San Martín de Coruña del Conde (Burgos).

La resistencia y el final

La investigación de Cavero de Carondelet y Glazer-Eytan no se limita a mostrar el poder del sistema, y los propios autores insisten en que querían contar también “las múltiples maneras en las que la gente resistió”. Así, hubo peticiones colectivas para trasladar los sambenitos de los forasteros. Hubo robos: en Tui, en 1763, desaparecieron dos paños poco después de que una familia de cristianos viejos copiara sus inscripciones para impedir la boda de su hijo con una joven de supuesto origen judío. Hubo también sambenitos falsos colgados para difamar a un enemigo, y el exilio, como el de Rubio de Herrera.

Con el tiempo, el sistema se erosionó. Se deterioraron las telas, se relajó la vigilancia y a lo largo del siglo XVIII los tribunales dejaron de colgar otras nuevas. Las Cortes de Cádiz ordenaron en febrero de 1813 borrar o destruir las pinturas e inscripciones que detallaban penas inquisitoriales. En Las Palmas de Gran Canaria, el cabildo quemó los suyos apenas tres días después de recibir la noticia.

Hoy los sambenitos han desaparecido de los claustros cordobeses, pero el artículo deja una pregunta que sobrevive a su objeto: ¿Qué le ocurre a una sociedad que decide que la memoria de la culpa debe estar a la vista, colgada en la pared de su templo más importante, y que cualquiera puede leerla? En Córdoba, la respuesta tuvo nombres y apellidos. Juan Rubio de Herrera, nacido en la ciudad, vio cómo unos paños de más de un siglo de antigüedad bastaban para cerrarle las puertas del Cabildo de su propia catedral. Él mismo lo resumió, según cuenta un testigo, con una queja amarga: tenía “un jirón” que le atravesaba todo el cuerpo.

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