Un Ramadán fraternal en el corazón de Córdoba
Son las 19.30 horas de la tarde. Acaba de apagarse el sol y comienza a anochecer. Un grupo de musulmanes cordobeses extienden sus alfombras sobre el suelo. Mustafá Hassan, un ciudadano de Níger afincado en Almodóvar del Río, se coloca en dirección a la Meca y dirige la oración del magreb. Es miércoles 19 de marzo, penúltimo día de Ramadán, el mes sagrado para los más de 2.100 millones de musulmanes del planeta.
No estamos en una mezquita. El suelo que acoge a los musulmanes descalzos es suelo cristiano. Nos encontramos en un bello patio porticado de la Casa de la Concha, perteneciente a la Institución Teresiana, en pleno corazón de la Medina cordobesa. No es frecuente ver a musulmanes y cristianos celebrar de forma conjunta una misma festividad religiosa. Pero hoy las dos comunidades monoteístas han querido entrelazar su fe en un bello acto de hermandad espiritual.
Mientras los musulmanes cordobeses se postran en las alfombras en señal de sumisión a Alá, un grupo de cristianos observa en respetuoso silencio bajo la galería porticada. Minutos antes, Bárbara Ruiz Bejarano, miembro de Junta Islámica, ha explicado ante todo el grupo cuál es el sentido que se esconde tras el Ramadán y el ayuno que obliga a los musulmanes a no ingerir ni agua ni comida desde el amanecer al atardecer durante los 29 o 30 días que dura el mes sagrado.
“El Ramadán es uno de los cinco pilares del islam”, afirma Ruiz Bejarano. “Durante este mes el musulmán tiene la oportunidad de mejorar su vida en varios aspectos. El primero es la devoción. Una de las tradiciones más importantes es intentar completar la lectura del Corán. Y es un mes para practicar el autocontrol de nuestros instintos y ganar confianza para mejorar como personas”.
Sus palabras resuenan en un pequeño patio junto al comedor. La luz del crepúsculo se extingue y una treintena de personas, cristianos y musulmanes, escuchan con atención la exposición de Bárbara. “También en Ramadán se paga el zakat, que es un impuesto que se dedica a la redistribución de la riqueza”, añade. A continuación, presenta a la Junta Islámica, una de las primeras organizaciones musulmanas que surgieron en España al abrigo de la libertad religiosa garantizada por la Constitución de 1978.
Cada año la comunidad musulmana cordobesa organiza una cena o un encuentro con los vecinos para estrechar las relaciones y disipar recelos. “Muchos españoles tienen miedo al islam”, razona Ruiz Bejarano. “¿Por qué? Porque se ha creado un enemigo históricamente y se ha generado la imagen distorsionada de que somos terroristas o yihadistas y oprimimos a las mujeres. Y la verdad es que somos personas normales y corrientes como todo el mundo, que tenemos creencias muy parecidas a las vuestras”.
Bárbara concluye su alocución recordando que las tres religiones monoteístas comparten la misma visión de una sociedad que debe estar articulada por los mismos valores de “hermandad” y “generosidad”. Se hace un breve silencio en el corrillo y toma la palabra Carmina Gómez. Es la anfitriona del encuentro, teresiana y directora del Espacio Cultural Plaza de la Concha. “Has hecho alusión al zacat, Bárbara, que es la limosna cristiana, una de las muchas cosas que tenemos en común los cristianos y los musulmanes. Es decir, la sensibilidad ante la pobreza. Y yo propongo que pongamos un cestito para colaborar también en el zakat”, sugiere esta mujer vitalista y hospitalaria.
Un joven musulmán pasa un cuenco con dátiles. El ayuno se suele romper con la ingesta de estos frutos carnosos tan frecuentes en el mundo árabe. En el comedor aguardan siete mesas perfectamente presentadas. El colectivo musulmán se ha encargado de organizar el iftar, la comida de ruptura diaria del ayuno tras el rezo del magreb. Sobre las mesas hay depositados platos típicos del Ramadán: cuscús, arroz biryani, kefta, hummus, ensalada, muhammara, leben y pollo.
Antes de tomar asiento, se unen las mesas para celebrar el iftar todos juntos. Para muchos es la primera vez que participan en la ruptura del ayuno islámico. Rosario y Rafael son cristianos colaboradores del Espacio Cultural. Nunca habían compartido mesa en un iftar. Se declaran admiradores del mundo islámico, sobre todo después de un viaje a Turquía que resultó revelador. “Nuestro primer contacto con una mezquita fue allí y lo disfrutamos mucho. Nos encantó la paz que había, las familias rezando, los niños con sus padres. Y poco a poco nos hemos ido acercando de forma natural”, indica Rosario mientras toma un trozo de pan árabe.
A los dos les llamó mucho la atención las similitudes que apreciaron entre ambas religiones. “Me sorprendió que tuviéramos tantísimos profetas en común, como Jesús, y la devoción a la Virgen María. Antes de ir a Turquía desconocía bastante el islam. Imaginaba que en una religión con tantos millones de personas tenía que haber una gran verdad”. En la Mezquita Azul observó varios estantes con libros escritos en muchos idiomas. Y había uno pequeño en español con un sugerente título que la llenó de confianza: Por qué los musulmanes aman a Jesús.
