La vida estaba en otra parte: la lucha de Tamara por escuchar esa voz que te llama “mamá”

Tamara Cosano

Tamara Cosano no es la misma que la que era en 2014, cuando se quedó embarazada por primera vez. Hasta llegar a hoy ha dejado mucho sufrimiento, desvelos, llantos y ansias por aquello que estuvo a punto de costarle la vida: ser madre. Criada en un entorno donde lo importante era procrear y tener una familia –cuanto más grande, mejor–, unida a un instinto maternal que siempre la ha acompañado, ha pasado años de su vida acudiendo a médicos, sometiéndose a fecundaciones in vitro que nunca acabaron culminando. Y en el camino, se perdía un poquito más de aquella Tamara.

Pensaba que “eso” tan natural como era tener un hijo, y que tanto había visto en su alrededor, ¿cómo le iba a costar a ella? A lo largo de los años, Tamara y su marido, David Pino, han estado luchando contra un Goliat que, finalmente, les acabó ganando. Les arrebató sus ganas de seguir en esta incansable batalla y hoy viven con la tranquilidad de haberlo intentado todo y de saber que sus tres bebés están con ellos aunque no puedan besarlos.

Como la escritura ayuda a sanar el alma, Tamara acaba de publicar el libro Historia de una FIV… y alguna más –en colaboración con la Clínica Dental Gallardo– en el que narra toda su historia vital con el objetivo de ayudar a otras tantas mujeres que se encuentran inmersas en un proceso de fecundación in vitro (FIV) o que se están planteando hacerlo. La importancia de la divulgación. “Hay muy poquita información sobre esto. Se sabe lo bueno, que es poder quedarte embarazada, pero no lo malo, porque los tratamientos y sus consecuencias siguen siendo un tema tabú”, cuenta a Cordópolis. “Me levantaba enfadada o cansada; era tanta la obsesión que tenía por tener hijos que decía: Esto es pasajero”.

El dogma de “una familia grande”

Para intentar acercarnos a la vida de Tamara debemos remontarnos a muchos años atrás, cuando nace en Barcelona en el seno de una familia muy grande en la que las mujeres se casaban y “empezaban a tener muchos hijos”. Además, estudió en un colegio del Opus Dei, por lo que el dogma de “una familia grande” le ha perseguido durante buena parte de su vida hasta marcarle en su manera de entenderla. Con este contexto, recibir con 24 años el diagnóstico de endometriosis fue un jarro de agua fría. El diagnóstico fatal que le trasladaron los médicos, “no podrás tener hijos”, cambió a las semanas cuando se puso en manos de otros profesionales. Efectivamente, sí podría tener hijos, aunque iba a tener “algunos problemas a la hora de fecundar”.

Como el embarazo no llegaba, ella y su marido recurrieron a la FIV. “En ese momento dije: Buah, pues ya está, solucionado el problema. Me hago las fecundaciones que haga falta porque yo voy a ser madre”. Pero, no. En el libro, Tamara relata los errores médicos que la llevaron a operaciones y a sucesivas fecundaciones. Hasta nueve. Todas fallaron salvo dos.

Porque Tamara sí ha estado embarazada, aunque no pueda tocar a sus hijos. El primer embarazo llegó a término a los cinco meses. Unos fuertes sangrados alertaron de que algo estaba pasando. Y así fue. Tuvo que dar a luz su bebé junto a su marido en una habitación de hospital en la que estaban acompañados de otra pareja. No tuvo intimidad para vivir ese momento tan delicado. Uno de los momentos más bonitos para una madre lo vivió de una forma que nunca había imaginado. Su bebé nació con vida, pero a las horas murió. No tuvo soledad para llorar.

Tras aquel trance, se recuperó y afrontó otro proceso de fecundación. Meses después de este parto, volvió a quedarse embarazada, esta vez, de mellizos. Pero vuelta a empezar. Otra vez con cinco meses dio a luz a sus hijos, esta vez en un paritorio, pero a las horas fallecieron. “Ahí ya estaba bloqueada. Hablaba con mi psicólogo y le decía que no tenía pena, que qué me estaba pasando. Simplemente, estaba en shock”.

Parar. Ese es el verbo que ha aprendido Tamara al final de este camino. Aprendió a parar, a que ya no quería más, cuando vio el sufrimiento de su marido y de su madre y cuando, además, le fue detectado un cáncer de mama hormonal. “Todo eso generó en mí un punto de inflexión”, reconoce Tamara. Los 14 días previos a saber “si me iba a morir o no con 40 años” le arrojaron multitud de preguntas: qué es lo que había hecho durante estos años y por qué teniéndolo todo para ser feliz los había sacrificado. “Ahí me di cuenta que quería seguir viviendo, disfrutando de la vida, de mi familia y de mis amigos. Me di cuenta que no somos menos mujeres las que no podemos ser madres o las que deciden no serlo”.

Y como el destino es así de caprichoso, tras el segundo parto, Tamara y David supieron que el problema de que los embarazos no llegaran a término estaba en una malformación de una arteria en el útero, “pero ya estábamos muy cansados para volver a intentarlo”, por lo que empezaron los trámites de adopción. Pero en tres días, la vida de la pareja volvió a dar un vuelco de 180 grados. Firmaron los trámites de adopción, viajaron a la playa, Tamara se detectó un pequeño bulto y se sometió a una biopsia. El tumor se cogió a tiempo, ella se sometió a radioterapia y le extirparon un pequeño trozo de la mama. A pesar de que no hay estudios concluyentes, a Tamara le es imposible no relacionar su cáncer con los largos años de tratamiento a los que se ha sometido. “He estado diez años hormonándome y mira, además de que dejé de hacer muchas cosas”, afirma. “Soy defensora de la FIV, pero también es necesario que se expliquen todas las consecuencias que puede haber tras todo el proceso”, reitera.

Cuando Tamara supo en 2014 que se había quedado embarazada, como cualquier madre que vive esta dulce espera, empezó a comprar cosas para el bebé y a imaginar cómo sería. Su hijo falleció y cuando llegó a casa no había nada material que le hiciera recordar que hasta hace unos días un pequeño latido bombeaba al compás del suyo y de la voz de su padre. Ese sonido en el ecógrafo se le ha grabado a fuego. Nunca ha preguntado qué paso con aquellas cosas.

Ahora mira las ecografías de sus hijos sin llorar. El mejor síntoma de que ya duele menos.

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