Billete de ida y vuelta

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Contra todo pronóstico, un factor aquí que se revela más poderoso que la muerte, e igual de incontestable: la Vida. Hay aquí una puesta en escena sobria que bebe de Lorca en inmaculados vestidos de novia y en negros tan profundos que sólo dejan permear oscuridad. Hay una propuesta verdaderamente jonda en esta ópera, hecha en formato de vanguardia. Hay músicos que beben del flamenco más puro, destilándolo sobre el escenario en transgresión rockera. Hay, por encima de todo, un francotirador musical, Fernando Vacas, que en cada uno de sus proyectos pare golpes certeros, rebosantes de universos dentro. Proyectos que, como A través de la luz, nacen del punto de encuentro exacto entre el abismo y el vuelo.

De unir ambos extremos va esta ópera flamenca, etiquetada así en homenaje a aquellos albores del siglo XX, cuando el flamenco pasó de la taberna a las plazas de toros, para empezar a recibir esa etiqueta de “ópera” porque, denominándola así, el espectáculo tributaba más barato. Fernando Vacas, incorpora esos detalles singulares de la Historia aflorándolos a la superficie como auténticos hallazgos de su búsqueda artística. Siempre singular y única. Y en esta ópera, hay varios momentos Eureka (como se llama su propio sello discográfico, será por algo...)

De entrada, hay una historia que arranca en sentido inverso a la propia vida: va de la sombra hacia la luz. Y lo hace basándose en un hecho real: la parada cardiorrespiratoria de una persona que estuvo muerta por espacio de tres minutos.

Transitando por el posterior viaje que el alma de esa persona realiza en el transcurso de ese escurridizo tiempo que se dilata en una denodada lucha por abandonar la imparable sombra que se cierne sobre su vida. Otro gran descubrimiento es la música, más intensa y arrebatadoramente poderosa en su parte oscura, interpretada por Vacas y la Royal Gypsy Orchestra con Lin Cortés al frente de la percusión...

En la batalla que plantea la obra, la luz juega de forma austera con la trama en esta inusual pieza, que sorprende al comprobar cómo, con ingredientes puramente flamencos, están tirados aquí los dados: Un yunque de sonido metálico e industrial clava su golpe hasta las entrañas en la ya “la insoportable levedad del ser”, que diría Kundera, a la que estamos asistiendo. Entre el cante y el baile que remiten al clásico cuadro flamenco, se abre la delicada voz de la actriz y cantante portuguesa María de Medeiros sumergiendo en el misterio. Mientras la aparición estelar del bailaor Javier Latorre, premio nacional de danza,

va cuadrando con la poética de su cuerpo los tiempos. Los de la obra y los de la muerte, rebobinando hacia la vida en un trayecto agonizante.

Dos zapatos de tacón golpeados a modo de baqueta entre las manos arrancan a la percusión una tensión nueva, un nuevo desangre, imprimiendo ritmo a la ordalía de viajes en el tiempo que se detienen en el negro que domina toda la parte derecha del proscenio. Hasta iluminarse con el baile del cuadro flamenco cuando los rayos de luz, de vida, van entrando finalmente a raudales, colándose por todas partes, dejando atrás, como un pesado fardo este viaje del que salimos redimidos a golpe de guajiras, tientos y bullirías...“

Que tus sueños sean más grandes que tus miedos“, se escucha en algún momento.

May Gañán, periodista y artista

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