Sobrevivir a la guerra y emprender en pandemia en Córdoba: las historias de Saussam y Ahmad

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Ahmad abre su negocio todos los días a las 9:00. Es grande y ha podido alquilarlo a un precio relativamente asequible. Un lavado de cara, cuatro pequeñas obras y listo. En la fachada luce su cartel: Lavadero de Autos Vinis. En su caseta espera a que entre un nuevo cliente que le haga superar su objetivo de cinco coches al día. Todavía no lo ha conseguido. En la calle Lucano, Saussam y su hijo abren su restaurante Damasquino a las 12:00. Un local pequeño pero con grandes aspiraciones de encontrar su sitio en la gastronomía cordobesa. Esta es la historia de Ahmad y Saussam, los dos son refugiados sirios y en plena pandemia han decidido montar su negocio buscando, una vez más, la supervivencia.

En la calle Avellano espera Ahmad a su amigo Azzam quien, además de ayudarle en su camino por el emprendimiento, la echa una mano con los clientes. Su nivel de español es muy bajo, pero esa carencia no le ha frenado a la hora de montar su negocio. Llegó a Córdoba en 2017 tras un viaje en solitario desde Siria. Sus padres fallecieron y tanto él como su hermano huyeron del país, sumido en un conflicto bélico, para evitar ser llamados a la guerra. A su llegada a Melilla fue acogido por Cruz Roja, entidad que aún hoy le acompaña y que lo derivó al Centro de Inmigrantes de Puente Genil.

En la más absoluta soledad, consiguió su primer puesto de trabajo en un matadero de pollos ubicado en Pedro Abad. Allí ha estado trabajando hasta los primeros meses de la pandemia cuando, tras ahorrar, decidió montar su negocio. Azzam explica que fue en agosto cuando finalmente alquiló el local porque las bajas cifras de contagiados “hacían pensar que la pandemia ya se estaba acabando”. Pese a ello, abrió con un objetivo: llegar a un mínimo de cinco coches diarios. “Sólo tres días hemos conseguido llegar a tres vehículos”. Azzam se encarga como nadie en destacar la profesionalidad de Ahmad. Coge su móvil para demostrarlo .“Mira todas las reseñas positivas que tenemos en Google. Sabemos que quien viene se va muy contento, pero está siendo muy complicado”, se lamenta. “Hoy tenemos un coche para las 18:30”, cuenta esperanzado.

Antes de que la guerra irrumpiera en Siria, este joven de 28 años se dedicaba a lo que hoy invierte su tiempo para sobrevivir en Córdoba. “Era un chico normal, con su familia y con su trabajo, pero lo perdieron todo”. Sé que Ahmad es un profesional y la gente se queda alucinada del trabajo que hace y del precio“. Un lavado integral, 15 euros, precio que aumenta hasta los 25 dependiendo del tamaño del coche. Enfrente de su negocio, Ahmad ha encontrado una pequeña balsa de aceite: un taller mecánico que recomienda su lavadero a sus clientes.

Todo esto ha sido posible gracias, como no podía ser de otra manera, a un préstamo bancario. Al menos, cuenta Azzam, el local ya tenía una licencia que el joven no ha tenido que abonar. “Si no tienes dinero, o un sueldo de 1.000 euros, no puedes montar en Córdoba un negocio así como así. Es muy complicado emprender en Córdoba y los chavales lo tienen muy complicado. También, el consumidor no está listo para comprar cosas caras porque económicamente no puede”, argumenta Azzam, que lleva en Córdoba desde 2011.

La historia de Saussam en Córdoba comenzó en 2016, cuando ella y su familia fueron rescatados por Acnur como refugiados. María Deltell, técnica de Autoempleo de Cruz Roja en Córdoba, enfatiza el afán de superación de Saussam, una mujer de 47 años que se ha involucrado en diferentes proyectos con los que cuenta la organización. “Desde el primer momento que llegó a Córdoba sabía que quería montar un negocio así que le elaboramos un plan de empresa y luego comenzó la búsqueda de local”. Este fase se complicó porque pocos establecimientos se ajustaban a la economía de Saussam.

En un golpe de suerte supo que un pequeño restaurante de la calle Lucano iba a ser traspasado en mitad de la pandemia. Era ahora o nunca. Ni ella ni ningún miembro de su familia conseguía trabajo así que dijeron que sí y en junio abrieron Damasquino, un restaurante halal que tuvo muy buena acogida. Sin embargo, el aumento de casos de coronavirus en Córdoba y la bajada del turismo provocaron la caída de ingresos que había iniciado.

“Este mes está siendo muy difícil”, cuenta a duras penas Hebat, la nuera de Saussam, que también trabaja en el restaurante junto a su marido. Los platos que salen de la cocina tienen la seña de identidad de Saussam y gustan mucho a los clientes. Eso sí, a los pocos que se pasean por el casco histórico de la ciudad, muy perjudicado por la crisis. A pesar de las dificultades de la familia, sus pensamientos están en Líbano, donde se encuentra una hermana de Hebat y sus tres sobrinos. La guerra les ha privado no sólo del trabajo, sino de tener una vivienda. “Le mandamos cada mes 50 euros para poder comprar leche y pañales porque ni se pueden pagar el alquiler”. Hay otra guerra más allá de la del coronavirus y que ha quedado silenciada. Un conflicto interminable para el que todavía no se ha encontrado vacuna. Mientras tanto, son los familiares de aquellos que decidieron no abandonar su país los que se revuelven y renacen para, simplemente, seguir viviendo.

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