El flamenco heterodoxo de Niño de Elche y Rocío Márquez seduce a Córdoba

Niño de Elche | TONI BLANCO

Son dos de las voces más interesantes que ha dado el flamenco en los últimos años. Claro que Francisco Contreras, Niño de Elche, se considera exflamenco, y que Rocío Márquez, huye de la ortodoxia sin hacer desplante. Pero son. Y están. Y coinciden en muchas cosas -y discrepan en otras con mucho cariño-.

Y el calendario otoñal cordobés ha querido que coincidan también este sábado en el Centro Histórico de Córdoba sus voces, que casi se han fundido en el cielo encapotado o bajo el subsuelo que une el Palacio del Bailío, donde Niño de Elche ha presentado Colombiana, y la Iglesia de la Magdalena, donde Rocío Márquez ha traído su Visto en El Jueves. Dos trabajos, dos, que desafían los convencionalismos y que juegan con las expectativas de los puristas y los heterodoxos.

Arrancaba la tarde con el quejío de Niño de Elche quien, dentro del ciclo Momentos Alhambra, se sentaba en el Patio del Palacio del Bailío para ofrecer un repertorio que basculaba entre sus dos últimos trabajos, y que, como suele ser habitual en él, regaba de su peculiar humor. A su lado, la guitarra de Raúl Cantizano, otro experto en retorcer las convenciones, en este caso de un instrumento que, en sus dedos -y en su cabeza-, todavía tiene muchas cosas que decir.

Con el concierto, realizado antes más de 200 personas, iba tocando a su fin, comenzaba en la Iglesia de la Magdalena el recital de Rocío Márquez. Hasta allí se había trasladado desde el Palacio de Viana el concierto por la amenaza de lluvia. Llegaba la cantaora onubense a esta cita con todas las entradas vendidas, consolidada como una de las voces más relevantes del nuevo flamenco, con un pie en la tradición y otro en la vanguardia.

Su concierto fue, en parte, eso: Un paseo por sus referentes y un derroche de su poderío. Partiendo de su quinto disco, Márquez recrea en sus cuerdas vocales canciones que ha ido recogiendo en el Mercadillo de El Jueves, en la calle Feria de Sevilla, casi una excusa para plantarse ante la ortodoxia y reclamar el presente a viva voz.

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