Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Lee ya las noticias de mañana

Los maquis fugitivos que Francia quería devolver a Franco

Félix Escribano, de Belalcázar, en dos momentos tras su llegada a Francia, en 1948

Francisco Moreno Gómez

5 de septiembre de 2026 19:45 h

0

Revolviendo mis notas y epistolario, vuelvo a sentirme impactado por la magnitud del sufrimiento de los vencidos de 1939. En una de mis visitas de investigación a Belalcázar, tuve la suerte de conseguir la dirección en Francia de Félix Escribano Ruiz, de la familia de los Hocino. Empezamos a cartearnos, incluidas algunas llamadas. Recuerdo la grata experiencia de hallar a una buenísima persona, empática, amable, ávida de atención a las penalidades de su vida, ya octogenario. Conectamos muy bien y me dio la información y fotos que le pedí. La carta sustancial de sus memorias la recibí con fecha 19 octubre 1999. Un lustro después, su familia me notificó la muerte de Félix Escribano, con la alegría de haber leído mis libros.

Después de la guerra, Félix llevó en Belalcázar una vida relativamente discreta, tal vez debido a su juventud, pero con un problema: su tío Adriano Escribano Calderón Hocino se hallaba huido en la sierra. Las cosas discurrieron con altibajos hasta 1946, en que un suceso cambiaría su vida para siempre.

Dos de la guerrilla de Belalcázar, Adriano Hocino y Ángel Torrico Calé planearon un encuentro con sus familiares en el cortijo Atoquejos (término de Cabeza del Buey, en Badajoz), cerca del río Zújar, para el 6-7 de septiembre de 1946. Por el primero, se acercó el sobrino Félix Escribano, y a lomos de una yegua se presentó en Atoquejos. Por El Calé acudieron dos hermanos: Alberto Torrico (que era cojo, de 25 años) y Gabriel Torrico (de 36 años). Se juntaron con media docena de guerrilleros a la orilla del río Zújar, donde pasaron el día pescando.

Al anochecer, se dirigieron al cortijo, cuyos caseros eran Francisco Medina Pizarro (Quico el Alguacil) y Mª Paz Medina Flores. Allí pasaron la noche, degustando los peces y carne de dos ovejas que dos días antes habían comprado. Pero el pastor dio cuenta a la Guardia Civil de este hecho, punto básico de la tragedia. Tres guardias civiles se dedicaron a recorrer cortijos en busca del rastro de las ovejas (carta de Félix Escribano desde Francia, 19 octubre 1999, y llamadas de 6 y 25 septiembre de 1999).

En la mañana del 7 de septiembre (1946), los tres guardias civiles se presentaron en los Atoquejos. La casera los recibió aparentando normalidad, les sacó unos asientos a la puerta y ellos pidieron que les hiciera café. Mientras tanto, el guardia Antonio Sánchez se empeñó en desencadenar la tragedia y lo consiguió. Se puso a registrar el cortijo, hasta que encontró carne de oveja en un pesebre cubierta con paja. “¡Ya hemos encontrado lo que buscábamos!”, dijo. Y siguió registrando, hasta que abrió la puerta de la habitación donde se ocultaban los maquis. En ese momento, varios disparos lo acribillaron, quedando muerto en medio del cortijo.

A partir de entonces estalló el tiroteo general. Los dos guardias tomaron posiciones, y lo primero que hicieron fue matar a los dos hermanos Torrico, que estaban fuera del cortijo, haciéndose pasar por arrancadores de retama. El cojo quedó muerto en el patín del cortijo de un tiro en la cabeza. El otro hermano cayó en el camino de un tiro por la espalda. Eran las once de la mañana. El célebre libro de Aguado Sánchez dice: “… Dos bandoleros fueron muertos”. Falso. Eran los hermanos de Calé.

Los guardias mantuvieron un asedio a la vivienda de hora y media, pero sin cubrir bien la puerta de salida, porque los maquis cercados se fueron escapando a rastras por el hueco debajo de la puerta. Uno de los guardias se dirigió a Helechal, a pedir refuerzos. El asalto final tuvo lugar a las tres de la tarde, pero cuando entraron allí no había nadie, salvo la casera, a la que detuvieron.

