“Nunca escribas nada que pueda avergonzar a Dylan”

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Benjamín Prado “pincha” las canciones de su vida en el BuleBar del Teatro Góngora| Dylan, Reed, Waits, Nirvana, Leño, Tequila y Sabina forman parte de la biografía musical de un autor que parece haber vivido tres vidas

Una nunca hubiera sospechado que Benjamín Prado saliera al escenario al son de Barry White. A un rockero de la literatura, amigo de toda clase de crápulas y veterano en la guerra de la vida, de esos que tienen pinta de sabérselas todas, no le pegaba una música tan moña para aparecer en el BuleBar. Un concepto espacial que ha rescatado la sala Polifemo del teatro Góngora para Cosmopoética. Allí, con mesitas de cabaret, pudimos escuchar la biografía del escritor a través de la música de su vida mientras saboreábamos, pongamos, un vodka con naranja (lo que bebió Benjamín durante el recital).

El escritor confesó que White era lo que más escuchaba con 13 años en cintas de cassette, “un artista que sacaba un tema cada quince minutos, era el Luis Antonio de Villena de los cantantes, aunque ahora no sé si me gusta o no”. Así comenzó la vida en canciones de alguien que es incapaz “de escribir una sola línea sin música”, en palabras propias, una pasión que siguió ilustrando con “el que inventó los cascos me dio la vida” o “el golpe directo que te da la música es muy difícil de conseguir con otras cosas”.

Locuaz, natural y divertido, Prado tenía anotado su setlist en la tablet y entre sorbo y sorbo de los dos vodkas que se bebió, sonó su música. “La canción por la que estoy hoy aquí sentado es Hurricane de Bob Dylan”. Si Benjamín declaró su amor por alguien anoche, ese fue Dylan, “capaz de hacer una novela de Marsé en una canción de ocho minutos”. Por eso Benjamín quiso ser como Dylan y no “escribir nunca nada que pudiera avergonzarlo”. El escritor contó varias batallitas de su confesa mitomanía y sobre cómo persiguió a Dylan para conocerlo y hacerle llegar sus novelas traducidas al inglés; de cómo le pidió permiso para robarle el nombre de Refugio contra la tormenta para titular un libro suyo y para acabar proclamando que el Dylan que más le gusta es el de los 60, mientras sonaba I want you.

A propósito de la voz de Dylan, Prado dejó claro que “no se canta con los pulmones sino que se canta con otras cosas, y esos son los cantantes que me gustan a mí”. Y ahí salió su amigo Sabina, con su voz destruida por el tabaco y no dormir, y junto a quien ha escrito decenas de canciones. También en esta categoría de voz rota se encuentra su admirado Tom Waits “que es cultura”, cuya voz también sonó, aunque otros, como Sinatra o los Beatles, se quedaran en silencio por muy nombrados que fuesen. Nirvana llegó con Lithiun. “El grupo que resucitó a Hendrix”, también fue importante en la vida del escritor, quien conoció a Kurt Cobain en su camerino de un concierto madrileño, “fumando algo de curso no legal y con la mirada más triste que jamás haya visto”.

El rock español, ese que lo curtió en las calles del área metropolitana de Madrid en los 70, estuvo representado por Burning, Mueve tus caderas;  Leño, Maneras de vivir, con la frase “te quiero y no es para ti” en la que “toda poesía del mundo está en esas pocas sílabas”, según Benjamín Prado; Tequila y la mención a Asfalto y Miguel Ríos con los que Prado saltaba en los conciertos “mientras se me metían por la espalda otras cosas: soñaba con ser escritor”.

El autor de Raro tiene una última época de literatura y música ligada a Coque Malla, con quien hizo una gira en la que él leía poemas y el músico tocaba canciones y en la que aguantaron “todo lo que pueden aguantar dos gallos en una jaula”. Después realizó la misma fórmula con Pereza y tras la separación del dúo, junto a Rubén Pozo y Rebeca Jiménez.

El final de este cabaret rock vino de la mano de Sabina y del disco que escribieron juntos en Praga, alojados en un lujoso hotel, y llamado Vinagre y rosas. Benjamín acabó recitando el tema que le dedicaron a Ángel González, Menos dos alas, compuesto en el cabaret Darling, al que iban en una limusina . “Es una canción muy melancólica, pero Joaquín insistió que tenía que ser una rumba”.

Una más que jugosa velada con alguien que no se fía de la gente que “no admira a alguien”. A Benjamín Prado le encanta la gente “que se vuelve loca por las cosas” y lo contrario es envidia, rencor y venganza. Esa España profunda aun tan presente en todas partes. Pudo ponerse a salvo de esa oscuridad y respirar aliviado cuando vio acercarse a tres groupies tras el show, por la alegría que da comprobar que sigue habiendo gente tan mitómana como él  y que las gotas de rock aún despiertan atracción.

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