Musulmanes y cristianos comparten más valores y más tradiciones de las que muchos de sus fieles creen conocer. “Lo que falta es más diálogo”, tercia Rafael, profesor de lengua y literatura en un instituto público. “Yo tengo alumnos musulmanes y cuando les pregunto por cuestiones relacionadas con el islam se sorprenden. No están habituados a que los profesores se interesen por su cultura. Una alumna musulmana me dice que en cinco años nunca nadie le preguntó en el centro. Y cuando le dije que venía a un iftar se alegró mucho”.
Un poco más allá conversan animadamente Mustafá y Carmina. Aunque nació en Níger, estudió en Senegal y Mauritania ciencias islámicas. Llegó a España en el año 2009 tras contactar con una familia cordobesa con la que mantiene lazos afectivos. Viste kaftán y el gorro característico nigerino denominado kufi. Es imán de la comunidad islámica. “Compartir con cristianos el iftar es un acto de adoración y de fe. Nuestro querido profeta nos pide que nos demos la paz y estemos unidos”, argumenta Mustafá Hassan visiblemente feliz.
“La convivencia es fundamental para los creyentes”, subraya. Las frecuentes tensiones interreligiosas o culturales que asolan el planeta, como la actual guerra de Oriente Medio, se apartan del mensaje espiritual que proclaman las religiones monoteístas, según señala el imán de Níger afincado en Almodóvar. “La fuente esencial del Corán siempre nos llama a la paz”, revela. “Y este es un momento de reflexión para buscar lo que nos une. Un momento de encontrarnos y conocernos para estrechar nuestra hermandad”.
Para el postre, Wallina Mechiake, de origen saharaui, prepara el tradicional té con yerbabuena y sirve los deliciosos pasteles magrebíes elaborados con miel y almendras. Los comensales no paran de hablar y entrecruzar anécdotas y visiones compartidas de un mundo mucho más cercano del que describen los clichés. Poco a poco y mano a mano, cristianos y musulmanes van recogiendo los platos y los cubiertos para acercarlos a la cocina.
Carmina Gómez, la anfitriona y directora del Espacio Cultural, lleva seis años en Córdoba. Es de origen castellano pero se crió en Melilla hasta que terminó el bachillerato. Su contacto con el mundo islámico, por tanto, viene de lejos. “La mayoría de mis compañeras de clase eran musulmanas y judías. Y luego, cuando llegué a la Universidad de Barcelona, descubrí que la naturalidad con la que yo había vivido en Melilla mi relación con niñas de otras religiones no era normal”, explica.
Carmina es una teresiana laica. Este es el primer iftar que celebra en Córdoba. A final de mes su comunidad cristiana festejará un sabbat con un grupo de judíos. “Una de nuestras líneas de trabajo es el diálogo interreligioso”, aclara. “En este centro tenemos tres puntos de apoyo. Uno es el reconocimiento de la diversidad, otro la acogida y el tercero la lectura creyente de la realidad. Y decimos creyente, no cristiana. Cada uno desde su fe profunda y su planteamiento de la convivencia”.
No es la primera vez que colaboran con la Junta Islámica, que preside Isabel Romero. Cuando se desencadenó la guerra de Ucrania organizaron un evento conjunto llamado Música por la paz, que incluyó a musulmanes, judíos, budistas y cristianos. “La guerra nos pareció un escándalo para la humanidad”, lamenta Carmina Gómez. El iftar es una nueva oportunidad de acercamiento. “A mí me ha parecido un encuentro fenomenal. Es una manera de sentir con unos vecinos que son nuestros vecinos musulmanes, con muchos de los cuales tenemos una relación entrañable de amistad, como Bárbara e Isabel”.
“Esto es lo que nos hace conocernos y encontrarnos”, asegura. “Y cuando nos conocemos nos reconocemos. Yo doy un reconocimiento a los musulmanes porque los conozco. Y a la inversa también. Hoy no nos vamos igual a casa porque nos han abierto los ojos a una nueva realidad más cercana y más fraterna”. ¿Y por qué hay tantos desencuentros y tanta desconfianza? “Quizás porque arrastramos una historia de enfrentamientos”, razona Carmina.
¿Habrá una Navidad con musulmanes? “Tomo nota”, se compromete Carmina Gómez. “El nacimiento de Jesús es mutuo y lo podemos celebrar conjuntamente. Es verdad que luego la teología es diferente”, remarca. Son las diez de la noche. Las mesas están recogidas y la cocina organizada. Ha sobrado abundante comida. Isabel y Bárbara la empaquetan en bolsas para repartirla entre todos los asistentes. Musulmanes y cristianos se abrazan y se desean paz y salud. Mañana es el Eid Al Fitr, la gran celebración sagrada que marca el fin del Ramadán. Un Ramadán fraternal para construir un mundo más humano y más reconocible.
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