Una consecuencia fue que Félix Escribano y el casero Quico el Alguacil se tuvieron que echar al monte y unirse a aquella guerrilla de Hocino y Calé. Durante dos años pasaron por varias partidas, siempre por el Este de Badajoz y límites con Ciudad Real. Al cabo de ese tiempo, el Hocino, de Balacázar, su sobrino Félix Escribano, Antonio Lara Grande Braulio o Jardinero, de Puertollano (Ciudad Real), y otro guerrillero de Siruela decidieron ponerse en camino para Francia en mayo de 1948. La vida en la guerrilla se hacía cada vez más insoportable, según testimonio de Escribano:

“Teníamos mucha miseria para poder luchar por la subsistencia. Íbamos a las fincas o cortijos a pedir que nos dieran de comer, a las buenas o por las malas. Cada vez estábamos peor mirados y más acorralados. Los enlaces que teníamos, al prolongarse la situación tanto tiempo, tenían miedo de ser descubiertos y nos imploraban que fuéramos a verlos lo menos posible, para evitar ser denunciados por otros… (Al final) Mi tío Adriano Hocino, que estaba en los montes de Cíjara, vino a verme a la sierra de Cabeza del Buey y me fui con él a los montes de Cíjara… Y allí fue donde decidimos salir para Francia”.

Salieron los cuatro desde los montes de Herrera del Duque, a finales de mayo de 1948. La marcha iba bien, hasta que llegaron al puente sobre el río Alberche (Toledo). En el momento preciso de cruzarlo fueron sorprendidos por la Guardia Civil. En el tiroteo quedaron divididos: Félix y Braulio lograron lanzarse hacia adelante, pero los otros dos se quedaron atrás, separados para siempre, y volvieron a la sierra. Los dos primeros decidieron seguir adelante solos, en marchas agotadoras, llenas de sobresaltos y peligros, durante 40 días, hasta que se aproximaron a la frontera por la zona de Navarra.

Aquí dejamos el relato al propio Félix Escribano: “Antonio Lara y yo decidimos seguir hacia Francia. Cerca de Guadalajara, hambrientos y sin nada para comer, nos acercamos a un pueblecito, del que no recuerdo el nombre, y allí compramos un poco de comida, con bastante miedo encima, por temor a ser capturados. Ya con las provisiones seguimos camino adelante, cruzando por los campos, sin atrevernos a cruzar por carretera. Como no teníamos ninguna noción del terreno, sin darnos cuenta nos íbamos desviando hacia la izquierda y fuimos a parar cerca de Pamplona. Estábamos agotados”.

Antonio Lara "Braulio", de Puertollano; Paulina Amaro, de Guadalmez (C.R.); y José Caballero "El Yamba", de Cabeza del Buey

“Ya en los Pirineos, acordamos ir a preguntar a un pastor que andaba por allí. Era de noche, y la frontera estaba cerrada. Le pedimos que nos ayudara a pasar a Francia. Nos dijo que no tenía contacto con los carabineros y no sabía el camino, y nos llevó a ver a un amigo suyo, que sí tenía contacto con ellos y conocía la salida. Fue una encerrona. Llegamos los tres a la casa. El pastor llamó a la puerta diciendo su nombre, y abrió la puerta con una pistola en la mano, pero Antonio fue más rápido y lo hirió. Entonces, el pastor que nos había llevado allí intentó huir, pero lo agarré y lo obligamos a ir con nosotros hasta la frontera, mientras el otro quedaba atrás dando voces de auxilio. Cuando nos despedimos del pastor en la frontera, la propina que le dimos fue una ración de bofetadas, porque se había ocasionado un muerto por su culpa”.

“Al día siguiente fuimos a presentarnos a la aduana francesa y allí nos enteramos de que el campesino había muerto, porque un tío y un sobrino habían ido a denunciarlo allí ante los franceses. Los gendarmes les dieron los datos nuestros, por lo que los familiares nos denunciaron a las autoridades franquistas. Pocos días después ya sabían en el pueblo (Belalcázar) lo que había sucedido y que estábamos en Francia. Nos detuvieron y nos trasladaron a la ciudad de Pau, nos interrogaron, con un señor español como intérprete. Estuvimos a punto de ser devueltos a España, pero alguien intervino y nos dieron el estatuto de refugiados políticos y de apátridas. Desde Pau nos trasladaron a Aurillac, en la región central, a picar piedras en una cantera, para una carretera, seis o siete meses. Antonio se quedó en la cantera y yo me fui con un señor a cortar leña a destajo, a La Lozère, región del Languedoc. Entretanto conocí a mi mujer, que vivía en Béziers, y nos casamos…”

