Zoco: asfixia identitaria

Elena Lázaro / Ilustración: Rafael Obrero


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No es que no estén. De hecho casi se acercan al centenar. Es sólo que su presencia resulta apenas apreciable distraída como queda la mente por el insoportable calor que sube desde el suelo. Ese suelo imposible de granito con el que algún día, allá por el tiempo en el que atábamos los perros con longanizas e inflábamos burbujas, decidimos que enlosetar las calles, plazas y bulevares era la mejor forma de construir el espacio común ¿Quién quiere un parque cuando puede disfrutar de una buena plaza de granito de la sierra para tomarse un medio y torrarse las neuronas?

La imagen rebosa cordobesismo a raudales, pero tengo prohibido ficcionar. No les miento. No hay nadie bebiendo fino en la Plaza de Matías Prats. Aquí sólo corren ríos de horchata, granizada y helado. Porque lo de torrarse, como lo del granito, no es mentira. Dos heladerías, en la calle José María Martorell, hacen su octubre -en Córdoba es imposible que nadie haga su agosto- aliviando la carga a los padres de la cocrianza que cuidan a sus criaturas y las pasean de extraescolar en extraescolar. La parada a la sombra de los edificios resulta obligada. Les veo contemplar la infinitud granítica como sénecas del nuevo milenio en lo que intuyo como una clase de rutina de mindfulness consistente en soltar a las crianzas a correr por la plaza y olvidarse de mirarlas. Un clásico; padre que mira al infinito mientras hija se deja las rodillas al tropezar corriendo en la plaza. No hay sangre porque la superficie lisa del pavimento evitar el rasguño, así que se ahorran lavar heridas. Granito 1- Parque 0. Eso sí, el hematoma por contusión no se lo quita nadie. Empate técnico.

He contado 28 árboles en el perímetro que rodea la plaza en la parte donde se derrite desde hace un cuarto de siglo la escultura dedicada al periodista taurino Matías Prats. Viví un año a cien metros de ella y pasé cada día pensando en ir a colocarle un sombrero de ala ancha para ayudarle a soportar los inconvenientes del tendido al sol donde el Ayuntamiento le puso a pasar la eternidad. Verle en esa soledad asfixiante me generaba angustia.  Al regresar esta tarde me ha alegrado ver que el Tiovivo Mariloli -instalado en la puerta del centro comercial hace 25 años- se ha trasladado -obligado según me cuenta el dueño- a este lado de la plaza. Al menos ahora, la chiquillería le hará algo de compañía a don Matías.

He contado 28 árboles porque me he cansado de contar y he hecho un cálculo aproximado. Casi un centenar de árboles intenta crecer por encima del granito. Por eso digo que no es que no estén, es que los árboles aquí pasan desapercibidos. De hecho, la copa de la mayoría no pasa del suficiente raspado en la única asignatura que debía preocuparnos es esta ciudad: la sombra. Y la Plaza del Zoco no es una excepción.

No es que me haya mudado al cambiar de renglón; es que, con permiso de Don Matías, aquí usted, como yo, sabemos que esta plaza es la Plaza del Zoco porque es el centro comercial, o más bien el supermercado Deza que lo mantiene vivo, quien organiza la vida del barrio al que tampoco llama nadie Poniente, sino Zoco. Puro cordobesismo y esta vez sin ficción que valga.

Es posible que sea eso lo que haga tan popular la plaza, que no hay nada más cordobés que torrarse bien y, aunque quizás ha llegado el momento de revisar esto de la asfixia identitaria, admito que mientras los pinceles han ido dibujando la escena he olvidado que hace rato que mi perro me reclama salir de aquí achicharrado por la temperatura del suelo. Despierto del letargo senequista contemplativo y huimos hacia el vecino Parque de Elena Fortún. Allí no sirven helados ni hay quien eche las cuentas de los árboles, pero poco importa cuando te puedes raspar bien las rodillas y mancharte el culo de verde como dice la poeta Bebi Fernández. 

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