El silencioso oficio que guarda la guitarra

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El lutier cordobés Antonio Rodríguez Galadí desvela el proceso de creación de la guitarra acústica

El lutier Antonio Rodríguez Galadí, quien comenzó siendo un aficionado a la música latino-americana y andina y cuya profesión inicial fue la de ebanista, lleva ya varios años creando guitarras acústicas en Córdoba. Tal y como él mismo afirma, “el hecho de vivir en una ciudad con una tradición guitarrera considerable me llevó inevitablemente a este oficio”. Las dos últimas guitarras creadas por él han sido las de los guitarristas Luis Medina y Javier Navarro. Este último estrenó la suya en el espectáculo público La Fiesta de los Patios de Córdoba, el pasado mes de mayo.

“El tiempo dedicado al proceso de cada uno de los elementos es variable. En total puedo dedicar un mes y medio aproximadamente a cada guitarra”, explica Rodríguez Galadí. Cada una de las partes que la constituyen son la tapa armónica, origen del sonido; los aros y el fondo o lo que es la espalda de la guitarra; el mástil, la parte bruta de la guitarra, donde se posan las cuerdas; y la roseta, que es el adorno circular colocado en la tapa armónica.

Galadí distingue cinco fases de creación de la guitarra: “En primer lugar, se preparan las piezas independientemente. A diferencia de lo que se pudiera creer, mi primer movimiento se centra en hacer la tapa armónica y colocar la roseta. Luego colocamos el varetaje interno en forma de abanico que lleva la guitarra y se modelan los aros mediante la aplicación de un método que mezcla calor y humedad. Por último, se crea el fondo”.

En una segunda fase, el guitarrero explica cómo se procede al montaje en la solera con ayuda de unas piezas para sostener la tapa armónica y cómo se fijan los aros a ella. “Hay distintas maneras de realizar esta fase. Yo siempre coloco la guitarra boca abajo, por la parte de la tapa armónica, si bien otros prefieren otra forma”, comenta Rodríguez Galadí. “Cuando está terminado el interior, se coloca el fondo”, continúa.

La tercera fase, la más matemática según el constructor, sería poner el fileteado y terminar la caja. “Se fijan los trastes en el diapasón y las cuerdas al puente. Luego se nivela el diapasón para que las cuerdas tengan la altura deseada y se añaden los diecinueve trastes, los cuales tienen que estar puestos a la distancia exigible para que el sonido no falle”, explica.

Se continúa con el barnizado de la guitarra, proceso que exige a veces ocho o nueve días, y con el ajuste de los huesos, la cejilla y la selleta, a la altura conveniente o deseada a veces por el propio guitarrista. Finalmente, como última etapa, se colocan las cuerdas. Al respecto de esta última etapa, dirá Galadí que “es apasionante el momento de poner las cuerdas a la guitarra, sin duda es el momento cumbre. El sentido del lutier es el deseo de querer mejorar en cada guitarra el resultado. Como vemos, una guitarra hecha a mano no es el resultado de una máquina sistemática, sino el punto final que concluye un proceso muy cuidado”.

Además, a todo ello se suma la esmerada elección del espesor de las maderas, que varía en función de la pieza. “Para la caja se usan dos maderas: pinoabeto alemán y cedro rojo, también llamado cedro de Canadá. En los aros y el fondo se usan varios, los más comunes son el palosanto y el ciprés. El ébano se emplea en el diapasón y, para el mástil, el cedro de Honduras”, matiza el lutier guitarrero. “A todos los que se quisieran dedicar a mi profesión les rogaría ser pacientes: es un camino difícil puesto que cada guitarra tiene su sonido, lleva años ser un maestro en ellas y a veces se pasa por momentos de desánimo. Soy muy exigente con mi trabajo”, concluye Rodríguez Galadí.

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