“Más tarde, en 1952, cuando ya había nacido mi primer hijo (que se llama Adriano, en recuerdo de mi tío), una tarde, después de venir del trabajo… nos encontramos con la sorpresa de que estaban esperándonos dos policías franceses de la secreta, que venían a detenerme por el caso de la muerte del campesino de los Pirineos. Querían expulsarme y entregarme a la justicia española. Mi primo buscó rápidamente un abogado y, gracias a él, me llevaron a Montpellier detenido. Allí estuve 24 días, porque el Tribunal de Estancia se hallaba de vacaciones. Mientras tanto, Antonio Lara me escribe una carta, aclarándome lo ocurrido, que a él también lo habían detenido por el mismo motivo, y que fue puesto en libertad inmediatamente como refugiado político. Cuando comparecía ante el Tribunal, gracias a esa carta que me había escrito, haciéndose responsable del homicidio, me dejaron en libertad.”

Por otra parte, su otro compañero de fatigas, Antonio Lara Braulio, sufrió los mismos contratiempos, según relató a otro guerrillero que también llegó a Francia en 1949, José Caballero El Yamba, de Cabeza del Buey, junto con su compañera de guerrilla Paulina Amaro.

Con fecha 18 de abril de 1952, Braulio les mandó esta carta:

“Amigos: después de algún tiempo de mi silencio, me pongo a explicaros el motivo de ello y los amargos días que me han hecho pasar por las siguientes razones. El 12 del pasado mes fui detenido a causa de una denuncia del Gobierno español, en la que, después de acusarme de nuestra vida anterior, me solicitaban al Gobierno francés para que les fuera entregado, poniendo como preámbulo que estaba convocado a pasar un Tribunal Militar en Pamplona. No os podéis figurar en las apreturas que me metieron, y gracias que el Chantier donde trabajo se manifestó en protesta, tan pronto como se enteraron de mi detención, echándose encima de las autoridades protestando enérgicamente, a pesar de eso, después de permanecer varios días en Privais, me condujeron como un borrego a Nimes, donde fui presentado al Procurador General, el cual me dijo que tendría que pasar un Tribunal, el cual comprobaría si debía o no ser entregado a Franco. Para dicho caso los compañeros me buscaron dos abogados para mi defensa, los cuales, después de cerciorarse de que era un refugiado político, hicieron comprender al Tribunal el crimen que suponía mandarme a merced de los asesinos franco-falangistas. Faltó muy poco para haberte llamado, a fin de justificar que yo había estado en las guerrillas… Como ves, amigo Yamba, el fascismo no perdona ni olvida que somos enemigos y trata por todos los medios de eliminarnos… Así que os digo que estoy negro en este país, el cual no me parece muy seguro, con este guarreo de política que atraviesa, y si por casualidad De Gaulle cogiera las riendas, estamos en plan difícil y no podremos dormir muy tranquilos…”. (Amabilidad de la familia de El Yamba, residente en Getafe en 1999).

En conclusión, la llegada de los ex guerrilleros españoles a Francia no fue una salvación inmediata, sino un duro camino lleno de peligros y de problemas, por la veleidad política de 1950 en contra de los refugiados. Solo eran personas ávidas de tranquilidad para rehacer sus vidas, hartos de sufrir desgracias desde 1936.

Mi contacto con Félix Escribano en 1999 fue toda una fortuna. Encontré a una persona feliz de que alguien se interesara por sus penalidades pasadas, me atendió con amabilidad, casi con cariño, cuando supo que un historiador de Villanueva de Córdoba, a 60 kilómetros de Belalcázar, su pueblo, se interesaba por su vida antifranquista. Cuando salió mi libro La resistencia… (2001), toda la familia exultaba de gozo, me escribieron y se mostraron muy agradecidos. Su sufrimiento se había librado del olvido. Más tarde supe de la muerte de Félix, y la familia me envió el recordatorio. Está claro que la Historia es Justicia para aquellas que han carecido de ella en sus vidas.

Etiquetas
stats