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'Cien años de soledad' inspira una colección de azulejos cerámicos artesanales

'Cien años de soledad' inspira una colección de azulejos cerámicos artesanales.

Redacción Cordópolis

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Técnicas tradicionales, artesanía en cerámica y diseños originales en una colección de azulejos basados en la novela Cien años de soledad. Se trata de una exposición de la creadora Marta Cuevas, que puede verse hasta el 28 de junio en la Biblioteca Central de la Red Municipal, y que se inspira en la célebre obra de Gabriel García Márquez.

La exposición, que surge como proyecto en la Escuela de Arte Dionisio Ortiz de Córdoba, en el Ciclo Superior de Cerámica Artística que cursa la autora, presenta una serie de nueve azulejos cerámicos con objetos o escenas de Cien Años de Soledad. Surgen del deseo de dar una apariencia física a elementos, personajes o situaciones de la novela de García Márquez, partiendo siempre del imaginario de la artista tras la lectura de la obra. 

Son diseños originales seleccionados entre muchos apuntes y bocetos, llevados a cerámica y trabajados con técnicas decorativas tradicionales, cuidando poner en ellas todo el mimo, expone la autora.

Símbolos y elementos de la novela

Las escenas representadas están cargadas de simbología, con el filtro de su propia interpretación de la obra. El viejo Melquiades, profeta, sabio, inventor, narrador omnipresente, acompaña durante toda la historia de Macondo hasta el declive de la estirpe, vaticinado en sus pergaminos. Se puede ver su dentadura en el vaso, del que crecen flores amarillas, simbolizando la buena suerte; “Mientras haya flores amarillas, nada malo puede ocurrirme”. 

Se cumple la maldición y mayor miedo de los Buendía: engendrar hijos con cola de cerdo. Símbolo de pecado y culpa, toman forma en la en la malformación del hijo. La venda negra de Amaranta, que le recordará de por vida a quien no tuvo y, aun así, perdió. Las mariposas amarillas, presagio de amor imposible, compendio de soledad y amor. El cautiverio voluntario del patriarca, José Arcadio Buendía, amarrado al castaño y acompañado por el fantasma de su antiguo enemigo.

Los pescaditos de oro, realizados con mimo y paciencia por el coronel Aureliano Buendía, en contraposición al hombre de guerra que todos conocen. La pila de 72 bacinillas, arrumbadas tras un único uso, para las 68 compañeras de Meme y cuatro monjas, todas ellas invitadas a dormir una noche en la casa familiar. La pequeña Rebeca, en su llegada a Macondo, arrastrando el saco con los huesos de sus progenitores.

También se ve a este personaje, de carga misteriosa, comiendo puñados de tierra, cuando la sacuden momentos de crisis. Es símbolo de la soledad que sobrevuela toda la historia, bien elegida o bien advenida.

Para quien ya se haya sumergido en el realismo mágico de Macondo, la autora espera que estas escenas sean pequeños puentes que reconecten con su memoria. Y para quien no, un gusanillo que invite a hacerlo. “Ojalá esta selección se convierta en un brebaje restablecedor de la memoria, como ya hizo Melquiades, para luchar contra la peste del insomnio y el olvido que conlleva”, concluye en su presentación de la exposición.

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