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Un investigador cordobés tras las huellas del templo más famoso de Occidente

Monterroso (primero por la derecha), en la zona donde se realizan las prospecciones, junto a Santiago Rodero, Massimo Gasparini y Lucía Bermejo.

Juan Velasco

24 de abril de 2026 20:00 h

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Durante siglos, el templo de Hércules Gaditano ha sido considerado uno de los enclaves más legendarios del mundo antiguo. Es una pieza clave en la historia de Europa y también de España (su simbología, de hecho, está en el escudo nacional y en el de Andalucía). Situado en el extremo occidental del Mediterráneo, su fama trascendió a autores clásicos y navegantes. Sin embargo, hoy su localización exacta sigue siendo un misterio.

Y es precisamente ese enigma el que ha llevado al arqueólogo cordobés Antonio Monterroso a emprender una investigación que podría cambiar la forma en que entendemos la antigua Gadir. Al frente de una línea de trabajo vinculada al proyecto Herakleion, y en colaboración con la Universidad de Cádiz y el Ayuntamiento de San Fernando, Monterroso lleva cinco años explorando una hipótesis que parte de una idea tan sencilla como disruptiva: el lugar donde tradicionalmente se ha situado el templo, el islote de Sancti Petri, podría no ser el correcto.

La investigación no arranca con un gran hallazgo, sino con todo lo contrario, cuenta Monterroso a Cordópolis. “Las distintas campañas arqueológicas realizadas durante décadas en Sancti Petri no han proporcionado evidencias materiales que se correspondan con un santuario de la magnitud descrita por las fuentes clásicas”, explica el investigador, que cita las excavaciones de Pelayo Quintero o estudios más recientes impulsados por instituciones especializadas, cuyos resultados han sido insuficientes para confirmar la presencia de un gran templo fenicio.

Para Monterroso, esta ausencia no es un fracaso, sino una pista clave. Si las fuentes hablan de un santuario monumental y los restos no aparecen, la pregunta deja de ser qué hubo allí para pasar a ser si realmente ese fue el lugar adecuado.

Ponencia de Monterroso en San Fernando.

Un santuario que mira hacia San Fernando

A partir de ese planteamiento, la investigación, cuyos resultados preliminares se presentaron en una conferencia en las jornadas ‘Nuevas metodologías para la investigación del patrimonio del templo de Melkart-Hércules’ hace unos días, ha desplazado su foco hacia otros puntos de la bahía, especialmente en el entorno de San Fernando. Allí se están desarrollando nuevas prospecciones en zonas como Camposoto o La Marquina, con el objetivo de localizar indicios más coherentes con la escala y características del templo de Hércules.

El proyecto cuenta con un importante respaldo institucional. La cesión de espacios por parte del Ministerio de Defensa, los permisos de la Junta de Andalucía y la implicación del Ayuntamiento de San Fernando han permitido desplegar un plan de trabajo ambicioso, con campañas previstas al menos hasta 2026.

Una ciudad entre islas

Más allá de la ubicación del templo, la investigación también incide en cómo era realmente Gadir. Lejos de la imagen de una ciudad compacta, Monterroso, en la línea de las hipótesis tradicionales, describe un paisaje insular complejo. En el siglo IX a.C., la bahía de Cádiz estaba formada por un conjunto de islas: tres en la zona de la actual Cádiz —Erytheia, Kotinoussa y un islote menor— y dos en el área de San Fernando. En ese entorno fragmentado, la ciudad y su santuario no estaban unidos físicamente, sino separados por el mar.

Esa separación plantea un problema: en el mundo fenicio, los grandes templos solían integrarse en el núcleo urbano. ¿Cómo se resolvía entonces esa distancia en Gadir? La hipótesis de Monterroso introduce un elemento simbólico clave: el fuego. El arqueólogo y su equipo han hallado dos grafitos en una pileta de una factoría de salazones en Cádiz que serían las representaciones de esos fuegos.

Así, según su propuesta, dos grandes hitos monumentales —posiblemente en forma de torres o faros— se alzaban en Cádiz y en San Fernando. Ambos estarían vinculados al culto de Melkart, el dios asociado al templo, y servirían para delimitar simbólicamente el espacio de la ciudad. De este modo, la bahía no sería solo un accidente geográfico, sino un recinto sagrado, definido por la luz y el dominio simbólico del territorio.

Ponencia de Monterroso en San Fernando.

Esta configuración, a su juicio, hace de Gadir un caso excepcional dentro del mundo fenicio. A diferencia de otras fundaciones del Mediterráneo, donde el templo de la divinidad principal suele estar integrado en el núcleo urbano o inmediatamente asociado a él, en Gadir se produce una separación física clara entre la ciudad y su principal espacio sagrado. En Tiro, Sidón u otras ciudades fenicias, el templo forma parte del tejido urbano y actúa como centro estructurador del mismo. En cambio, en la bahía gaditana, ese esquema se rompe: el santuario estaría en un extremo del sistema insular y la ciudad en otro, separados por agua y marismas.

Esa anomalía obliga a reinterpretar cómo los fenicios resolvieron la cohesión simbólica del territorio. Para Monterroso, la respuesta no es urbanística, sino religiosa y simbólica: la unidad de Gadir no vendría dada por la continuidad física, sino por la sacralización del espacio entre ambos puntos, separados por agua y arena.

Aunque algunas de estas ideas ya han sido presentadas en conferencias, el propio investigador insiste en que aún queda un largo camino para su validación científica. La redacción de los estudios y su publicación en revistas especializadas llevará tiempo, al igual que la obtención de resultados definitivos de las prospecciones en curso.

Mientras tanto, el proyecto avanza entre la prudencia académica y la expectación que despierta un tema cargado de historia y mito. Porque, más de dos mil años después, el templo más famoso de Occidente sigue sin aparecer. Y quizá, como sugiere Monterroso, la clave no esté en excavar más profundo, sino en mirar en el lugar adecuado.

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